«La defensa de la vida humana no es una cuestión parcial ni un interés confesional: es una meta de civilización», aseguraba el Pontífice. «Toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia». El discurso también señalaba quiénes son los principales sujetos de protección: «¿Puede llamarse plenamente justa una comunidad que deja en la sombra al niño aún no nacido, al anciano, al enfermo, a quien sufre en silencio o a quien depende enteramente del cuidado de los demás?». «Cuando esta certeza se oscurece, los más vulnerables son las primeras víctimas y la ley pierde su significado más profundo: servir y proteger a cada persona», reiteraba el Pontífice.