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Los términos del ReinoAbel de Jesús

Teología contra Vox y viceversa en sentido contrario

El discurso del Papa no dejó indiferente a nadie, aunque las disonancias cognitivas llevaron a algunos a creer que sus palabras solo cuestionaban al partido contrario y no a ellos mismos

La primera de las grandes novedades del discurso del Papa ante el Congreso de los Diputados está en la mismísima presentación. Note el lector que no se presenta como Jefe de Estado sino, según sus palabras, «como Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia católica». ¿Es acaso el Papa un provocador? Desde el comentario político, la propedéutica mediática venía legitimando que el Papa diera un discurso en el Congreso en cuanto jefe de un Estado. Pero, ¿a cuenta de qué un obispo, aún el obispo de Roma?

Y, aun así, el Papa fue escuchado. Y no solo escuchado, sino más bien ovacionado por una asamblea parlamentaria a la que uno tiene la tentación de preguntar si, teológicamente, entendió todo lo que el Papa quiso decir.

O bien el Espíritu Santo iluminó los corazones de los diputados, opción que ningún creyente debe desechar en primer lugar, o bien solo queda otra explicación para explicar estos siete minutos de aplausos: que no se haya entendido el discurso en algunos de sus términos.

A lo largo del día he podido comprobar cómo en redes y medios de comunicación algunos políticos se apuran a precisar que el discurso iba dirigido precisamente a la bancada contraria. Es como aquella anécdota que he oído contar del pueblo en el que el cura predicaba sobre no mirar la paja en el ojo ajeno y una señora se asomó de su banco hacia el vecino diciendo: «Antoñito, ¿escuchaste bien lo que dijo el cura? A ver si te lo aplicas».

Porque, si uno lee bien el discurso lo entenderá, ni un solo partido del hemiciclo se salva de tener, al menos, que mirarse la paja en el propio ojo y hacer autocrítica. El discurso del Papa fue un discurso total, transversal y carente de pertenencia a sistema ideológico alguno. Y, como tal, es un discurso para los que construyen todo su programa en la satisfacción de unas expectativas artificialmente construidas sobre las narrativas simplificadas de la ideología.

La pregunta fundamental de su discurso es: ¿Qué concepción de la persona humana inspira las leyes? Es la antropología la que sostiene la política. La ley natural está llamada a inspirar la ley positiva. No habla aquí de Dios, habla de ser humano. El verdadero principio de su pontificado es que Jesucristo revela el hombre al propio hombre.

Pero España, la nación de Cervantes, es el país de la antropología. Y el Papa lo recuerda. Menciona a Cervantes, pero también a Teresa (otra vez), Unamuno y Francisco de Vitoria. Con esto basta por ahora. Sobre estos ladrillos se construyen catedrales. La herencia intelectual de España debe inspirar la política: «La identidad geográfica y política [de España] se ha ido entretejiendo con una historia en la que la fe y la razón, el arte y el derecho, la tradición y el pensamiento han sabido encontrarse fecundamente». Tenemos esa suerte.

Lo cierto es que el discurso del Papa no dejó indiferente a nadie, aunque las disonancias cognitivas llevaron a algunos a creer que sus palabras solo cuestionaban al partido contrario y no a ellos mismos. El esquema simplificador es fácil: habló de cultura de la vida y la familia como fundamento de la sociedad, frente a la tentación del aborto y la eutanasia; habló de la acogida del débil, frente a la tentación de cerrar el corazón al migrante y al refugiado.

Pero dijo cosas en todo punto interesantes, como por ejemplo que la cuestión migratoria no se resuelve en una mera gestión de flujos, sino que hay que considerar lo que llamó «las posibilidades reales de integración» y «el derecho a la permanencia en la propia tierra», ideas que suenan más a Abascal.

Por otro, habló de la justa limitación del poder público, algo que ya había dejado traslucir como idea fuerte de su discurso social en su explicación del concepto de subsidiariedad en la primera y única encíclica de su pontificado: Magnifica humanitas. «Toda sociedad efectivamente libre requiere también una justa delimitación del poder público, de modo que la libertad de las personas, de las comunidades y de las asociaciones no sea indebidamente restringida». También con esto los libertarios podrían haber encontrado su excusa para permanecer siete minutos aplaudiendo.

Y, para colmo, en el Bernabéu va y habla de la unidad en la diversidad. El principio del amor a la diversidad es la kryptonita de las ideologías, ante la que se mueren si se exponen de manera prolongada. La diversidad en la unidad es el plano de diseño de la democracia. Y, sin este amor por la diversidad, solo queda instrumentalizar las palabras del Papa y lanzárselas al del partido contrario. Justo lo contrario del ánimo del Papa cuando emprende esta visita a España.