El viaje que ha dejado todo patas arriba
Dios, que sí existe, entra en la ecuación; de hecho, es quien la formula y la resuelve. Nosotros, torpes alumnos, tratamos a duras penas de comprender qué es lo que ha ocurrido
León XIV saluda a los fieles antes de presidir una Vigilia de Oración con jóvenes en la madrileña Plaza de Lima el pasado sábado
Ha sido una sacudida, un torbellino, un remover las aguas o una catarsis, como acertadamente apuntaba el delegado de este periódico en Cataluña, Guillermo Altarriba, hace unos días. Un Pentecostés para España, vaya. Y lo escribo sin ánimo de exagerar, sino de reflejar lo que ha ocurrido.
Probablemente ninguno habíamos calibrado bien la onda expansiva que iba a dejar esta visita de León XIV a nuestro país. Muchos de los que han analizado en los medios de comunicación el viaje papal no meten a Dios en la ecuación, porque realmente no creen en Él, y se han quedado en el análisis meramente horizontal, donde todo es el resultado de estrategias puramente humanas, de un consensuado equilibrio de fuerzas, de acuerdos, pactos y amaños. Pero Dios, que sí existe, entra en la ecuación; de hecho, es quien la formula y la resuelve. Nosotros, torpes alumnos, tratamos a duras penas de comprender qué es lo que ha ocurrido; cuál ha sido la obra que el Espíritu ha dejado tras el paso de su Vicario por nuestra tierra.
Y, básicamente, lo que hemos observado es que el Papa ha dejado todo patas arriba. Ya me disculparán por emplear una expresión tan de andar por casa y tan poco teológica, pero creo que refleja bien la situación. Es cierto que tiene una connotación negativa –dejar todo desordenado, fuera de su sitio–, pero en ocasiones es necesario descolocar las cosas, revolver lo que lleva demasiado tiempo asentado para no quedarse anquilosado.
Es interesante ver a toda esa riada de jóvenes, o esos testimonios impactantes que hemos escuchado estos días de cómo Dios actúa en el silencio del alma, o a esa presidiaria que rompe a llorar delante del Papa, o a ese inmigrante que tiene un techo gracias a la labor de la Iglesia. Dios obra al margen de los cálculos humanos, de nuestras expectativas y previsiones, de los pormenorizados planes de pastoral, incluso de nuestros esfuerzos y pobres méritos.
Dios actúa porque es Dios; Él lleva las riendas de la historia y de la vida –de cada vida–. Por encima –«alza la mirada»– de nuestras rencillas, pensamientos mezquinos y afán de protagonismo está Él. Los titulares de estos días se han quedado, en ocasiones, en cuitas humanas, en pasajes anecdóticos o en opiniones guiadas por la ideología. Esos titulares no recogen lo que ha ocurrido, realmente, dentro de cada persona, de cada alma. Cada uno sabrá, si mira en su interior, qué ha pasado. Y, probablemente, descubra que el Espíritu lo ha dejado todo patas arriba. Bendito desorden.