José Luis Rodríguez Zapatero y Sonsoles Espinosa
El perfil Los Rodríguez Espinosa, una alhaja de familia unida
La unidad familiar está bajo sospecha: máxime desde que el amigo Julito y los dueños de Plus Ultra han recuperado la memoria sobre los tejemanejes del clan
Pasado mañana cumple 66 años José Luis Rodríguez Zapatero. La última vez que lo vimos fue invocando a Borges en TVE. El aniversario del autoproclamado faro del progresismo no va a ser de los más memorables de su vida. Corrijo: inolvidable sí será. Está investigado por blanqueo de capitales, tráfico de influencias, delito fiscal, organización criminal y contrabando; sus hijas también por blanqueo y todos —incluida la matriarca, Sonsoles Espinosa (Ávila, 64 años)— son objeto de inspecciones fiscales en relación con los impuestos del IRPF, Patrimonio, IVA y Grandes Fortunas. Bien es verdad que la Agencia Tributaria tuvo que ser arrastrada del ronzal por el juez Calama, dado que no se había personado por el hallazgo de un ajuar de joyas valorado en 1,3 millones de euros en el despacho del exmandatario. La familia que formó el que fuera presidente del Gobierno (2004-2011) con Espinosa está, pues, al completo bajo la lupa de la justicia por un injustificado enriquecimiento. Laura (33 años) y Alba (31 años) son propietarias de la sociedad What The Fav, firma que se benefició de suculentas asesorías pagadas a precio de oro, y que podrían haber sido pantalla de cobros de comisiones ilegales por su señor padre, que acaba de adelantar que ellas darán cuenta «de sus tareas» ante el magistrado. Pero la unidad familiar está bajo sospecha: máxime desde que el amigo Julito y los dueños de Plus Ultra han recuperado la memoria sobre los tejemanejes del clan. A pesar de que ha afirmado que «no voy a pedir un acto de fe» a mis compañeros, no ha aportado ni una sola prueba.
José Luis Rodríguez Zapatero, junto a su esposa, Sonsoles Espinosa, con un regalo recibido en Buenos Aires en 2005
Sonsoles, cuya obsesión fue siempre la discreción, aparece en el papel cuché de hace años luciendo abalorios en su cuello que solo eran parte del joyero familiar; los de las satrapías estaban guardados a buen recaudo, pero «sin afán patrimonial», según el magisterio de ZP. Hasta que el juez Calama los halló y encargó una tasación, firmada por Ansorena y el Instituto Gemológico Español, que apunta a 1,3 millones el valor -en la horquilla más baja- de las alhajas que la Unidad Central de Delincuencia Económica y Fiscal de la Policía Nacional (UDEF) encontró en la caja fuerte del despacho de su marido -en Ferraz, dónde iba a ser- y que su secretaria, la fiel Gertrudis Alcázar, intentó que los agentes no encontraran hasta que fue amenazada con enviar una unidad policial radial en mano. Entonces, ipso facto, encontró las llaves del joyero de pasar de los Zapatero.
Sonsoles Espinosa
José Luis y Sonsoles llevan 36 años de matrimonio, tras una sencilla boda celebrada en el santuario de Sonsoles de Ávila. Y ni el tiempo, ni las consultorías, ni las amistades con tiranías, ni los fecundos años que ha dedicado el marido a supervisar nubes, han conseguido marchitar esa relación que todo el mundo califica de «ejemplar». Ahora, la pareja tiene que pasar por otra prueba que pone a Sonsoles —cotitular de la cuenta bancaria en la que su pareja recibía ingresos procedentes supuestamente de la trama— en el foco del escándalo. Además, fue la propia esposa, según la investigación, quien ordenó en enero de 2025 la cancelación anticipada de la hipoteca que pesaba sobre el nuevo inmueble comprado en Puerta de Hierro con una transferencia de 498.000 euros. Allí, el matrimonio planea derribar la casa existente y levantar una mansión de diseño. Pero hoy la pareja está enclaustrada y, dicen, con la moral muy baja.
Gargantillas, relojes, brazaletes, pendientes, pulseras, casi todo de gusto faraónico, con piedras originarias de Zambia y de Tailandia, podrían integrar el tesoro de la mujer de un presidente africano y, sin embargo, estaban en la caja de seguridad del bambi del talante y de una modesta soprano de coro. Nadie les puede reprochar que no fueran prevenidos. Viven de alquiler en un chalé en Monte Rozas, una de las urbanizaciones más exclusivas del noroeste de Madrid, a la espera de ocupar su nueva adquisición cuando acaben las obras en Puerta de Hierro (donde sus hijas han comprado otras dos viviendas). Y lo cierto es que, con buen ojo y para evitar perder los abalorios en los traslados, guardaron gemas, brillantes y esmeraldas en el despacho del padre de familia. Los bien pensantes de su entorno creyeron, cuando la UDEF destapó el pastel, que todo lo incautado podría ser el atrezo de las obras líricas en las que participa Sonsoles. De nuevo se demostró que la ingenuidad progresista produce monstruos. Lo que se colgaba del cuello la entonces inquilina de Moncloa, y que aparece en las fotos mundanas de la época, no era el botín de su marido; eran, curiosamente, collares diseñados por Felipe González y ropa de Elena Benarroch, habitual en el club felipista. Lo valioso no lo mostraba: inopinadamente estaba en una caja fuerte, a pesar de que a José Luis las joyerías le dan alergia.
Algunas de las joyas de Zapatero
Las hijas Rodríguez Espinosa no habían vuelto a ser virales desde aquella célebre foto de 2009 en Nueva York con el matrimonio Obama. La esposa de Zapatero decidió colarse en un viaje oficial a Estados Unidos para inmortalizarse con el presidente americano, como si fuera una groupie, y decidió llevar a sus hijas adolescentes. El resultado es de todos conocido: la Casa Blanca publicó en su página web, para sorpresa de Moncloa, la imagen en la que también aparecían las dos jóvenes, fotografía que fue objeto de comentarios muy desafortunados sobre la estética de las muchachas, impropios del respeto que se ha de guardar por los menores. La oficina del presidente americano no entendió ese híbrido de exigencia de intimidad y aprovechamiento de la posición del marido que intentó maridar Sonsoles. Hace unas semanas, y en plena vorágine informativa, pudimos asistir, en la tele, a una escena costumbrista en la que un repartidor llevaba un pedido para la mayor de las hermanas y, tras tocar el telefonillo de la mansión, fue el propio exlíder del PSOE el que contestó. Aunque siguen viviendo con sus padres en la zona oeste de Madrid, ambas jóvenes han conseguido dos pisitos en la exclusiva Puerta de Hierro: quizá la maquetación de los informes verbales de su padre a precio de esmeraldas tailandesas haya sido determinante para a ello.
Una de las hijas del expresidente José Luis Rodríguez Zapatero
También sabemos, por el hiperactivo móvil de Gertrudis, que el cabeza de familia estaba muy preocupado por que el nuevo novio de Alba respondiera al credo progresista. Jefe y secretaria, según los mensajes interceptados por la UDEF, llamaban a las chicas cariñosamente «las lobas». El progenitor, en conversación con su ayudante, aseguraba tras la detención de su presunto testaferro, Julito Martínez (dejando claro la estrecha relación que mantenía con el dueño de una de las empresas que canalizaban sus cobros, Análisis Relevante), que «tenemos una temporada por delante ácida. Las tres [por su esposa e hijas] reaccionaron mejor de lo esperado. Nunca acabas de conocer a los seres humanos». Y eso que él y su mujer se conocieron cuando eran alumnos de la Facultad de Derecho de León. Y cuando ninguno soñaba con ocupar la sede de la presidencia del Gobierno. Pero al que no conocían era suficientemente a Martínez, que empieza a tirar de la manta sobre el papel estelar de ZP en el rescate de Plus Ultra.
La administrativa del expresidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero, María Gertrudis Alcázar
Su antecesor socialista en el cargo, Felipe González, siempre tuvo claro que el expresidente hacía lobby en la UE «a favor de violadores de derechos humanos», es decir, que abogaba por que suspendieran las sanciones de Bruselas contra figuras sanguinarias del chavismo. A él le ha dirigido una de sus últimas tarascadas. Una de sus protegidas más sonadas es Delcy Rodríguez, presidenta encargada por Trump, aquella sujeta a quien, en la madrugada del 19 al 20 de enero de 2020, José Luis Ábalos recibió a escondidas en el aeropuerto de Barajas y de cuyo avión salieron maletas con secretos inconfesables. ¿Quién gestionó ese ilegal aterrizaje de Delcy? Pues el de siempre, el mismo exlíder de Ferraz que se enfrenta a penas de cárcel importantes. Desde que el que fuera jefe del Ejecutivo español se prestara voluntario a ejercer de mediador en la llamada Mesa de Diálogo de República Dominicana entre el régimen de Caracas y la oposición, sus vínculos con los dictadores latinoamericanos no han hecho más que ensancharse hasta bregar, como ahora, para defender a una narcodictadura. Viajaba a Venezuela no menos de 30 veces al año y nadie olvida que, siendo presidente, nombró de embajador a Raúl Morodo, que acabó ante la Audiencia Nacional por recibir, presuntamente, más de cuatro millones de euros de una petrolera. ¿De qué país era la empresa? De Venezuela.
Esta es la cosecha del presidente que resucitó el guerracivilismo en España tras llegar al poder por la conmoción de un brutal atentado que dejó 193 inocentes asesinados en unos trenes; aquel que reabrió el guirigay independentista, claudicó ante Otegi y los asesinos de ETA, inventó lo de poner cordones sanitarios a la oposición, es decir, aniquilar a la derecha para que nunca gobierne, y dejó arruinada a España en 2011. De ese experimento político que nos llevó a la ruina, solo podía emerger otra criatura con los mismos escasos escrúpulos, Pedro Sánchez. Su agenda muestra que ZP era casi el vicepresidente en la sombra de su protegido. Convocaba él mismo a ministros para hablar «de lo suyo». Todo eso se traducía en decisiones económicas y geoestratégicas de Moncloa.
En las elecciones de julio del año pasado protagonizó una descacharrante alocución en un mitin en el que aseguró que «somos el único sitio del universo, de todos, donde se puede leer un libro y donde se puede amar». Hay quien lo disculpó con un argumento imbatible: «¿Quién no se ha pillado una así?». El presidente que llegó al poder tras el mayor atentado terrorista de la historia de Europa es especialista en infantilizar a sus votantes, más proclives así a ser manipulados. «No matemos al vecino, invitémosle a tocino», escribió su admirada Gloria Fuertes; por eso Zapatero bajaba de las nubes a ratos para recortar el sueldo a los funcionarios y congelar las pensiones, ahora para defender narcoestados y atesorar piedras preciosas y siempre para cavar trincheras para uso y disfrute posterior de Sánchez.
Hoy esta familia, que es una auténtica alhaja, está encerrada en su casa de Las Rozas, de donde sale de vez en cuando una empleada para pasear al perro con pedigrí; cuenta con llamadas periódicas de Pedro Sánchez para infundirle ánimo. Este año no se espera a José Luis en La Mareta, donde todos los veranos era un habitual junto a su mujer y al matrimonio Illa. Su horizonte es tan oscuro como su alma política, un alma que ha intentado que borráramos de la memoria a cientos de españoles asesinados a manos de ETA para sustituirlos por el trampantojo de una España franquista que murió hace más de medio siglo.