Anthony Fisher, arzobispo de Sydney, quien ha reclamado recuperar los reclinatorios
El arzobispo de Sídney pide recuperar los reclinatorios: «Arrodillarse revela lo que creemos sobre Dios»
Monseñor Anthony Fisher ha pedido restaurar los reclinatorios de las iglesias en los que hayan desaparecido para redescubrir el valor de arrodillarse como expresión de fe en la presencia real de Cristo
En una época en la que muchos gestos religiosos parecen haber perdido su significado original o se consideran simples formalidades, el arzobispo de Sídney, monseñor Anthony Fisher, ha publicado una carta pastoral en defensa de una de las posturas más antiguas del cristianismo: arrodillarse ante Dios.
La carta, titulada «Adorando al Señor Eucarístico: Arrodillémonos ante el Dios que nos creó», fue difundida con motivo de la solemnidad del Corpus Christi y forma parte de la preparación espiritual de la archidiócesis australiana para el Congreso Eucarístico Internacional que Sídney acogerá en 2028. En ella, el prelado dominico invita a los fieles a redescubrir la adoración eucarística y el lenguaje espiritual del cuerpo.
Uno de los puntos que más atención ha despertado es su petición expresa a los párrocos para que «restauren los reclinatorios en todas las iglesias donde falten». El arzobispo también les pide que enseñen nuevamente a los fieles el significado de las posturas litúrgicas previstas por la Iglesia, para que el cuerpo exprese adecuadamente la fe del corazón.
Una postura que habla de Dios
Fisher sostiene que el modo en que un cristiano ora nunca es indiferente. Después de recordar que la liturgia involucra todos los sentidos (la vista, el oído, el tacto, el olfato y el gusto), afirma que entre todas las posturas corporales existe una especialmente significativa. «De todas las posturas físicas, arrodillarse es la que revela con mayor claridad lo que creemos sobre Dios y nuestra relación con Él», escribe.
De hecho, el arzobispo rechaza la idea, frecuente en algunos ambientes contemporáneos incluso dentro de la Iglesia, de que arrodillarse sea un gesto arcaico, de humillación o servilismo. Por el contrario, recuerda que la Biblia presenta repetidamente esta postura como una expresión de adoración, gratitud, confianza y súplica. Para ilustrarlo cita ejemplos que van desde Moisés ante la zarza ardiente hasta los Magos adorando al Niño Jesús, pasando por numerosos personajes del Evangelio que se arrodillan ante Cristo.
Jesús también se arrodilló
Uno de los argumentos más llamativos de la carta es la referencia al propio Jesucristo. El prelado recuerda que, durante la Última Cena, el Señor realizó un gesto de profunda humildad al ponerse de rodillas para lavar los pies de sus discípulos.
Además, señala que Jesús volvió a arrodillarse en Getsemaní antes de su Pasión, en la noche en que instituyó la Eucaristía. Por eso considera que el cristiano encuentra en Cristo mismo el modelo de una adoración que involucra también el cuerpo. «Cuando hacemos una hora santa ante el Santísimo Sacramento, o incluso unos pocos minutos de oración, podemos arrodillarnos al menos durante una parte de ese tiempo como expresión evangélica de adoración, asombro, gratitud y confianza», afirma el arzobispo.
Adoración y misión
La carta pastoral no se limita a defender una postura corporal. Fisher vincula la adoración eucarística con la evangelización. Según explica, el cristiano se arrodilla para reconocer a Cristo presente en la Eucaristía, pero después debe levantarse para anunciarlo al mundo.
«Nos arrodillamos para reconocerle y después nos ponemos en pie para darlo a conocer», resume el prelado. Y junto a la recuperación de los reclinatorios, el arzobispo también ha pedido ampliar los horarios de apertura de las iglesias, promover horas santas semanales y fomentar la adoración perpetua en la archidiócesis.
Su propuesta apunta a una idea casi subversiva: que la fe no se vive solo con la mente o con las emociones. También el cuerpo está llamado a participar en el encuentro con Dios. Y, como recuerda el arzobispo de Sídney, pocas posturas expresan mejor esa verdad que unas rodillas hincadas ante la presencia real de Jesús, presente en el Santísimo Sacramento del Altar.