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Santa María Micaela del Santísimo Sacramento

¿Qué santo celebramos hoy, 15 de junio?

Hoy conmemoramos a Santa María Micaela del Santísimo Sacramento, virgen

María Micaela nació en Madrid el 1 de enero de 1809. No fueron pocas las situaciones amargas por las que tuvo que pasar esta mujer perteneciente a la aristocracia española, vizcondesa de Jorbalán. Era todavía muy joven cuando murió su madre. Su padre murió también inesperadamente. Su hermano Luis pereció en un accidente al caerse de un caballo, y su hermana menor, Engracia, fue llevada imprudentemente por una niñera a ver la escena del ahorcamiento de un criminal y la jovencita al ver esta escena se enloqueció. Le quedaba una hermana, Manuela, pero esta tuvo que salir al destierro porque los enemigos políticos de su esposo se apoderaron del gobierno.

Recibió una educación muy seria, en el colegio de las ursulinas de Pau, Francia. En la juventud empieza un noviazgo que duró tres años hasta que el novio, de un momento a otro se aleja, porque sus familiares se lo han ordenado así. Entonces las lenguas maledicientes se dedican a hablar mal de Micaela. Ella en su autobiografía añade: «En vez de hablar de esto con mis amistades, lo que hacíamos era llevar cuenta de los rezos que hacíamos, y ver quién había rezado más».

Su hermano fue nombrado embajador en París, y después en Bruselas. Ella tuvo que acompañarlo y entonces empezó una vida muy especial: madrugar muchísimo para alcanzar a hacer sus prácticas de piedad, ir a la Santa Misa, comulgar y aprovechar la mañana para hacer sus obras de caridad. De mediodía en adelante asistir a banquetes diplomáticos, bailes, funciones de teatro, salir de paseo a caballo, rodeada de gente de la aristocracia y mostrarse siempre alegre y sonriente a pesar de los dolores continuos de estómago a causa de una especie de cáncer que parecía devorarle el vientre.

Ante tantísimos peligros para su virtud, lo que conservaba en gracia de Dios a la joven y elegante Micaela era su comunión diaria, las mortificaciones que hacía y el haber encontrado un santo director espiritual, el Padre Carasa. Una de sus mortificaciones consistía en que cuando iba a funciones de teatro (donde la gente se presentaba muy deshonestamente vestida) ella se colocaba unos anteojos que por más que esforzara la vista no le dejaban ver lo que pasaba en el escenario.

Mientras por las tardes y noches tenía que estar en las labores mundanas de la diplomacia, por las mañanas estaba visitando pobres, enfermos e iglesias muy necesitadas y dejando en todas partes copiosas limosnas. Nadie podía imaginar al verla tan elegante en las fiestas sociales, que esa mañana la había pasado visitando casuchas y ayudando a los más pobres de la ciudad, sin querer llamar la atención.

Micaela regresó después a España y el Padre Carasa le recomendó que se entrevistara con una dama muy santa llamada María Ignacia Rico. Así lo hizo y entonces aquella caritativa mujer la llevó al hospital San Juan de Dios, donde estaban las mujeres de mala vida que caían enfermas. La santa afirma que «allí sufren el olfato, la vista, el tacto, los oídos» y que «todos los sentimientos tienen allí ocasión para padecer». Micaela fue testigo en aquel hospital de la triste realidad de la prostitución, mujeres destrozadas en su cuerpo y en su alma. Aquella experiencia en el hospital fue decisiva en la vida de Micaela. Se dio cuenta no sólo la situación horrorosa de esas pobres muchachas enfermas, sino de la espantosa vida que les esperaba cuando salieran de allí, y pensó que era absolutamente necesario hacer algo concreto para ayudarlas. Y con su amiga María Ignacia consiguieron una casita para llevar allí las muchachas en peligro para preservarlas, y a las que ya habían sido víctimas, para redimirlas y salvarlas.

Ante aquella decisión, quizá la más importante de su vida, hubo una verdadera tormenta de incomprensiones y abandonos aun de sus mejores amistades. Ahora se cumplía la antigua frase de San Ignacio: «El mundo no tiene oídos para poder escuchar tan grande estruendo». ¿A quién se le iba a ocurrir que una mujer de la más alta clase social, emparentada con las familias más ricas y famosas de la capital, se fuera a dedicar a cuidar prostitutas o mujeres de mala vida? Todas sus antiguas amistades se negaron a ayudarle, y ya ni la reconocían como amiga. Y luego sucedió lo que ninguno había esperado: Micaela dejó su casa elegante en un barrio rico y se fue a vivir con unas pobres mujeres de mala vida en una casucha miserable, para poder transformarlas en personas honradas y santas. Fue amenazada por algunos proxenetas, e incluso querían darle muerte. Nada la detuvo. Vendió las joyas heredadas a menor costo de lo que valían, se desprendió de su caballo, y terminó pidiendo limosna para ayudar a las prostitutas. Fue incomprendida incluso por la misma Iglesia. Llevan al mismo Arzobispo calumnias sobre ella y entonces él envía a un sacerdote para que saque de la casa de Micaela el Santísimo Sacramento. Cuando el sacerdote llega, la santa se dedica a orar por él, y éste, después de rezar unos minutos de rodillas, cambia de parecer y se va sin llevarse el Santísimo Sacramento.

El 6 de enero de 1859, con el apoyo y consejo de san Antonio María Claret, funda con siete compañeras la Comunidad de Hermanas Adoratrices del Santísimo Sacramento, dedicadas a adorar a Cristo Jesús en la Eucaristía y a trabajar por preservar a las muchachas en peligro, y a redimir a las pobres que ya cayeron en los vicios y en la impureza. Emitió sus primeros votos en 1859, y comenzó la expansión de la obra, primero en Barcelona, Valencia y Burgos, en medio de muchas dificultades externas e internas. Escribiendo a sus religiosas les decía: «Difícil encontrar otra fundadora de comunidad que haya sido más acusada, más calumniada y más regañada que yo. Mis acciones las juzgan de la peor manera posible». Hoy día hay su comunidad se encuentra en varios países en todo el mundo. Puso en sus casas esta consigna: «Mi providencia y tu fe mantendrán la casa en pie», para indicar que era una obra inspirada por Dios de la cual Él sería siempre garante, a pesar de las dificultades y estrecheces.

María Micaela había estado socorriendo a los enfermos en la peste de tifo negro en los años 1834, 1855 y 1856, y había logrado no contagiarse. Pero en el año 1856 al saber que en Valencia había estallado de nuevo la terrible peste, se fue allí a socorrer a los apestados. Y se contagió de la mortal enfermedad. Al padre confesor le dijo: «Padre, esta es mi última enfermedad». Y en verdad que fue la última y la más dolorosa. Calambres casi continuos, dolores agudísimos. El médico declaró: «Nunca había visto a una persona sufrir tanto y con tan grande paciencia y heroísmo».

Murió el 24 de agosto de 1856. La enterraron sin ninguna solemnidad en una fosa ordinaria en el cementerio. Pero Dios la glorificó haciendo milagros por su intercesión. El Papa Pío XI la beatificó el 7 de julio de 1925 y la canonizó el 4 de marzo de 1934. La obra que iniciara María Micaela en medio de tantos sufrimientos y contrariedades sigue en pie, todavía hoy sus religiosas siguen salvando del pecado y de la perdición a miles de jóvenes en todo el mundo.

El testimonio de su vida nos sigue diciendo hoy que, cuando decidamos hacer el bien, se levantarán tempestades. Recordemos las palabras de Jesucristo, nuestro Señor: «Tened valor, yo he vencido al mundo». Micaela es testigo de ello, desde el cielo, y nosotros estamos llamados a serlo, mientras continúa nuestra peregrinación aquí en la tierra.

Pasos para la canonización

El acto de canonización suele ser por lo general presidido por el Papa, y es una de las ceremonias más importantes de la Iglesia católica. El proceso de canonización se produce tras la muerte del santo y normalmente la petición viene precedida por las siguientes etapas:

  • ​Postulación: es el proceso por el cual se presenta y se da a conocer la intención de proponer a una persona como santo. Este proceso requiere de datos biográficos y testimonios.
  • Siervo de Dios: iniciación del postulado dentro de proceso de beatificación y declaración como persona vinculada a la Iglesia católica.
  • Venerable: equivale a persona digna de estima y de honor. Asociado a una vida ejemplar y previo a la beatificación.
  • Beatificación: si se prueba la existencia de un milagro relacionado con el venerable se procede a la beatificación.
  • Canonización: si al beato puede atribuirse un segundo (o más) milagros se procede a canonizarle.