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TRIBUNAMario Culebras Esteban

Dostoievski es el profeta de la total cristianización de la vida

En sus obras, presenta de manera inédita las mentiras del ateísmo, señalando que el hombre abandona su humanidad cuando se aleja de Dios; hace descansar la dignidad de la persona humana en una libertad comprendida como don y tarea, descubriendo la raíz del mal en el propio interior de la persona

A pesar de las limitaciones en el pensamiento de Dostoievski, especialmente las relativas a la creencia en una utópica misión de la Iglesia y el pueblo ruso respecto de Occidente (la idea de una predestinación religiosa del pueblo ruso como salvador de la humanidad, la conciencia mesiánica nacional), la ambigüedad del aspecto dogmático del misterio cristiano o la débil comprensión del catolicismo, presentando una imagen débil de Cristo, con frecuencia polarizada en su humanidad, el interés religioso y moral de Dostoievski resulta inconmensurable.

La fragilidad de la obra de Dostoievski proviene de los rasgos característicos de la filosofía rusa, como es la comprensión de Rusia como guía del mundo, un maximalismo conducente a presentar la nación como la Tercera Roma, capaz de convertir a todas las naciones al cristianismo, haciendo de la creación de la sociedad cristiana perfecta la tarea del quehacer estatal y nacional. Asimismo, los sueños de paneslavismo que impregnan el Diario de un escritor no están lejos de otra dimensión propia del pueblo ruso, como es la eterna lucha entre los defensores de la cultura y tradición rusa y los partidarios de acercarse a Occidente para trascender el anquilosamiento ruso. Frente a una Europa inerte, privada de Dios, Rusia sería el nuevo pueblo no alcanzado por la cultura occidental.

Pero también es una característica rusa la búsqueda del hombre pleno y de la Verdad, la necesidad de perfeccionamiento en la persecución de una verdad alcanzable por un hombre superior. Esta primacía de lo espiritual, la comprensión de la Verdad del ser humano como un constante estado de permanente perfeccionamiento será también evidente en la obra de Dostoievski. El novelista ruso desarrolló en su obra la idea de la historia como el «trabajo de salvación».

Como la mayoría de los pensadores rusos religiosos, para quienes el cristianismo no puede limitarse exclusivamente dentro de la esfera del templo y del monasterio, sino que debe abarcar todos los planos de la existencia, todos los aspectos de la vida humana, Dostoievski es el profeta de la total cristianización de la vida y, además, como fundamento de esta sociedad cristiana, de estas relaciones perfectas entre los seres humanos; ellos promueven el ideal de la congregación universal, vencedora tanto de la unilateralidad del individualismo, que pisotea el todo en nombre del yo individualizado, como de las limitaciones de los lineamientos tribales, defectos del colectivismo, en donde el yo se ofrece en sacrificio al todo.

Dostoievski no es solo el gran contador de historias que trabaja al individuo, ahondando en su interioridad y su forma de ver su entorno, o el gran genio de la literatura psicológica, o el defensor ideológico del cristianismo. En sus obras, Dostoievski presenta de manera inédita las mentiras del ateísmo, señalando que el hombre abandona su humanidad cuando se aleja de Dios; hace descansar la dignidad de la persona humana en una libertad comprendida como don y tarea, descubriendo la raíz del mal en el propio interior de la persona; concentrado en descender al fondo del alma humana y explorar los subsuelos de la conciencia, afirma que la parte irracional de nuestro ser es la más importante; se muestra como heraldo de una religión del sufrimiento humano, necesario para alcanzar la redención; comprende la conciencia humana no como creadora ni asimilable a las exigencias de una voluntad arbitraria, sino subordinada al orden moral de la creación; experimenta y sufre en su vida, reconoce y comprende en su obra literaria las diferentes contradicciones existenciales que residen en el ser humano; es un autor compasivo, capaz de descubrir la imagen divina en el hombre atribulado, poniéndose siempre en el lugar del otro que, en definitiva, es su propia realidad: del pobre, del desheredado, del empleado insignificante, del estudiante necesitado, del nihilista, del cínico, del jugador, del borracho y también del santo; considera que el amor ha de darse forzosamente en el ser humano para conseguir adscribirse a un proceso de perfeccionamiento existencial; despliega unas ideas existenciales que parten de la fe religiosa más convencida, y las hace válidas para cualquier otro tipo de visión; hace de Cristo y de su Palabra la única vía de redención, de la fe en la Palabra hecha carne lo único que salvará el mundo, del Camino que es Cristo el único camino de perfección para el hombre, de Su amor sacrificial el único amor perfecto que se alza como la explicación del sufrimiento humano y como victoria definitiva sobre la muerte.

Roberto Esteban Duque lleva a cabo en La belleza es el amor realizado. Conversión, antropología y novelas de Dostoievski, editado por CEU Ediciones, un trabajo artesanal, modelando con precisión analítica las claves antropológicas derivadas de la conversión religiosa de Dostoievski que nos ayudan a comprender su portentosa obra literaria.

La portada del último libro de Roberto Esteban DuqueCEU Ediciones

La existencia entera de Dostoievski es una conversión, un «desligarse» de todo lo que es transeúnte. El dolor del exilio despierta en el escritor ruso la sed de Dios; la personalidad de Cristo entra para siempre en su vida. En el penal de Siberia, verdadero punto de inflexión para la evolución de sus convicciones, descubrirá una asombrosa capacidad para el bien, así como el encuentro con una maldad desconcertante y desconocida hasta entonces.

El enfoque teológico-antropológico que el sacerdote, ensayista y moralista conquense, propone en su último ensayo nos parece especialmente valioso y, a nuestro juicio, aporta una perspectiva sólida y original dentro de los estudios sobre Dostoievski.

Las dos primeras partes —el itinerario de conversión y la antropología dostoievskiana— están muy bien logradas, con una notable unidad interna y una profundidad realmente destacable. En la tercera parte, dedicada a las novelas y los personajes, el teólogo disecciona las principales obras del escritor ruso, siendo de gran interés el análisis minucioso y profundo que hace de cada una de ellas. Según Charles Taylor, los personajes de Fiódor Dostoievski podrían ser clasificados en dos tipos: quienes se abren y quienes se cierran a la gracia que late en el torrente vital que fluye a través de la naturaleza.

La civilización humana no es posible sin Dios

El autor de este valioso ensayo hará confluir el pensamiento de Dostoievski y Nietzsche, por cuanto juntos constituyen la crítica del racionalismo occidental, del humanismo, de la fe en el progreso con sus pueriles idilios futuristas. Los dos juntos constituyen la oposición contra el dominio de la ciencia, que se considera sucedánea de la religión y se presenta salvadora del hombre. En ambos, vive el amor a la vida, la mística del vivir y la mística de la tierra.

Ahora bien, como señala nuestro autor, Dostoievski supone que la civilización humana no es posible sin Dios. Hay que rechazar la soberbia dominante para refugiarse en la humildad, en la consciencia de la condición de criatura que es característica del «ser hombre», en la cultura del corazón. A la posición de Dostoievski se opone Nietzsche: no solo el mundo es posible sin Dios, sino que el ser humano tiene posibilidades de crear valores propios y determinar los principios con los cuales vivir.

El hombre se comprende a través de su destino

Según el filósofo ruso Nicolái Berdiaev, mientras que Tolstoi se atormentó por Dios y lo buscó como un pagano, Dostoievski se aproxima a su misterio como cristiano. Si el primero hizo teología, Dostoievski se ocupó de antropología, poniendo en primer plano el hombre y su destino.

Pero también hay quienes analizan la antropología de Dostoievski desde una perspectiva escatológica: el hombre se comprende a partir de su destino. Es el caso del teólogo ortodoxo ruso Paul Evdokimov, quien mantiene que el destino del hombre consiste en una cierta plenitud. Para Evdokimov, la originalidad antropológica de Dostoievski tiene como referente el destino del hombre a partir del cual se ilumina su itinerario existencial. En este sentido, conviene recordar que el pensamiento central de Dostoievski, según de Lubac, es el de que «matando a Dios en el hombre, a quien se mata es al hombre mismo».

La antropología de Dostoievski no se inclina por el Humanismo, sino que su obra significa el fracaso del humanismo. Para Dostoievski, el hombre no solo ama lo normal o razonable, sino también el sufrimiento, porque padecer es la única manera de tomar verdadera conciencia de la realidad. En la naturaleza humana se encuentra un poso de irracionalidad que es la fuente de la vida. Para Dostoievski, el hombre nunca desaparece en medio de lo divino, sino que, hasta el final, «lo humano es fundamental y hasta el peor de los hombres conserva la imagen y semejanza de Dios».

El mal, afinidad entre Dostoievski y Santo Tomás de Aquino

En ningún otro autor de los últimos tres siglos se ha visto tan bien abordado el problema del mal como en Dostoievski. Sus personajes son en sí mismos la personificación del mal. Todas sus obras tienen como protagonista al mal. Él mismo estaba sumergido en una forma de maldad, rebelde para su época. Los personajes surgidos de su pluma sufren crisis existenciales generadas por el mal que existe en el mundo

Pero ¿a qué mal nos referimos? ¿Qué posibilidad existe de aunar a Dostoievski con pensadores como Santo Tomás de Aquino, para hablar sobre el problema del mal? La respuesta en La belleza es el amor realizado es contundente: tanto el escritor ruso como el doctor angélico trabajaron el concepto del mal desde perspectivas muy similares.

Si Dios es el bien absoluto, ¿cómo existe el mal? Según Dostoievski, esto no será argumento de la no existencia de Dios. Todo lo contrario, es prueba de su existencia. Esta idea la analiza Berdiaev, en su texto El espíritu de Dostoievski, cuando afirma que, según el escritor: «la existencia del mal es la prueba de la existencia de Dios».

Por su parte, Santo Tomás dice que «si el mal es, Dios es. Pues no existiría el mal una vez quitado el orden del bien, del cual el mal es privación. Pero este orden no existiría, si no existiera Dios». Lo primero en Dostoievski es Dios; es decir, el bien absoluto. Y el mal no será otra cosa que la permisión voluntaria, por parte de Dios, del actuar del mal para obtener mejores bienes o evitar males de un calibre mayor. Dios, según Santo Tomás y Dostoievski, no causa el mal, sino que lo permite para transformar al hombre, en el que existe el mal y el bien.

Para Dostoievski, el mal proviene de una rebelión del ser creado en virtud del mal uso de su libertad. El novelista ruso no ofrece soluciones racionales al problema del mal, teniendo claro que la victoria definitiva está en el plano escatológico. Mientras tanto, se ofrece la vía de la expiación mediante la cual, el hombre, cumpliendo su vocación universal, puede ordenar y transfigurar el mundo. Es el misterio del grano de trigo: en el dolor siempre hay algo de fecundo.

En Dostoievski, el mal contribuye a dinamizar la historia mediante su oscuro proceder. El novelista emplea dos imágenes. La primera es la Leyenda del Gran Inquisidor, que es una síntesis de la historia de la humanidad y una metáfora que va más allá de la historia. Y la segunda, que se halla en Demonios, es la «Torre de Babel» del Humanismo, o sea el problema del liberalismo que conduce al nihilismo y el deseo de reorganizar la sociedad a la fuerza. Al mal, Dostoievski responde con un rostro luminoso de santidad como el de Aliosha.

Amor solo en Dios

En contraste con la zozobra del amor humano, Dostoievski acude al amor divino: «el Cristo ruso es ante todo el mensajero del amor infinito». Ese amor divino debe regir las relaciones humanas, de lo contrario, la humanidad atea concluirá inevitablemente en la crueldad y el exterminio mutuo, o convertirá el hombre en un simple medio. Amamos a nuestro prójimo en Dios, y ese amor afirma en cada hombre la idea de eternidad. El único amor verdadero es el amor cristiano, el vinculado a la inmortalidad del alma, el que afirma esa inmortalidad.

En la perspectiva de la metafísica clásica, para san Agustín o Santo Tomás de Aquino, la existencia es sostenida por un gesto generoso, libre, de amor divino. Todo lo que existe es testimonio del amor de Dios por su criatura. Hay para ellos, una íntima relación entre la existencia y el amor, de modo que cuando algo existe es porque el Amor le está presente: «todo el tiempo que una cosa existe, es preciso que Dios le esté presente en tanto que existe. Ahora bien, existir es lo más íntimo que hay en cada ser, y es lo que más profundo hay en él, puesto que el existir es forma para todo lo que hay en este ser. Es preciso que Dios esté en todas las cosas, e íntimamente: unde oportet quod Deus sit in ómnibus rebús, et intime, dirá el Aquinate. La ausencia de amor es la ausencia de ser, es no ser, nada. Verdaderamente, entonces es fatal la soledad: la soledad metafísica en el caso del ser finito equivale a su aniquilación.

El tema del amor será capital en la obra de Dostoievski. Es el amor el que resuelve toda existencia, el que humaniza al hombre, el que hace infinita su finitud, el que socializa al individuo desde su particularidad, el que le enseña a vivir, en definitiva. La mayoría de la gente nunca realiza su libertad, nunca sale de la masa. Y muchos de los que sí lo hacen nunca salen de ahí. Conviven con el mundo de una manera insatisfecha, dentro de la masa, pero sin pertenecer a ella. Pero la experiencia del amor permite al yo concebir la experiencia de un nosotros. Lo que Dostoievski quiere, lo que contempla su visión mesiánica para Rusia, es que ese nosotros, acoja a toda la humanidad. Conseguir ver la humanidad como un nosotros. Este amor global, del que en teoría participaría toda la humanidad, sería utópico. Sería el mundo convertido en Iglesia, un amor fraternal que preocupe a todos los seres humanos. Según esta concepción, el hombre pleno, absolutamente libre, lograría siempre llevar a cabo su voluntad, que sería «siempre beneficiosa para los demás». Hay que poner en práctica el amor libre a la humanidad, aunque fracase una y otra vez.

Y si toda la creación ha sido pensada según las Escrituras en vistas a Cristo (Col 1, 16-17), el sacrificio de amor de Cristo, su obra redentora culmina el trabajo del Amor. La historia de la salvación es amor realizado. Y cada gesto del hombre que se pone libremente a favor de la construcción del Reino es amor realizado, hecho posible a la vez, por el Amor que lo crea, sostiene y redime. Es amor gracias al Amor.