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Ignacio Crespí de Valldaura

¿Qué es un cínico? Una explicación detallada de su significado

A Jesús le infligieron con un sinfín de falsas acusaciones, además de que sus detractores vulneraron todos los procedimientos jurídicos estipulados con unos malabares retóricos de lo más draconianos, torticeros y alambicados

La palabra ‘cínico’ es de las más manidas de la historia para verter desprestigio contra los contrincantes de uno, pero la mitad de quienes la utilizan, ¿Saben, en verdad, lo que significa?

Si acudimos a la RAE, encontraremos una definición un tanto escueta, pero no por equivocación de los académicos, sino debido a que las definiciones se caracterizan por ser explicaciones un tanto sucintas, sintetizadas, resumidas. El diccionario de la Real Academia Española lo define así: «Dicho de una persona que actúa con falsedad o desvergüenza descaradas».

Yo, por mi parte, y sin contradecir la definición de la RAE (más bien, con ánimo de complementarla), entiendo que el cinismo es una especie de «relativismo burlesco», véase una inclinación hacia relativizar el bien y la verdad que atesoran las cosas en un tono hilarante y despreocupado.

Por esto, cuando alguien «intelectualmente honesto» discute con un cínico puede caer con facilidad en la desesperación; ya que el cínico se inclina más por vacilar a sus adversarios retóricos que por razonar con aplomo y sensatez. G.K. Chesterton puso por escrito, en su ensayo Ortodoxia, que quien discute con un loco es probable que pierda la discusión, dado que el loco no cuenta con el obstáculo del buen juicio. Pues bien, esta cita chestertoniana me parece perfectamente extensible al ámbito de los cínicos; de hecho, creo que adquiere más veracidad, si cabe, con ellos, debido a su acreditada destreza para desquiciar a sus rivales.

Cuando alguien, pertrechado de argumentos, cree haber dejado cautivo y desarmado a un cínico, tiene que contar con que éste va a esquivar el tema de conversación, en aras de encaminarlo hacia su terreno; hacia un terreno rebosante de frivolidad y de humor insano donde él puede acribillar a su contendiente amparado por los aplausos de un estólido público.

De esta guisa, podemos entender -que no compartir- el hecho de que personas que aducen a razones enclenques ante acusaciones de corrupción demostradas se acaben saliendo con la suya; o que proliferen afamados tertulianos sin una vigorosa capacidad para argumentar, pero bastantes duchos o avezados para manipular y conectar con los sentimientos del público y, así, desatar sus vítores vociferantes… Sus clamorosos aplausos… Sus estruendosos parabienes… Su estrepitosa ovación.

Joseph Ratzinger, quien llegó a ser el Papa Benedicto XVI, hizo alusión a un cuento del filósofo Søren Kierkegaard al inicio de su libro Introducción al cristianismo. En este relato, un circo se incendia. El director envía al payaso, ya vestido y maquillado, al pueblo para pedir ayuda. El payaso grita que hay fuego y que todos deben acudir. Los aldeanos creen que forma parte del espectáculo y lo aplauden. Cuanto más insiste, más ríen. Finalmente, el incendio alcanza el pueblo y todo acaba consumido por las llamas. Kierkegaard concluye que el mundo podría terminar «entre los aplausos de quienes creen que todo es una broma».

Para Ratzinger, esta historia simbolizaba un problema profundo: el cristianismo anunciaba algo que consideraba decisivo para la existencia humana, pero muchos ya no podían escucharlo, porque identificaban al mensajero con una figura que había perdido credibilidad. Pues bien, esto, a mi juicio, es lo que le suele suceder a un defensor del catolicismo cuando discute con un cínico astuto y revirado.

Es más, en el relato de la Pasión de Cristo, no puede estar mejor retratada la pujanza de las burlas sangrientas y de la manipulación verbal frente a la custodia del bien y la verdad. De hecho, a Jesús le infligieron con un sinfín de falsas acusaciones, además de que sus detractores vulneraron todos los procedimientos jurídicos estipulados con unos malabares retóricos de lo más draconianos, torticeros y alambicados.

Volviendo la mirada hacia el desarrollo de la palabra ‘cínico’, me gustaría incidir en un patrón de conducta bastante común entre los practicantes del cinismo. Suelen gozar de la habilidad para convertirse en tus entrevistadores, véase en quienes te hacen a ti las preguntas difíciles, para exigirte respuestas impecables que ellos serían incapaces de alumbrar. A su vez, por muy excelsas que fuesen tus contestaciones, nunca les resultarán suficientes; y, en caso de que así sea, procederán a cambiar el tema de conversación, para arrastrarte a un terreno en el que puedan vapulearte.

Esta táctica de metamorfosearse en tus entrevistadores les eleva a la condición de jueces o examinadores. Me da la sensación de que adquieren la potestad de evaluar la enjundia intelectual de tus juicios, sin estar intelectualmente acreditados para hacerlo. Ellos no tienen que convencerte de nada, son inteligentísimos por naturaleza, pero tu sí que habrás de persuadirles a ellos, sin aprobar nunca -por brillantes que fuesen tus razonamientos- su test de inteligencia.

Abundan en internet cínicos que te dicen impertinencias del estilo de «tienes que leer más» con nefandas faltas de ortografía; a quienes, tras contestarles son una prosa de escritor experimentado y con unos razonamientos bien articulados, nunca consigues convencerles de que no eres «border-line».

También, recuerdo que a uno de ellos le tuve que recordar que era ensayista en medios de comunicación de ostensible renombre (como El Debate), de lo cual se puede inferir que no es muy atinado increparme con un «tienes que leer más»; y, a esto, me replicó que, entonces, tenía que elegir mejor los libros que leía (algo que, para más inri, diría el estereotípico consumidor de best-sellers).

Tras demostrarle que mi lenguaje era propio de alguien que sí que ha aprendido a leer y a escribir, repuso que mi verborrea era desaforadamente grandilocuente, barroca, gongoriana, pomposa o prosopopéyica (bueno, en esto, sí que tuve que darle la razón). Ahora bien, me llama poderosamente la atención que quien me estaba calificando de iletrado o analfabeto, cuando percibió que no lo era tanto como él pensaba, pegó un giro copernicano, para proceder a vacilarme en dirección contraria. Esto me parece un comportamiento verdaderamente ilustrativo del modus operandi de un cínico.

También, yo, henchido de orgullo (pecado del que no me enorgullezco), le empecé a ametrallar con densas reflexiones filosóficas y con citas de pensadores cumbre, todo para demostrarle que no era gilipollas (algo que, por cierto, parecía que él no tenía que demostrarme a mí); ante lo cual me espetó que él, también, estaba versado en filosofía, porque se le daba «muy bien en el colegio» (una declaración propia de alguien que lleva más de quince años sin enfrascarse en este tipo de lecturas).

A esto, he de añadir que, también, existen cínicos sofisticados, quienes, sin dejar de ser frívolos, al menos, practican el cinismo con un poco más de gracia (y de elegancia). Un ejemplo fidedigno de ello sería el legado literario que nos dejó el escritor Oscar Wilde; un cínico de tomo y lomo, pero escultor de prodigiosos epigramas.

Una de sus citas más emblemáticas -y ávida de cinismo- sería la siguiente: «Puedo resistirlo todo, excepto la tentación». Siempre que salgo de mi Sevilla de acogida -dado que vivo allí, a pesar de ser oriundo de Madrid- llevo conmigo un compendio de frases de este coloso de las letras, titulado El arte del ingenio; porque Oscar Wilde es de esos literatos que, además de agudizarte el intelecto, consigue que prorrumpas en estrepitosas carcajadas (aunque no le aconsejo que impregne su alma de sus inmoralidades).

Otros de sus cínicos -y desternillantes- epigramas serían los siguientes: «La poligamia… me parece mucho más poético casarse con una sola persona y amar a muchas»; «Jamás viajo sin mi diario. Siempre debería llevarse algo estupendo para leer en el tren»; «Me encanta escucharme hablar. Es uno de mis mayores placeres. A menudo mantengo largas conversaciones conmigo mismo, y soy tan inteligente que a veces no entiendo ni una palabra de lo que digo»; «El secreto de la eterna juventud consiste en no sentir nunca una emoción desagradable»; «El ocio es la base de la perfección. La juventud, su objetivo»; «Hacer absolutamente nada es la cosa más difícil del mundo, la más difícil y la más intelectual»; «Monta a caballo todas las mañanas, va a la ópera tres veces por semana, se cambia de ropa al menos cinco veces al día y cena fuera todas las noches. ¿Llamas a eso llevar una vida ociosa?»; etcétera, etcétera, etcétera…

Que conste en acta que algunas de estas frases que he citado reflejan su manera de pensar; y otras, provienen de personajes de sus obras teatrales a los que pretende satirizar; así pues, no todas ellas reflejan su manera de ver la vida.

Como admirador de la genialidad de Oscar Wilde, pero, a su vez, en calidad de opositor de su cinismo patológico, he tenido que encontrar un referente que alumbrase ingeniosos epigramas y que, al mismo tiempo, me llevase por los senderos del bien y la verdad. Ese hombre no es otro que G.K. Chesterton; un icono de sabiduría tomista, de superlativo donaire y capaz de elevar los epigramas a la condición de aforismos (es decir, de frases exquisitas, pero, también, con un encomiable sustrato ético y espiritual).

Venerables lectores, estad precavidos y aprended a lidiar con los cínicos. Nunca dejarán de sorprenderos con un nuevo dislate, pero, por lo menos, dejarán de pillaros desprevenidos.