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El Cristo del Corcovado, ubicado en Río de Janeiro (Brasil) y construido durante los años 20Getty Images

El 'milagro' del Cristo del Corcovado: la conversión al catolicismo de sus constructores

Heitor da Silva Costa y el maestro de obras Heitor Levy, de orígenes agnósticos y judíos, abrazaron la fe cristiana tras liderar la edificación del monumento en Río de Janeiro, una obra de ingeniería que concluyó sin registrar ninguna víctima mortal

El Cristo Redentor de Río de Janeiro es reconocido a nivel internacional como una de las maravillas del mundo moderno y el principal símbolo de Brasil. Su silueta de hormigón armado, que se alza a setecientos diez metros sobre el nivel del mar en la cima del cerro del Corcovado, representa un hito de la arquitectura art déco.

Sin embargo, la edificación del monumento, que se prolongó durante casi una década, culminó con la conversión al catolicismo del ingeniero jefe Heitor da Silva Costa y del maestro de obras Heitor Levy.

El desafío estructural en la cima de Río

El proyecto monumental nació en los años veinte, impulsado por el Círculo Católico de Río de Janeiro para conmemorar el centenario de la independencia de Brasil. Tras evaluar diversas propuestas, el concurso público falló a favor del ingeniero arquitecto brasileño Heitor da Silva Costa en 1923. Su diseño original contemplaba a la figura de Jesucristo sosteniendo una cruz y un globo terráqueo, aunque posteriormente fue modificado en colaboración con el escultor franco-polaco Paul Landowski y el artista plástico Carlos Oswald para adoptar la icónica forma de cruz anatómica que se puede observar en la actualidad.

El Cristo del Corcovado en construcción durante el la segunda década del siglo XX

El equipo de ingeniería debía erigir una estatua de treinta metros de altura y mil ciento cuarenta y cinco toneladas de peso sobre un pedestal de ocho metros. La decisión de utilizar hormigón armado, un material innovador para la época, exigió cálculos de resistencia milimétricos, liderados por el ingeniero francés Albert Caquot. Para el revestimiento exterior, Da Silva Costa seleccionó la esteatita, conocida comúnmente como piedra jabón, un mineral resistente a la erosión térmica y a las inclemencias meteorológicas, que fue cortado en millones de pequeños triángulos aplicados a mano sobre la estructura.

Heitor da Silva Costa y el paso del agnosticismo a la fe

El ingeniero Heitor da Silva Costa asumió el liderazgo del proyecto desde una posición de escepticismo religioso. Según documentan las biografías y los archivos de la archidiócesis de Río de Janeiro, Da Silva Costa era un hombre de formación puramente técnica, adscrito a las corrientes agnósticas y positivistas que imperaban en los círculos académicos de la época. Sin embargo, la magnitud del encargo y los constantes contratiempos logísticos iniciaron un proceso de reflexión personal.

Busto de Heitor da Silva Costa, ingeniero principal del Cristo del Corcavado

Durante los años que dedicó a la coordinación internacional del proyecto, que incluyó extensos viajes a Europa para supervisar la ejecución de los moldes de las manos y la cabeza en los talleres de Paul Landowski en París, el ingeniero comenzó a interpretar la resolución de los problemas técnicos como intervenciones providenciales. Su contacto continuo con la jerarquía eclesiástica y la dedicación requerida para mantener la financiación del proyecto mediante donaciones populares lo acercaron progresivamente a la religión. Al término de la obra 1931, Heitor da Silva Costa abandonó el agnosticismo y se declaró abiertamente católico, atribuyendo el éxito estructural de la estatua a la protección divina.

Heitor Levy y el pergamino en el corazón de piedra

El caso del maestro de obras Heitor Levy resulta aún más llamativo. Levy era un ingeniero de ascendencia judía y practicante de su religión, encargado de la supervisión diaria de los trabajos a más de setecientos metros de altitud. Su responsabilidad consistía en dirigir a las cuadrillas de obreros que debían ensamblar el hormigón al borde del precipicio, operando sobre andamios de madera sujetos por cuerdas.

La conversión de Levy estuvo motivada por un incidente de seguridad laboral. Durante una maniobra de inspección en los andamios superiores, el maestro de obras sufrió un resbalón que amenazó con precipitarlo al vacío. Levy logró sujetarse en el último instante, salvando su vida en unas condiciones donde los protocolos de seguridad industrial de la época resultaban insuficientes. Tras este episodio, el ingeniero judío experimentó una profunda conmoción personal que desembocó en su conversión formal al catolicismo.

Como testimonio documental de este cambio de fe, los registros de la edificación confirman una actuación secreta de Levy durante la construcción de la estatua. En el interior del pecho del Cristo Redentor, el equipo de ingeniería diseñó un corazón estilizado, moldeado igualmente en piedra jabón, que resulta invisible desde el exterior. Antes de sellar esta cavidad, Heitor Levy introdujo en su interior una botella de vidrio que contenía un pergamino con su nombre, el de los miembros de su familia y el de las autoridades eclesiásticas que tutelaron la obra, certificando así su recién adquirida filiación religiosa.

Un récord de seguridad industrial

El impacto espiritual que la obra generó en sus directores estuvo estrechamente vinculado a las estadísticas de siniestralidad. Durante la década de los años veinte, las grandes construcciones de ingeniería civil a nivel mundial arrojaban unas tasas de mortalidad laboral muy elevadas. La edificación de rascacielos contemporáneos en Nueva York o la perforación de túneles ferroviarios se cobraban decenas de vidas debido a la precariedad de las medidas preventivas.

En contraste, la construcción del Cristo del Corcovado, finalizada tras cinco años de trabajos ininterrumpidos al borde de un acantilado de roca viva, concluyó con un registro de cero accidentes mortales. Ni un solo obrero, capataz o técnico perdió la vida durante el ensamblaje de las más de mil toneladas de hormigón. Este dato, considerado una anomalía estadística por los expertos en seguridad industrial, fue interpretado por Da Silva Costa y Levy como la confirmación definitiva de la protección espiritual que había guiado su trabajo. El 12 de octubre de 1931, el monumento fue inaugurado oficialmente, consolidándose no solo como un triunfo de la ingeniería moderna, sino como el escenario histórico de la conversión de dos de los hombres que lo hicieron posible.