La apuesta de Pascal
Si apostamos por Dios y Dios existe la ganancia es infinita, se gana todo: se alcanza la vida eterna y la felicidad completa, el bien absoluto y la verdad y, en definitiva, todas las capacidades humanas dentro de la realidad del amor. Por otro lado, si resulta que estaba equivocado, ni me entero.
En el tiempo transcurrido durante este curso –todavía me quedan reminiscencias de las mediciones docentes– han aparecido abundantes publicaciones que se han acercado a la idea de mostrar que la razón podría ascender desde el mundo hasta Dios. Y esta aspiración no es nueva. Desde la teología clásica hasta la filosofía cartesiana, este loable propósito ha llegado hasta nuestros días, alentado por los datos aportados por la física cuántica. Pero Pascal, recordado ahora por el filósofo y politólogo, Pierre Manent, dijo en su momento que, sin ser falsas dichas pruebas, no transforman por si solas la vida del hombre.
Les confieso que, personalmente, me he visto tentado de aceptar las consideraciones lógicas y pragmáticas que muchas veces me he hecho respecto a lo que diré enseguida, quitándole riesgo al salto que siempre supone la vivencia de la virtud de la fe. Para ello voy a utilizar los razonamientos de lo que se ha venido en llamar la «apuesta de Pascal», que ha traído a la actualidad Manent.
Pascal no pretendió demostrar racionalmente que Dios existe mediante cálculos interesados, utilizados para solventar las dudas surgidas de la existencia de un Ser superior y creador. La certeza de su existencia no procede de la razón sino de la fe, sin perjuicio de que sí existan «motivos razonables de credibilidad». «Si Dios es infinito no podemos comprenderlo plenamente. Nuestra razón finita no puede abarcar un Ser infinito». «Por eso no puede determinar por sí sola qué sea Dios, cómo es Dios y decidir concluyentemente si existe o no».
La razón, por sí sola, no puede decidir entre las dos posibilidades: Dios existe o Dios no existe. Entonces la reacción «aparentemente prudente» del escéptico o del agnóstico, desde una posición racional y neutral es: «puesto que no puedo saberlo lo mejor y razonable es decir no tomo partido». Y a ello Pascal responde: «tiene usted que apostar; no es voluntario; está usted implicado. No cabe aquí una neutralidad práctica. Puede quedar en suspenso el juicio intelectual, pero no puede suspenderse indefinidamente la vida. Mientras pensamos, seguimos viviendo, seguimos optando por las diversas posibilidades que nos va ofreciendo la vida.» Y no puede uno organizarla de la misma manera si Dios existe, que si lo único que existe es lo que podemos ver y tocar y la vida finita es lo único que cuenta. Ello equivale a no creer en Él, vivir sin Él.
Pero la voluntad no puede permanecer inmóvil. Tiene que orientar la vida hacia algo. De ahí que, queramos o no, la decisión respecto a la disyuntiva que venimos planteando pasa de la razón a la voluntad, cosa que como veremos más adelante tiene mucho que ver con la estructura de la fe.
Si apostamos por Dios y Dios existe la ganancia es infinita, se gana todo: Se alcanza la vida eterna y la felicidad completa, el bien absoluto y la verdad y, en definitiva, todas las capacidades humanas dentro de la realidad del amor. Por otro lado, si resulta que estaba equivocado, ni me entero: sí, habré renunciado a determinados placeres, perdido ciertas oportunidades, tiempo y libertad, pero al sumirse en la nada, tampoco ha perdido demasiado. Pero la desproporción con la ganancia infinita, si se elige la opción contraria es tal que rompe cualquier clase de comparación porque ello solo es posible cuando los dos términos a comparar son finitos. «El infinito destruye el cálculo ordinario». «La regla de las partes sirve cuando todas las cantidades son finitas».
A medida que hemos ido desarrollando este razonamiento casi matemático, tan al uso en la época de la Ilustración, no hemos venido dando cuenta, también con Pascal, que esta caricatura utilitarista, pagando una especie de póliza religiosa, no funciona en materia de una fe verdadera en la que hay que darlo todo, saltando a la búsqueda incondicional de Dios y viviendo de forma coherente con esa búsqueda.
Dios es una persona que nos ha madrugado en esa relación amorosa porque nos ha querido desde toda la eternidad. Y ante eso no podemos permanecer indiferentes. Solo cabe la respuesta de nuestro amor por encima de todo calculo interesado.
Decíamos al principio de este artículo que el salto a la fe tiene mucho que ver con la voluntad. Se puede «querer creer», pero no creer porque se quiera. El paso final para tener fe solo puede ser fruto de la gracia. Dios es el absolutamente Otro. Aquel a Quién nadie ha visto y solo se ha hecho visible por medio de su Hijo encarnado. Como pregunta y responde Pieper: «¿Qué es lo que quiere el creyente en tanto que cree? Respondamos que quiere al garante, al testigo, a quién el creyente asiente o afirma, ama, en tanto en virtud de sus palabras tiene por verdadero lo que dice».
La apuesta de Pascal podría expresarse así: No sé con certeza si Dios existe. Pero no puedo detener mi vida mientas resuelvo el problema. Cada día estoy viviendo abierto a Dios o cerrado a Él. Mi vida terminará de todos modos. Si Dios no existe habré arriesgado una realidad; pero si existe está en juego un bien infinito. Por tanto, no es sensato ignorar esa posibilidad. Debo buscar a Dios seriamente y vivir de manera coherente con esa búsqueda. La apuesta es, por tanto, menos una prueba de la existencia de Dios que una prueba contra la indiferencia.
Federico Romero Hernández fue Secretario General del Ayuntamiento de Málaga y Profesor Titular de Derecho Administrativo de la Universidad.