Fundado en 1910

El padre Eustaquio van Lieshout

El beato Eustaquio van Lieshout, a quien sus superiores escondieron para que no siguiera haciendo milagros

Llegó a recibir 10.000 visitas diarias en su parroquia de un pequeño pueblo de Brasil, lo que alarmó a las autoridades civiles

En España no es todavía muy conocido, pero en Brasil, donde desempeñó su labor apostólica, fue –y sigue siendo– un auténtico fenómeno de masas. El beato Eustaquio van Lieshout murió hoy hace 83 años, el 30 de agosto de 1943. Y lo hizo tras contraer el tifus, del que se había contagiado apenas diez días antes cuidando a un enfermo.

Nació en Holanda el 3 de noviembre de 1890 y perteneció a la Congregación de los Sagrados Corazones de Jesús y María. Había venido al mundo, por tanto, un año después de que muriera otro coloso de la santidad de la misma congregación: San Damián de Molokai. Sin duda, el carisma, magnetismo y heroísmo del «apóstol de los leprosos» infundió en el joven Eustaquio unos deseos de entrega total a Dios a través del servicio a los más necesitados.

Se ordenó sacerdote en 1919 y fue destinado en 1925 a la misión en un poblado perdido en Brasil, Agua Suja, en el llamado Triángulo Minero, «lugar de muchas necesidades espirituales y materiales», según refieren sus biógrafos. En el país carioca trabajaría como misionero durante dieciocho años, hasta su muerte.

Volcado en sus feligreses

Se trataba de una parroquia donde la gente se dedicaba fundamentalmente a la búsqueda del oro en las orillas del río Bagagem. Dada la incertidumbre de los resultados de aquellos trabajos, la situación económica y social era difícil. «El P. Eustaquio se dedicó plenamente a sus feligreses y trató de atenderlos tanto física como espiritualmente. Su empeño por mejorar las condiciones humanas y religiosas de aquella población dio buenos frutos. Especial dedicación prestó siempre a los pobres y a los enfermos, produciéndose ya entonces algunas curaciones por su medio», detalla la biografía oficial del Vaticano.

El beato Eustaquio van Lieshout, con el hábito de su congregación

Aquí aparece un detalle sumamente peculiar en la vida del sacerdote de los Sagrados Corazones: a partir de 1937 su apostolado estuvo secundado con el don de curación por intercesión de san José. «Especialmente orientó esta actividad a fortalecer la fe del pueblo y a liberarla de la tendencia a la superstición», señalan sus biógrafos. «Es entonces cuando su fama comenzó a extenderse por el país y de todos lados comenzaron a llegar personas que querían verle y obtener por su medio el favor de la curación. La afluencia de la gente era cada vez mayor, llegando a pasar por Poá unas diez mil personas al día. Dadas las limitaciones de aquella parroquia para admitir tanta gente, la autoridad civil comenzó a intervenir y posteriormente los superiores se vieron obligados a trasladar al P. Eustaquio. Una vez recibida la orden de sus superiores, actuó prontamente y salió de Poá el 13 de mayo de 1941», agregan.

Todos le buscaban

«Los dos últimos años de su vida constituyeron una verdadera peregrinación. En todos los sitios a donde llegaba, incluso tratando de esconderse de la gente, había personas que lo buscaban para pedirle ayuda, consuelo y curación», constata el propio portal del Vaticano. «En Río de Janeiro permaneció unos quince días y también allí hubo grandes concentraciones de personas que lo buscaban. De nuevo fue trasladado, esta vez tratando de ocultar su destino. De hecho permaneció con otro nombre, P. José, en la Fazenda de Río Claro y allí se dedicó a la oración, a la lectura y también a atender a los ochocientos colonos de la factoría. Algunos obispos y sacerdotes, a pesar del carácter incógnito de este tiempo, le solicitaron bendiciones y oraciones para los enfermos, cosa que realizó con el permiso de sus superiores», señalan.

El sacerdote holandés Eustaquio van Lieshout (1890-1943)

Del 13 de octubre de 1941 al 14 de febrero de 1942 fue enviado a la localidad de Patrocinio. «Allí pudo ejercer de nuevo el apostolado en forma pública con algunas condiciones», observan. En cualquier caso, también allí, por su medio, hubo numerosas conversiones. Después fue trasladado a Ibiá, en Minas Gerais, como párroco una vez más, ya que parecía que la situación se había estabilizado. Después de tres meses en los que pudo ejercer serenamente su actividad parroquial, los superiores creyeron conveniente trasladarlo como párroco a Belo Horizonte, a la parroquia dedicada a los Sagrados Corazones. Allí permaneció desde el 7 de abril de 1942 hasta su muerte.

«Un santo»

Además de todas las actividades parroquiales ordinarias, cada día atendía a unas cuarenta personas en el confesionario, que llegaban a él tras hacerse con uno de los preciados vales que habían dispuesto los superiores para evitar concentraciones. Especialmente se ocupaba de las confesiones de los enfermos. Ante las peticiones de otras parroquias, acudía con presteza y escuchaba muchas confesiones. «Ciertamente, todos lo consideraban un verdadero misionero y un santo», resume el portal vaticano.

El 20 de agosto, atendiendo a un enfermo de tifus exantemático, él mismo contrajo la enfermedad. «En principio se le diagnosticó una pulmonía, pero después se constató que se trataba de esa grave enfermedad, que por entonces era incurable», señalan sus biógrafos. Consciente de la proximidad de su muerte y habiendo pronosticado él mismo que se produciría en pocos días, se preparó a ella con la oración y la recepción de los sacramentos. Los testigos afirman la gran fortaleza con la que afrontó aquella situación hasta el final. Sus últimas palabras, dirigidas al P. Gil, fueron: «Padre Gil, ¡Deo gratias!»; diciendo esto, expiró. Era el 30 de agosto de 1943.