«El Reino de Dios está cerca»… ¿Cuántos meses quedan para el fin del mundo?
Por encima de todo, centrémonos en vivir siempre como si el Reino de Dios estuviese cerca, al margen de que queden muchos años bajo los estrechos criterios temporales de los hombres, puesto que los tiempos del Señor prevalecen
«No sabéis ni el día ni la hora»
Proliferan teorías sobre que el fin de los tiempos –que no el fin del mundo– podría estar más cerca de lo que pensamos; aunque no podemos afirmarlo con rotundidad, puesto que «nadie conoce el día ni la hora. Ni los ángeles del cielo ni el Hijo; solamente el Padre» (Evangelio según san Marcos 13, 24-32).
Con independencia de si queda mucho o poco (en términos humanos), lo primordial es que acomodemos nuestros corazones e intelectos a los criterios temporales del Señor, en base a los cuales «el tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en el Evangelio». (Mc 1, 15).
En otras palabras, es legítimo que estemos advertidos de un posible advenimiento del fin de los tiempos que nos espolee al arrepentimiento y a intensificar nuestra oración, pero ello más orientado a que nos santifiquemos que a que nos quedemos instalados en el clamor de las alarmas (es decir, dejémonos de tanta «conspiranoia» y actuemos en consecuencia); y, por encima de todo, centrémonos en vivir siempre como si el Reino de Dios estuviese cerca, al margen de que queden muchos años bajo los estrechos criterios temporales de los hombres; puesto que los tiempos del Señor prevalecen.
También, hemos de entender que, además de una posible llegada del fin de los tiempos, «nadie conoce el día ni la hora» de su muerte, por lo que estamos llamados a vivir en Gracia de Dios en todo momento y circunstancia; con «el alma preparada para la venida del novio», tal y como puso por escrito Oscar Wilde en De profundis (su célebre carta de arrepentimiento y testimonio de conversión). En síntesis, grabemos con un cincel en nuestros corazones e intelectos las siguientes palabras de Jesús: «El Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en el Evangelio» (Mc 1, 15).
De hecho, recuerdo cuando un amigo licenciado en Psicología me comentó que le solía preguntar a sus pacientes que qué harían si les anunciasen que iban a morir en escasos días. El propósito de esta pregunta tan intrusiva era que reflexionasen sobre si estaban viviendo coherentemente con respecto al final de sus días. Con esto, pretendo alentaros a vosotros, mis venerables lectores, a que viváis en el «eterno presente» del Señor, véase en un presente más centrado en presenciar la vida eterna que en acumular tesoros que terminen siendo tragados por la tierra.
Es más, decidí formular la pregunta del párrafo anterior en un pequeño guateque (véase en «unas copas»). Todos los presentes eran católicos, pero alrededor del setenta por ciento no frecuentaba la Misa Dominical. Bien, pues todos ellos replicaron que se confesarían por si acaso, «por si las mocas». Ante tal contestación, les planteé que por qué no empezaban a vivir desde ese momento conforme a sus convicciones; unos me dieron la razón; otros enmudecieron con el rostro pensativo y circunspecto; y ninguno optó por contradecirme.
Circula por internet un archiconocido vídeo de Santa Teresa de Calcuta, en el que alguien le preguntó que qué podían hacer aquellos que estuviesen alejados del Señor para acercarse a Él. Su respuesta fue tan sucinta como meridiana: «Pray» («rezar»). En consecuencia, para aquellos que os encontréis asediados por las dudas, el desaliento o la tribulación, os animo a rezar; y a quienes no os encontréis «con los papeles en regla» por alguna situación personal (convivencia extramatrimonial, relación homosexual, divorcio, uso de profilácticos, etcétera), os insto a que, aún así, no dejéis de orar, véase de dialogar con Dios, de pedirle cosas a María Virgen y Madre, de rezar el Rosario, leer el Evangelio y el Catecismo, o/y de asistir a Misa los domingos (e incluso entre semana), aunque no podáis comulgar (huelga añadir que la Comunión Espiritual, también, goza de un valor incalculable); y, naturalmente, en el mejor de los casos, os animo a que os confeséis y a que peguéis un giro copernicano en vuestras vidas, con una ilusión inefable.
Por mucho que os pueda llegar a extrañar -e incluso a parecer incoherente- conozco algunos casos de personas que, a pesar de hallarse inmersos en una «situación irregular», rezan el Rosario y van a Misa casi todos los días. Así pues, no dejéis de hacer caso a Santa Teresa de Calcuta. Nunca dejéis de orar… Bajo ningún concepto…