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Mónica García presenta la campaña del Gobierno para promover el aborto

Mi nombre es Francisco Javier y soy sacerdote en Leganés. He escuchado sus declaraciones hablando de que no comprendía la pregunta de si un feto sufre en el aborto. Me ha sorprendido, usted que es anestesista, ¿no entiende el dolor?

Paso buena parte de mis días escuchando a personas. Le escribo desde el lugar donde uno aprende que el dolor no tiene color político: la conversación a solas, en voz baja y con lágrimas que no cesan de derramarse, cuando alguien por fin se atreve a decir lo que lleva años callando.

Hace unas semanas vino a verme una mujer que había abortado años atrás. Con el permiso de ella pongo las que fueron más o menos sus palabras: «Al entrar al hospital me crucé con una madre que llevaba en los brazos a su bebé que acababa de nacer, yo entraba para acabar con el mío. Pasé horas de contracciones sola en una habitación. Sentí sus últimos movimientos. Y sentí el momento en que dejó de moverse, después de la inyección. Ahora solo puedo llorar y llorar, nadie me comprende, me dicen que pase página». ¿Sabe qué, doña Mónica? Fue desgarrador escucharla decir entre llantos: «Me quiero morir. Me quiero morir. Me quiero morir».

Esa mujer no necesitaba a nadie que la culpara, señora ministra. Ya se culpaba sola. Todos los días. Tampoco necesitaba que alguien le dijera que aquello que sintió, a su bebé revolviéndose antes de morir, no había ocurrido. Cuando usted dice «no entiendo la pregunta», no protege a esa mujer. Ni a ninguna. La miente. La deja sola con una pregunta que ella sí entiende porque la lleva dentro como un desgarro. No es perverso plantear la pregunta de si el feto sufre, cosa que también usted ha dicho, lo que es perverso es no hablar a las mujeres de la verdad de lo que pasa y de lo que viene después.

Hay quien dice que el hecho de que el bebé se moviera no quiere decir que sintiera dolor. Usted debe conocer que cuando se opera a un feto dentro del útero a partir de la semana 20 se le administra analgesia para que no se mueva y para evitarle el dolor. Eso es buena medicina. ¿Qué cambia cuando ese mismo feto, con la misma edad y el mismo sistema nervioso, no va a ser operado sino abortado? ¿Cambia el feto, o cambia solo lo que han decidido hacer con él: curarle o abortarle? También sabe que a partir de la semana 22, los protocolos internacionales de obstetricia recomiendan provocar la muerte del feto con una inyección antes de inducir el parto. Se hace para evitar que nazca vivo. Le pido que se detenga un momento en esa frase: para evitar que nazca vivo. Si puede nacer vivo, ¿qué es lo que hay en ese vientre, ministra? ¿Y cómo puede ser perverso preguntarse si siente? Aun así, imagínese que la persona que está en el vientre materno no sufriera dolor, ¿justifica eso eliminarle? Tampoco una persona adulta sentiría dolor al morir si en un hospital se le pone una dosis adecuada de anestesia, ¿justificaría eso matarla?

Usted ha lanzado una campaña llamada «abortar sin barreras». Como si abortar fuera una silla de ruedas. Pero ante una sola pregunta levantó la barrera más alta que existe, la de la descalificación. Descalificó a la periodista, mujer por cierto, porque no quería responder. ¿Eso es el feminismo que escucha a la mujer? ¿O solo escucha a quién piensa como usted? La ideología, como las mentiras, ciega a quien la sigue y mata a quienes sufren las decisiones de esos que la siguen. En España son miles de bebés abortados y miles de madres muertas en vida a las que nadie ayuda. Unos y otras, víctimas de una ideología perversa que sabe mucho de gritar pero poco de compadecerse. ¿La misión de un médico no es curar antes que acabar con las vidas? ¿Su misión como ministra no es ayudar a esas mujeres a tener unas condiciones socioeconómicas mejores en vez de empujarlas a abortar?

Señora ministra, después de los abortos, esos que usted vende «sin barreras», yo he visto más lágrimas de las que son soportables. Muchas afirman haber experimentado el sufrimiento de sus hijos muertos. Precisamente por ellas y por esas mujeres la escribo. Porque el dolor que no se puede nombrar no desaparece. Se esconde, se enquista y vuelve años después en forma de insomnio, de pesadillas, de llanto sin control, de ansiedad o de una enorme depresión. Usted no entiende la pregunta, pero muchas mujeres lo hacen perfectamente.

No le estoy pidiendo que cambie de ideas políticas de la noche a la mañana. Lo que sí le pido es que sea honesta, que no se deje llevar por sus siglas políticas, su cartera de ministra y su sillón en el Congreso y que, al menos, entienda la pregunta.

Sinceramente, rezo por usted.

Otro cura más, escuchando lo que nadie quiere oír.