Niños y hoteles «only adults»: los efectos de ver a los niños como una amenaza social
Mientras crece el número de establecimientos «pet friendly», cada vez son más los que restringen la presencia de niños. Una decisión que introduce «una lógica social perversa», como alerta José Francisco Bronchalo, sacerdote, creador de contenido y escritor.
El número de establecimientos «sólo para adultos» no deja de crecer
Hay debate sobre el tema de los hoteles «adults only». ¿Hoteles «adults only», sí o no? Parece legítimo el argumento de que en la libertad de cada uno, puede hacer cada hotel lo que quiera. Pero detrás hay algo más: la infancia se vive como una categoría que se puede filtrar en Booking. Como quien decide tener el desayuno incluido o añadir una cama supletoria.
Es un patrón cultural. Una mentalidad que ya se ha instalado en muchas personas de nuestra sociedad: el niño como ruido, como interrupción, como algo que «arruina» la experiencia veraniega perfecta. Egoísmo maquillado de preferencia.
Una sociedad cada vez más parecida a la del Capitolio de Los Juegos del Hambre. Un mundo que empieza a diseñar espacios «sin niños» como sinónimo de calidad, está enseñando algo peligroso: que la infancia molesta porque degrada y arruina los lugares donde aparece. Y esa idea no se queda en el hotel, se filtra a la mirada. Se va extendiendo más allá. Y así va colonizando y configurando toda la sociedad.
Si el niño molesta en el hotel, ¿por qué no iba a molestar en el restaurante, en el avión, en el parque o en la iglesia? La lógica de la exclusión, una vez aceptada como normal, no tiene frontera natural donde detenerse. Hoy se filtra en el ocio, mañana se filtra en la vida cotidiana.
Llegará un día en que la misma ley que ampara los hoteles «adults only» obligará a todo establecimiento a dejar el paso a los perros. Tiempo al tiempo.
Quizás llegue el día también en el que los defensores de los «adults only» estén solos en la residencia de ancianos, con las manos agarradas a las ruedas de la silla, mirando por la ventana a ver si ese sábado alguien va a visitarlos. Es la misma lógica social.
Quizás llegue el día en el que los defensores de los «adults only» estén solos en la residencia de ancianos, con las manos agarradas a las ruedas de la silla, mirando por la ventana a ver si ese sábado alguien va a visitarlos. Es la misma lógica social.
Detrás de esta tendencia hay una idea de felicidad sin fricción, sin dependencia, sin nadie que te necesite. Es la misma mentalidad que empuja la natalidad a mínimos históricos: los hijos como amenaza al confort, como limitación a tu libertad individual, como obstáculo a tu desarrollo personal. Se elige excluir al niño, pero el niño no tiene la posibilidad de elegir ir a un hotel donde se prohíba la entrada a los adultos rancios.
No se trata de prohibir el silencio ni el descanso. Sí, hay niños maleducados cuyos padres deberían educarlos mejor. Eso es verdad. Pero una cosa es pedir educación y otra muy distinta es rechazar al niño en sí.
No convirtamos en virtud lo que en realidad es no querer saber nada de la fragilidad de otro. El niño no es un fallo del sistema. Es el sistema recordándonos que todos, en algún momento, fuimos esa fragilidad que ahora molesta.
En mi iglesia, cuando alguien se queja de que en misa los niños lloran o gritan, suelo responder: «Ya, y a mí me molestan las toses de los viejos». No responden. El ruido incómodo no es solo el del niño. Es el de cualquiera que nos recuerda que la vida, cuando es real, no viene silenciada. Lo que pasa es que solo nos atrevemos a señalar al más pequeño.
La libertad de elegir no anula la pregunta por lo que elegimos. Podemos permitirlo todo y aún así preguntarnos qué mundo estamos construyendo cada vez que excluimos al más débil «porque se puede» o «porque tengo derecho». La calidad humana de una sociedad se mide por cómo valora y trata a quien no puede defenderse.