Cuando un cura riojano explicó la misa en casi mil doscientos versos
Gonzalo de Berceo convirtió los gestos del altar en 297 estrofas llenas de humo, agua, vino y trigo
Gonzalo de Berceo
«De lo que diz, el pueblo no le entiende nada». La frase parece arrancada de una discusión contemporánea sobre la liturgia. Pero tiene ocho siglos. La escena que describe Gonzalo de Berceo es precisa: en una misa celebrada en latín, el sacerdote da la espalda al pueblo para volverse hacia el altar y comienza a rezar en voz baja; el pueblo deja de entender sus palabras y espera hasta que se gira de nuevo.
Berceo no se detiene a lamentarlo: quiere explicarlo. En la estrofa siguiente anuncia que va a desvelar «esta significancia». Ese propósito recorre las 297 estrofas del poema, casi mil doscientos versos.
Al poeta riojano se lo recuerda sobre todo por los Milagros de Nuestra Señora y por sus vidas de santos. Mucho menos se lee Del sacrificio de la misa, escrito en cuaderna vía, estrofas de cuatro versos con una sola rima. La obra sigue la celebración casi paso a paso: el Kyrie, las lecturas, el ofertorio, el canon y la comunión. Pero antes de llegar al altar cristiano, dedica sus primeras treinta y una estrofas al Templo, el velo y los sacrificios antiguos. Allí busca las imágenes con las que explicará la misa.
«Del sacrificio de la misa», obra menos conocida de Gonzalo de Berceo
Berceo sabía de qué hablaba. No era monje, sino clérigo secular: aparece como diácono en 1221 y como preste, es decir, sacerdote, en 1237. Fue además el primer poeta castellano de nombre conocido. Conocía desde dentro las palabras, los gestos y los silencios de la celebración.
Explicar la misa no fue una ocurrencia suya. Seis siglos antes, Isidoro de Sevilla había escrito un tratado que, según su editor, debió de titularse Liber de origine officiorum, algo así como El origen de los ritos y ministerios de la Iglesia. Su pregunta era de dónde procedían las cosas.
En el siglo IX, Amalario de Metz dio otro paso. La Escritura se leía en varios planos: la letra, la figura de Cristo, la enseñanza moral y el destino último. Amalario leyó del mismo modo los gestos y las palabras de la liturgia. Alfredo Simón lo resume en el prólogo a Los sentidos de la liturgia en Amalario de Metz, de Adolfo Ivorra: «Los sentidos de la Escritura tenían su equivalente en los sentidos de la liturgia». El propio Ivorra lo expresa con una imagen: «El Antiguo Testamento está 'vertido' en la liturgia». Berceo recibió esa tradición y la puso en verso castellano. La doctrina se volvió audible y memorable.
Un clero ignorante
No era solo una apuesta literaria. En 1228, Gregorio IX envió a los reinos hispánicos al legado Juan de Abbeville para aplicar las reformas del IV Concilio de Letrán. Encontró allí un clero en gran parte iletrado: explicar la liturgia era una necesidad pastoral, no un pasatiempo erudito.
El propio poeta presenta su enseñanza como una comida. Si el relato resulta sabroso, dice, quien lo escucha puede tomarlo como alimento y esperar la merienda. Al llegar al canon, anuncia que el sacerdote va «al meollo llegando». Explicar no significa rebajar lo difícil, sino entrar en su meollo.
Su instrumento es la alegoría. Para explicar ese momento, Berceo regresa al Templo: el sumo sacerdote entra una vez al año en el Sancta Sanctorum con tanto incienso que el humo oculta su cuerpo y sus vestiduras. Como aquel humo impedía verlo, ningún hombre puede comprender por completo el valor de la misa.
Otras imágenes son más domésticas. El vino representa a Dios y el agua al pueblo pecador; al mezclarse adquieren un solo sabor, como el hombre que se une a Dios. Los antiguos sacrificios, frente al misterio eucarístico, valen lo que el rastrojo frente al trigo. En Berceo, las imágenes no decoran el argumento: son el argumento.
Leído ocho siglos después, aquel «no le entiende nada» no resuelve nuestros debates ni demuestra que la misa medieval fuera incomprensible. Dice algo más sencillo: estar presente no es lo mismo que comprender. Berceo no explica para disipar el misterio, sino porque el misterio merece ser comprendido.
Claudio Campesato es sacerdote de la diócesis de Padua, Italia. Licenciado en Canto Gregoriano por el Pontificio Instituto de Música Sacra y en Sagrada Liturgia por el Pontificio Instituto Litúrgico de Sant’Anselmo.