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¿Existe una «vendimia del diablo»?

En Mateo, el diablo aparece como el enemigo que siembra cizaña en campo ajeno mientras todos duermen. No planta ni hace madurar el fruto: trabaja sobre un bien que no es suyo. No necesita arrancar una vocación; le basta con llenarla de amargura

Un hombre recoge los racimos de uva en su tractor

Un hombre recoge los racimos de uva en su tractorTONO BALAGUER

El 21 de septiembre, fiesta de san Mateo, el refranero español se asoma a las viñas: «Por San Mateo, la vendimia arreo». Arreo quiere decir de seguido, sin dejar un racimo para mañana. En Logroño, San Mateo es la fiesta de la vendimia. Pero el refranero guarda otro dicho, menos festivo: «Quien dándose al diablo cava su viña, el diablo se la vendimia». O sea, que el diablo también vendimia. Falta saber qué se lleva.

El diablo no tiene viña propia: vendimia la de otro, y solo cuando su dueño la cava dándose al diablo. No hay pacto: la expresión significa irritarse, desesperarse, echar pestes. La rabia pasa de la azada al racimo. También se pierde por descuido: «Viña sin guarda, vendimia hecha».

El refrán dice más de lo que parece. En Mateo, el diablo aparece como el enemigo que siembra cizaña en campo ajeno mientras todos duermen. No planta ni hace madurar el fruto: trabaja sobre un bien que no es suyo. No necesita arrancar una vocación; le basta con llenarla de amargura. Su vendimia consiste en quedarse con el fruto de algo que había empezado como don de Dios.

De ahí la vieja cautela cristiana frente al ocio, que nunca debería confundirse con el descanso. En Europa y fuera de ella, la fórmula salesiana se repitió durante generaciones en ambientes de formación religiosa: las vacaciones eran «la vendimia del diablo», frase atribuida a don Bosco. El tiempo que nadie guarda también produce algo, aunque no siempre en nuestro provecho.

Tampoco conviene leer el refranero con el ceño fruncido. «Uvas son de Dios regalo para el bueno y para el malo», dice, como si hubiera leído a san Mateo. Cervantes cuenta que Preciosa, mientras le llovían los cuartos, hizo «su agosto y su vendimia». Y el refrán largo advierte: «Agosto y vendimia no es cada día, y sí cada año; unos con ganancia y otros con daño». Saber recoger la ocasión también es una virtud.

Porque hay algo más triste que la vendimia del diablo: que pase la estación y no se haya recogido nada. Jeremías lo puso en boca de su pueblo: «Pasó la cosecha, se acabó el verano, pero nosotros no estamos a salvo» (Jr 8,20). El profeta no nombra a ningún enemigo: le basta el calendario.

La víspera de san Mateo, que este año ha caído en domingo, la misa pone delante otra viña en una parábola que solo cuenta Mateo. El dueño sale a contratar jornaleros al amanecer, y vuelve a salir a media mañana, a mediodía, a media tarde y al caer la tarde: sale arreo. A última hora encuentra a unos hombres parados en la plaza. Parecen ociosos, pero no por gusto: «Nadie nos ha contratado». Los manda a la viña y les paga como a los primeros. Para el dueño, ni la última hora está perdida.

Y son precisamente los primeros, con su denario entero en la mano, los que, dicho con el refranero, acaban dándose al diablo: han soportado el peso del día y el bochorno, y ahora el resentimiento amenaza con llevarse la alegría de la jornada. Aun así, el dueño llama «amigo» a uno de ellos. El diablo intenta vendimiar lo que no ha cultivado; Dios no se resigna a perder lo que ha plantado.

El refranero deja la cuenta abierta: «Hasta lavar los cestos, todo es vendimia». La vendimia llega de todos modos. La cuestión es quién recoge lo que dejamos madurar. Mientras el dueño siga saliendo a la plaza, todavía estamos a tiempo de entrar en la viña.

Claudio Campesato es sacerdote de la diócesis de Padua, Italia. Licenciado en Canto Gregoriano por el Pontificio Instituto de Música Sacra y en Sagrada Liturgia por el Pontificio Instituto Litúrgico de Sant’Anselmo.

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