¿Cómo se aprendían de memoria 3.000 piezas de gregoriano?
Había que llamar a cantores de otras abadías; y de viaje en viaje, de garganta en garganta, algo se perdía y algo se añadía, y cada iglesia acababa cantando con rasgos propios. Hacia el año 900, un maestro lo confesaba por escrito: este sistema es demasiado impreciso
Un monje redacta en un antiguo libro
Hoy, quien quiere aprender música va al conservatorio. Allí le enseñan a leer las notas y su tiempo: el solfeo. ¿Y hace mil años? Imagine a un niño de diez años ante la tarea de su vida: aprender los cantos de la Iglesia. Casi tres mil piezas, porque casi cada día del año litúrgico tenía los suyos, para la misa y para las horas. Más los ciento cincuenta salmos, enteros, de memoria. Nosotros, que apenas retenemos tres números de teléfono, palidecemos. Él no: no conocía otro modo. Un magister cantaba; los niños escuchaban y repetían, día tras día, durante unos diez años, hasta que todo quedaba impreso.
Aquella memoria no era fuerza bruta. En las últimas décadas, los estudiosos han mostrado que el repertorio mismo está construido como un arte de la memoria: fórmulas melódicas que vuelven de canto en canto; los modos, ocho «colores sonoros» que ordenaban el archivo mental, ocho para la teoría y muchos más matices para el oído; e incluso piezas compuestas a propósito para enseñar a reconocerlos. El canto llevaba dentro su propio método.
¿Y los pergaminos? Al principio no existían. Cuando aparecen los primeros signos musicales, hacia el siglo IX, no son partituras: son trazos «en campo abierto», acentos que suben y bajan sin indicar notas precisas. Una estenografía para quien ya sabía. El libro del cantor solista, el cantatorium, lo dice todo con un gesto: lo llevaba cerrado al subir al ambón. No era su partitura; era su insignia.
Una revolución
Un sistema así tenía un precio. Para aprender cantos nuevos había que llamar a cantores de otras abadías; y de viaje en viaje, de garganta en garganta, algo se perdía y algo se añadía, y cada iglesia acababa cantando con rasgos propios. Hacia el año 900, un maestro lo confesaba por escrito: este sistema es demasiado impreciso; hay que encontrar el modo de fijar los intervalos. La solución tardó siglo y medio en madurar: primero una línea trazada sobre el pergamino, luego dos, hasta que, en el siglo XI, el sistema de líneas culminó en cuatro, el tetragrama, suficientes para dar a cada signo una altura exacta.
Parece un detalle técnico. Fue una revolución. Ya no hacía falta llamar al cantor: bastaba enviar el libro. Ya no diez años de escucha: unos pocos, aprendiendo a leer. Por primera vez, una melodía podía viajar más exacta que la memoria de un hombre.
Y sin embargo, la precisión tuvo su precio. Los viejos trazos «en campo abierto» no decían las notas exactas, pero sabían pintar el gesto de la voz: lo rápido y lo amplio, el aliento, el arte de plegarse sobre la palabra. Las cuatro líneas fijaron las alturas, y algo de aquella finura se quedó por el camino: se perdió del libro, no de la cabeza del maestro. Por eso el gregoriano sigue siendo un canto que se aprende del oído más que del ojo, del coro más que del libro. Mil años después, así se aprende todavía.
Claudio Campesato es sacerdote de la diócesis de Padua, Italia. Licenciado en Canto Gregoriano por el Pontificio Instituto de Música Sacra y en Sagrada Liturgia por el Pontificio Instituto Litúrgico de Sant’Anselmo.