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¿Comunión en la boca o en la mano? Los mundos del catolicismo francés durante la visita de León XIV

Lo que desde fuera se presenta a veces como una renovación católica única y homogénea —o, por utilizar una palabra cada vez más frecuente en la prensa francesa, como un fenómeno identitario y políticamente situado en la «ultraderecha»— engloba, en realidad, varias renovaciones que avanzan en paralelo

Dos niños aguardan al Papa León XIV en el santuario de Lourdes

Dos niños aguardan al Papa León XIV en el santuario de LourdesZUMA vía Europa Press

Durante la comunión, mientras quienes me rodean cierran los ojos y rezan, yo termino muchas veces mirando la fila que se forma ante el altar.

Como suelo sentarme en los primeros bancos, me distraigo observando esos pequeños gestos que se pierden desde el fondo de la iglesia. ¿Se arrodillará? ¿Recibirá la Eucaristía en la mano? ¿Dirá «Amén»? Es uno de esos hábitos que he ido adquiriendo como investigadora.

Durante meses convertí uno de esos gestos en una especie de atajo sociológico. Cuando veía a un joven arrodillarse y comulgar en la boca, pensaba inmediatamente: «Tradicionalista».

La asociación parecía evidente. Ese modo de recibir la comunión pertenecía, para muchos, al universo del Vetus Ordo, a peregrinaciones como la de Chartres y a unas redes tradicionalistas especialmente densas y visibles en Francia.

Hasta que empecé a verlo en todas partes.

Entre jóvenes de comunidades carismáticas, entre conversos que nunca habían asistido a una misa en latín y entre adolescentes que se arrodillaban y recibían la comunión en la boca mientras sus padres, justo a su lado, la recibían en la mano. Lo que al principio me había parecido el código de una subcultura católica concreta empezaba a adquirir un carácter generacional.

Mis entrevistas reforzaron esa impresión: arrodillarse y comulgar en la boca no correspondía necesariamente con identificarse como tradicionalista, pero sí aparecía cada vez con más frecuencia entre jóvenes de procedencias eclesiales muy distintas.

No estoy diciendo que esa manera de comulgar vuelva a nadie más santo. Pero que padres e hijos puedan acudir a la misma misa y acercarse al altar de manera distinta resulta revelador: sugiere una diferencia elegida.

Y quizá ahí resida una de las claves del giro del catolicismo francés entre los jóvenes: no solo en las cifras, sino también en la circulación de prácticas y sensibilidades entre mundos católicos antes más separados.

(Foto de ARCHIVO)
El Papa bendice a una niña

Vatican Media / Zuma Press / Europa Press  / EUROPA PRESS
26/7/2026

El Papa bendice a una niñaVatican Media / Zuma Press / Europa Press / EUROPA PRESS

La visita papal hizo esa pluralidad en suelo galo especialmente visible. Desde lejos, podía parecer una sola multitud de católicos. De cerca, eran varios mundos coincidiendo en un mismo espacio.

Y la palabra que mejor los unió fue precisamente una a la que León XIV volvió una y otra vez durante el fin de semana: el compromiso.

Varios mundos católicos en un mismo estadio

La primera mitad de la vigilia de oración con los jóvenes en el Stade de France pertenecía claramente al registro carismático contemporáneo, casi un Hakuna a la francesa: sonó «Comment ne pas te louer», una canción muy popular en redes sociales, junto a otros cantos de alabanza, y jóvenes que hablaban abiertamente del encuentro con Cristo.

Pero la noche no se quedó ahí.

Poco a poco cambió la estética. Los testimonios dieron paso a una letanía de los santos de Francia, la Santa Túnica de Cristo, y la memoria católica y monárquica francesa. Emergió otro imaginario, más arraigado en la continuidad de la «hija primogénita de la Iglesia». Mi primera impresión coincidió con la de varios de mis entrevistados: el « Puy du Fou» había llegado, de algún modo, al Stade de France.

Para un lector español, el Puy du Fou es mucho más que un parque temático. Sus grandes espectáculos históricos han convertido una determinada visión de Francia —cristianismo, monarquía, sacrificio, martirio, continuidad histórica— en una forma de cultura popular de enorme éxito. Sus detractores la califican a menudo de reaccionaria, identitaria e incluso de ultraderecha, pero su fuerza emocional resulta difícil de negar: la recreación de ese imaginario en el Stade de France llegó incluso a conmover al propio Pontífice.

Y ahí estaba precisamente lo más revelador de la vigilia: ese lenguaje histórico convivía, en la misma noche, con la alabanza carismática.

Dos sacerdotes, durante la visita de León XIV a Lourdes

Dos sacerdotes, durante la visita de León XIV a LourdesZUMA vía Europa Press

El viernes 25 de septiembre, el universo de la Comunidad del Emmanuel coexiste con Chartres; el pop con el gregoriano. La vigilia no trató de borrar sus diferencias, sino de hacerlas convivir. Y en los últimos minutos, los 80.000 jóvenes terminaron unidos en un mismo canto a la Virgen.

La misa del día siguiente prolongó esa misma lógica.

Era, sin duda, una gran celebración papal según el rito de Pablo VI, pero el latín siguió ocupando un lugar visible en momentos importantes: el Gloria, el Pater noster y la bendición final. Que haya latín en una misa papal no tiene nada de extraordinario, y sería simplista interpretarlo como una concesión a las fraternidades tradicionalistas.

Pero en Francia adquiere una resonancia particular.

Las fraternidades tradicionalistas existen también en España y en muchos otros países. Sin embargo, Francia sigue siendo uno de los principales centros intelectuales, institucionales y sociales del tradicionalismo católico. Allí existen redes familiares y parroquiales que se remontan a las primeras décadas de recuperación de la liturgia tradicional. Además, entre los jóvenes, ese mundo puede adquirir también una dimensión política especialmente marcada.

La Fraternidad San Pío X nació en el mundo católico francés, y la resistencia de Marcel Lefebvre al orden posconciliar acabó provocando una crisis eclesial cuyas consecuencias desbordaron ampliamente las fronteras francesas. Las cuestiones en torno a la tradición y al Vetus Ordo pasaron a ocupar el centro de debates que todavía hoy atraviesan a la Iglesia. En cierto sentido, en el país de la Revolución, la contrarrevolución terminó convirtiéndose también en una forma de revolución.

Otras fraternidades vinculadas a la liturgia tradicional mantienen igualmente una fuerte implantación en Francia. La Fraternidad Sacerdotal San Pedro, aunque fundada en Suiza en 1988, comenzó su apostolado en Francia apenas unos meses después y desarrolló rápidamente una importante red en el país. Cada año, la peregrinación de Chartres se ha convertido, además, en una de las manifestaciones más visibles del tradicionalismo católico joven, acompañada por una densa red de peregrinaciones regionales, asociaciones y comunidades que otorga a este mundo una profundidad social difícil de percibir desde fuera.

Eso no significa que León XIV celebrara una misa «para tradicionalistas», ni que la presencia del latín pueda interpretarse simplemente como una concesión a ellos.

Lo revelador es algo más sutil. En un país donde el tradicionalismo conserva un peso particularmente visible y estructura comunidades intensas, con sus propios espacios de sociabilidad, la liturgia papal no ignoró elementos capaces de resonar con ese mundo. Sin adoptar plenamente ninguno de esos registros, dejó espacio para que sensibilidades muy distintas pudieran reconocerse en la misma celebración.

La propia estructura de la misa reflejaba, por tanto, algo muy real sobre el catolicismo que León XIV había venido a encontrar en el Hexágono: plural, intenso, y comprometido.

La diversidad católica no es, por supuesto, una particularidad francesa. España tiene Opus Dei, Effetá, Hakuna, fraternidades tradicionalistas y otras sensibilidades muy distintas. Pero lo que me llama la atención al comparar ambos países es que, en España, esas fronteras parecen a menudo más porosas: un católico del Opus Dei, o incluso de sensibilidad tradicionalista, puede sentirse cómodo en un concierto de Hakuna.

En Francia, en cambio, las distintas sensibilidades católicas tienden a cristalizar en redes sociales más autónomas, y sus divisiones adquieren a menudo una dimensión política. El mundo tradicionalista, el carismático, el catolicismo ecologista o incluso ciertas corrientes de «anarchistes chrétiens» no solo se comprometen de maneras distintas; muchas veces se mueven en universos católicos propios, hasta el punto de que sus miembros apenas entran en contacto entre sí y, en ocasiones, miran con recelo a los otros.

Lo gracioso es que, para resumir lo que llevo años observando en Francia, me viene a la mente una frase de un vídeo de la familia Caño que se hizo viral en España: «Dos líneas paralelas que nunca se han cruzado».

Compromiso, no nostalgia

En un solo fin de semana se podía pasar de la alabanza contemporánea a Juana de Arco a caballo; del testimonio de jóvenes en las periferias populares de París a pancartas reclamando un mayor papel para las mujeres en la Iglesia.

Lo que desde fuera se presenta a veces como una renovación católica única y homogénea —o, por utilizar una palabra cada vez más frecuente en la prensa francesa, como un fenómeno identitario y políticamente situado en la «ultraderecha»— engloba, en realidad, varias renovaciones que avanzan en paralelo. Lejos de ser una incoherencia, esa mezcla quizá sea una de las características más propias del catolicismo francés contemporáneo.

Esa diversidad explica también por qué la actual renovación católica no puede interpretarse simplemente como nostalgia. Sí, los santos del país galo y la memoria histórica importan a muchos jóvenes católicos franceses. Pero el mensaje de León XIV no fue una invitación a refugiarse en el pasado.

Fue una llamada a actuar en el presente.

Su insistencia en unir oración y servicio, adoración y acción, sugería que la identidad católica sólo cobra sentido cuando se traduce en una manera concreta de estar en el mundo.

Es algo que encuentro constantemente en mis entrevistas. Para muchos jóvenes, aunque el catolicismo francés sea numéricamente mucho más débil que en el pasado, la religión ya no puede recibirse de forma pasiva. Permanecer católico y, aún más, convertirse, implica elegir: una comunidad, una forma de vivir y una manera de pensar la política.

Por eso «compromiso» puede ser una de las palabras más útiles para entender tanto lo que está ocurriendo entre los jóvenes en Francia como la reciente visita del Papa.

León XIV no hizo desaparecer las diferencias entre esos universos católicos. La importancia de su visita estuvo precisamente en que, durante unos días, todos esos mundos pudieron reconocerse dentro de una misma Iglesia, mostrando que la intensidad del compromiso no tiene por qué traducirse en fronteras más rígidas entre ellos.

Maria-Katrina Cortez es doctoranda en Ciencias Políticas en Sciences Po París

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