La trampa de la espiritualidad autoreferencial: cómo las peregrinaciones pasaron de adorar a Dios a convertirse en una terapia para el propio «yo»
Cuando dejamos de sentir apego hacia algo más grande que nosotros mismos, damos por sentadas las condiciones y las creencias que levantaron las instituciones y monumentos que aún admiramos
Cientos de peregrinos de camino hacia Covadonga
Mis pies se arrastraban por la irregular grava, y cada paso me torturaba con una agonía insoportable. Llevábamos ya 90 kilómetros recorridos en tres días, y apenas nos quedaban tres para llegar a la Basílica de Santa María la Real de Covadonga. Por un instante, pude vislumbrar la Batalla de Covadonga del año 722. Cuando Don Pelayo y sus guerreros oyeron el lejano sonido del enemigo, no se acobardaron. «Si ellos no hubieran ascendido esta montaña,» pensé, «una de las batallas más decisivas de la historia cristiana y española jamás habría tenido lugar».
Debo admitir, por mucho que la cruzada latente en mi interior deseara lo contrario, que no me encontraba en una batalla real, sino en una peregrinación católica tradicionalista. El espíritu infatigable de los peregrinos era, sencillamente, admirable. Nos adentramos en la basílica con la máxima reverencia.
Una a una las mujeres se cubrieron con sus mantillas e incluso quienes tenían las rodillas más maltrechas por la travesía se postraron para orar. La basílica es un espacio sagrado, y respetarla era infinitamente más importante que la agotada rigidez de nuestras piernas. Días después, un germen de culpa católica me convenció de que mi sufrimiento había sido insuficiente, así que decidí recorrer el Camino Primitivo. Esta vez, sin embargo, el dolor que me atravesó no fue físico.
Lo que experimenté no solo puso en evidencia el problema de reducir el cristianismo a simples costumbres o a algo tan superficial como una experiencia turística, sino que también me obligó a sacudirme de encima la inmensa influencia que la tecnología ejerce sobre nuestra manera de relacionarnos con lo sagrado.
Dos peregrinaciones, dos maneras de mirar
Muchos turistas-peregrinos recorren el Camino de Santiago por «razones espirituales,» para «encontrarse a sí mismos». Aunque el Camino es históricamente cristiano, hoy lo «espiritual» puede abarcar desde la busqueda de autoconocimiento hasta formas de espiritualidad vinculadas a la astrología o a los cristales. Es comprensible. Lo admitan o no, estos buscadores reconocen implícitamente que el mundo moderno los ha dejado con un vacío que buscan llenar. ¿Y quién soy yo para juzgarlos? Quizás, para algunos, ese Camino sea precisamente la puerta de entrada hacia el catolicismo.
Es digno de admiración que algunos encuentren en el Camino una manera de superar dificultades personales. Sin embargo, esta forma de peregrinación puede terminar reforzando el mismo individualismo moderno del que pretende escapar. Algunos peregrinos me comentaron que hacer el Camino podría incluso mejorar sus perspectivas laborales, porque ciertos empleadores valoraban el codiciado certificado del peregrino. Muchos me confesaron que la experiencia no había despertado en ellos un renovado interés por la Iglesia ni por la historia de España.
Algunos, incluso, despreciaban abiertamente la fe católica. Como ha señalado Jeremy Wayne Tate, «el hombre moderno está irremediablemente enamorado de la belleza de lo que construyó el mundo antiguo, pero desprecia las creencias que lo inspiraron a construirlo». Cuando dejamos de sentir apego hacia algo más grande que nosotros mismos, damos por sentadas las condiciones y las creencias que levantaron las instituciones y monumentos que aún admiramos. Justo antes de la Misa del Peregrino en Santiago, el personal de seguridad exigió silencio, pero muchos de los presentes siguieron conversando.
Escuché de pasada a dos peregrinos que confesaban estar «colocados todavía». Durante la santa misa, algunos deslizaban los dedos por las pantallas de sus teléfonos. No pretendo meter a todos estos peregrinos en el mismo saco. La diferencia, por supuesto, no reside en el dónde, Covadonga o Santiago, ni tampoco en una división entre tradicionalistas y el resto. Lo que me interesaba eran las distintas maneras de relacionarse con lo sagrado que había observado en aquellos dos grupos de peregrinos. A los tradicionalistas se nos acusa de subirnos a un pedestal, de convertirnos en los mismos fariseos a los que Cristo reprendió, de creernos superiores, no solo a otros católicos sino a todo el mundo, por nuestra forma de relacionarnos con nuestra fe.
Y, sin embargo, ¿no es acaso esa forma la que a los tradicionalistas nos resulta esencial para moldear el espíritu? Para algunos de aquellos peregrinos, el Camino había dejado de presentarse como un sacrificio o como una vía para comprender la insignificancia del hombre frente a algo que lo trasciende, frente a la Eucaristía. Se había convertido, por el contrario, en una experiencia cada vez más centrada en el propio yo. Fue esa transformación, más que cualquier otra cosa, la que me llevó a releer la obra de un filósofo alemán cuya crítica a la técnica moderna describe, con una precisión incómoda, exactamente esta forma de relacionarnos con el mundo.
Heidegger ante lo sagrado
En Die Frage nach der Technik («La pregunta por la técnica»), Martin Heidegger sostiene que la tecnología no es simplemente un conjunto de herramientas, sino una forma de relacionarnos con el mundo y de comprenderlo. La tecnología moderna nos empuja a contemplar cuanto nos rodea en función de su utilidad: la naturaleza deja de revelarse como algo dotado de significado intrínseco y pasa a convertirse en un recurso disponible. Heidegger llama Gestell (o encuadramiento) a esta lógica que reduce el mundo a aquello que puede ser utilizado, explotado o almacenado.
Lo que queda atrapado en ella se transforma en Bestand: una especie de «reserva disponible», siempre preparada para satisfacer nuestras necesidades. Esta lógica no se limita a la naturaleza. También puede transformar nuestra relación con el arte, la arquitectura y lo sagrado. Una catedral, concebida originalmente como un espacio capaz de revelar una verdad trascendente, puede terminar reducida a una simple atracción turística: algo que fotografiar, consumir y olvidar en un cajón, junto con otras experiencias pasajeras.
En el Camino de Santiago, algunos turistas-peregrinos lograban desconectarse de la tecnología mientras recorrían los senderos. Pero al llegar a la Catedral de Santiago, la tecnología reaparecía con fuerza, casi con rabia. Una ironía. Precisamente allí donde más cabría esperar un encuentro con lo sagrado, ¿verdad? En lugar de admirar la complejidad de los altísimos arbotantes góticos o la luz que atraviesa las vidrieras, muchos parecían más preocupados por anunciarlo al mundo a través de sus redes sociales: su atención no estaba puesta en la catedral, sino en perfeccionar su propia imagen: encontrar el ángulo exacto, el gesto adecuado, incluso asegurarse de que la cámara grabe la solemnidad calculada del viajero reflexivo.
Peregrinos realizando el Camino de Santiago
Fijaos: ni siquiera los católicos practicantes estamos a salvo de esta trampa. En lugar de preguntarnos qué verdad puede revelarnos una catedral o un paisaje, corremos el riesgo de limitarnos a almacenar imágenes para presumir de haber estado allí. Más allá de eso, me atrevería a afirmar que la tecnología moderna ha transformado el concepto mismo de peregrinación. Saber que podemos coger un autobús y repetir la experiencia cuando queramos modifica inevitablemente nuestra relación con el viaje. Durante siglos, llegar a Santiago podía exigir meses de camino. Hoy, la accesibilidad convierte fácilmente estos lugares en experiencias intercambiables: «esta catedral es impresionante, pero mañana puedo visitar otra».
En El origen de la obra de arte (1950), Heidegger sostiene, asimismo, que el arte y la arquitectura pueden revelar una verdad que excede su propia materialidad. Una catedral no es simplemente una acumulación de piedra, sino la manifestación de una determinada manera de ver el mundo, lo sagrado y el lugar que ocupa el hombre en ambos. El problema de vivir en esta era de maravillas tecnológicas es que nuestra capacidad de asombro y contemplación parece haberse atrofiado. Si hubiéramos nacido siglos atrás y hubiésemos llegado por primera vez a la Catedral de Santiago tras cruzar ríos, bosques y montañas, no habríamos sacado nuestros teléfonos. Nos habríamos enfrentado, sin distracciones, a la inmensidad de la naturaleza y de la obra humana. No habríamos tenido otra opción que reflexionar sobre nuestro lugar en ella. Eso es precisamente lo que hemos perdido.
Recuperar lo sagrado
Si realmente queremos escapar, aunque sea parcialmente, del encuadramiento del que habla Heidegger, debemos reorientar nuestra relación con el mundo y con lo espiritual. Las formas premodernas de la arquitectura no solo poseen una belleza incuestionable, sino que pueden desempeñar un papel en la transmisión de la fe: el arte ha sido históricamente una forma de evangelización a través de la belleza. Quizás la catedral aún conserve el poder de revelar una chispa de verdad que todos, a menudo sin saberlo, continuamos buscando. Hay motivos para la esperanza. Al mismo tiempo que aumenta el número de peregrinos del Camino, también crece el número de jóvenes que se convierten al catolicismo.
Algunas de las personas más devotas que conocí en Covadonga eran, precisamente, conversas. Por supuesto, siguen siendo una minoría frente a la multitud de personas que se consideran «espirituales, pero no religiosas.» Pero no podemos olvidar que, durante dos mil años, el impacto del cristianismo en el mundo nunca se ha medido únicamente en cifras, sino también en la intensidad y fidelidad de quienes creen, incluso en los lugares y momentos históricos en los que han sido minoría. Los peregrinos que encontré en Covadonga lograban, quizá sin proponérselo, alejarse parcialmente de la lógica del encuadramiento. Su fe y sus prácticas—arrodillarse, guardar silencio, reconocer la santidad de un espacio, poner la Eucaristía en el centro del camino — orientaban su atención hacia algo que existe independientemente de ellos mismos.
Y quizás ahí resida una posible respuesta a Heidegger. Frente a un mundo que nos invita constantemente a consumir, fotografiar, utilizar, y dar todo por sentado, una práctica regular y una fe vivida nos obligan a hacer exactamente lo contrario: detenernos, reflexionar y reconocer que no todo existe para nuestra conveniencia. Los peregrinos y voluntarios tradicionalistas de Covadonga eran una minoría. Pero, desde sus orígenes, la fe cristiana ha sido sostenida precisamente por minorías capaces de permanecer fieles cuando hacerlo resultaba incómodo, o incluso peligroso.
Ha llegado el momento de seguir su ejemplo: resistir no exige necesariamente rechazar la tecnología ni huir de la modernidad, pero sí recordar que hay realidades que no están a nuestra disposición. Reconocer sus límites es, en última instancia, una exigencia profundamente cristiana. Tal vez por eso, cada 8 de septiembre, Covadonga nos recuerda que aquel lugar no pertenece únicamente a la historia. En estos tiempos de incertidumbre, todos podemos centrar nuestra mirada en los pies de la Santina, no como turistas que frivolizan las basílicas, las peregrinaciones y la naturaleza española, sino como hijos de Dios capaces de recordar que la fe de unos pocos puede mantener viva una esperanza que parecía perdida.