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La sabiduría de 'Widow’s Bay'

Nosotros no compramos nuestra entrada en el Cielo con la Sangre de Cristo. Pensar así reduciría el Cristianismo a una religión pagana, en la que los creyentes apaciguan a terroríficas divinidades ofreciendo a una doncella virgen cada primavera. La Salvación no se compra

El reparto de «La maldición de Widow's Bay», ganador del Emmy a mejor serie de comediaAFP

El pasado 14 de septiembre, Widow’s Bay se convirtió en una de las series más galardonadas de la historia, conquistando 14 premios Emmy, de las 19 nominaciones que había recibido. Casi nada. La serie ofrece terror y humor negro a partes iguales, y yo no había oído hablar de ella hasta lo de los Emmy. Me ha gustado, y creo que se le puede sacar mucho jugo, pero para ello tengo que revelar detalles importantes del argumento; así que, spoiler ahead.

La serie tiene lugar en una isla imaginaria en la que se ha cebado la mala suerte: desapariciones, asesinos en serie… y todo porque, en 1700, el primer alcalde hizo un pacto «con la isla» para asegurar la supervivencia de sus habitantes, que estaban a punto de morir de hambre. La gente sobrevivió, sí, pero el acuerdo incluía sacrificios humanos.

Para acabar con el maleficio, el alcalde actual decide matar al último descendiente del aquel primer alcalde, que resulta ser una adorable ancianita. El protagonista trata de convencerla de que es mejor que muera un solo inocente para que todos los demás se salven, pero cuando está a punto de asfixiarla, la abuela revela que tiene un nieto secreto, así que ella no es la última descendiente de aquel alcalde maldito.

Los sacrificios que pide la isla y el intento del alcalde de justificar el asesinato de la ancianita recuerdan a una conocida historia de Ursula K Leguin en la que la felicidad de una ciudad maravillosa está asegurada mágicamente por el encierro de un niño pequeño en una mazmorra en la que permanece hambriento y desvalido. Todos los habitantes de la ciudad saben que el encierro del niño es injusto, y todos saben que también es absolutamente necesario para salvaguardar el bienestar de la mayoría.

Un argumento utilitarista

La historia es paradigma del argumento utilitarista: ninguna acción es buena o mala en sí, sino que lo es dependiendo de si las consecuencias de esa acción producen más placer que dolor en general, no solo para quien realiza la acción. La toma de decisiones se convierte así en un puro cálculo matemático, donde a los efectos de nuestras acciones, futuras o pasadas, se les asigna un valor numérico, positivo o negativo. El balance resultante nos indicará la decisión éticamente correcta.

Un ejemplo clásico fue la decisión de arrojar la bomba atómica sobre Hiroshima y Nagasaki porque, efectivamente, después del primer hongo nuclear se acabó la guerra y se salvaron las vidas de miles de soldados americanos y japoneses, que habrían muerto si Estados Unidos hubiera invadido Japón por tierra. Otro ejemplo, más cercano e igual de real, es el de torturar a un terrorista para que nos dé información sobre otros terroristas, pues cualquier cantidad de dolor que podamos infringirle al terrorista será necesariamente menor que la cantidad de placer que conseguiremos al frustrar el próximo atentado. Lo que ocurre es que, si el terrorista resistiera la tortura, ¿qué nos impediría torturar a la hija pequeña del terrorista, a la vista de aquél, para hacerle confesar? Al fin y al cabo, el dolor de la hija será igualmente menor que el dolor que vamos a evitar con la confesión de su padre.

Y nostros, los cristianos, ¿somos utilitaristas?, porque toda nuestra fe se basa en que era mejor que un solo hombre padeciera, para que todos los demás disfrutáramos de la vida eterna. ¿Es Jesucristo el niño de Ursula K Leguin? Claro que no. Me parece que fue el buen Papa Benedicto quien aclaró que en el sacrificio de Jesús no debemos ver sin más un quid pro quo. No hay ningún cálculo o automatismo en su muerte en la cruz. Los hombres no obligamos a Dios a perdonarnos, sacrificando a un inocente. Dios se reconcilió con nosotros porque le dio la real gana, y enviar a la muerte a su único Hijo fue la manera más gráfica posible de mostrarnos cuánto nos amaba.

Los sacrificios humanos que exige la tétrica isla de Widow’s Bay son, básicamente, el precio de la supervivencia del resto de los vecinos de la isla. Sin embargo, nosotros no compramos nuestra entrada en el Cielo con la Sangre de Cristo. Pensar así reduciría el Cristianismo a una religión pagana, en la que los creyentes apaciguan a terroríficas divinidades ofreciendo a una doncella virgen cada primavera. La Salvación no se compra. La Salvación es un regalo gratuito, pero nuestra fe y nuestras buenas obras son la prueba de que aceptamos ese regalo; y la fe y la voluntad de hacer el bien son asimismo obra de la Gracia.

Nicolás Zambrana Tévar es Máster en Derecho Comercial Internacional por la London School of Economics y Doctor en Derecho por la Universidad de Navarra. Ha sido abogado y ahora es profesor de Derecho y ética en KIMEP University (Almaty, Kazajistán). También ha sido profesor invitado en varias universidades de Europa, Asia e Hispanoamérica. Es autor de 'El beso del lanzador de cuchillos' (Rialp) y 'La fiesta de la democracia' (Mediasonrisa).