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¿Por qué prohibió santa Clara de Asís cantar a sus monjas?

No solamente renunciar a tierras, dinero o seguridades, sino también a apropiarse de aquello que uno posee casi sin darse cuenta: una capacidad, una habilidad, incluso una bella voz. Usarla para la alabanza, sí, pero sin convertirla en posesión

Santa Clara de Asís

«Que lo lean sin cantar». Así debían rezar el Oficio divino las hermanas que sabían leer y vivían con santa Clara de Asís.

La prescripción resulta extraña. Casi extrañísima, si pensamos en el mundo sonoro de Clara: tan rico en canto sagrado como en juglares, trovadores y canciones que circulaban de plaza en plaza. Y, sin embargo, en la Regla escrita por ella se lee exactamente eso: las hermanas celebrarán el Oficio según la costumbre de los Frailes Menores, legendo sine cantu, «leyendo sin canto».

¿Por qué?

Desde hace años los estudiosos intentan comprender una decisión para la que Clara no dejó explicación.

Tal vez se tratara de una cuestión práctica. Cantar bien el Oficio exige aprendizaje, libros, organización y hermanas capaces de hacerlo. Tal vez Clara quisiera evitar diferencias dentro de una comunidad en la que unas sabían leer y otras no. O quizá hubiera detrás una opción por una celebración deliberadamente sencilla.

Hay, sin embargo, un dato que hace la cuestión todavía más intrigante. Clara no partía de cero. En 1247, Inocencio IV había dispuesto que las hermanas que supieran leer y cantar celebrasen el Oficio según la costumbre de los Frailes Menores. Seis años después, Clara conserva esa referencia, pero introduce una precisión pequeña y sorprendente: legendo sine cantu.

Es decir: donde la norma anterior contemplaba el canto, Clara elige prescindir de él.

La opción tampoco perduró en la legislación posterior. Diez años después de su muerte, en 1263, la Regla de Urbano IV volvió a prever expresamente el canto e incluso una maestra que instruyera a las religiosas «tanto en el canto como en los oficios divinos».

Llevar la pobreza hasta la voz

Pero quizá pueda avanzarse todavía otra lectura, acaso más franciscana en el sentido primero de la palabra. Tal vez Clara quiso llevar la pobreza hasta la voz.

No solamente renunciar a tierras, dinero o seguridades, sino también a apropiarse de aquello que uno posee casi sin darse cuenta: una capacidad, una habilidad, incluso una bella voz. Usarla para la alabanza, sí, pero sin convertirla en posesión.

Es sólo una hipótesis. Clara nunca explicó por qué escribió aquel sine cantu. Pero en una mujer que quiso vivir sin apropiarse de nada, no resulta del todo extraño imaginar una pobreza que alcanzara también aquello que sale de la propia boca.

Y aquí aparece una última paradoja.

Las fuentes nos muestran también a Clara escuchando. En la Navidad de 1252, enferma y sola en San Damián, contó que había oído, como si estuviera presente, los responsorios y todo el Oficio de los frailes en la iglesia de San Francisco.

Y Francisco, a quien Clara se llamaba a sí misma «pequeña planta», había compuesto precisamente para ella y sus hermanas unas «santas palabras con melodía»: el Audite, poverelle.

Quizá ahí esté la imagen más hermosa: Clara renunció al canto como forma cotidiana de su Oficio, pero no dejó de recibirlo como don.

El P. Claudio Campesato es sacerdote de la diócesis de Padua, Italia. Licenciado en Canto Gregoriano por el Pontificio Instituto de Música Sacra y en Sagrada Liturgia por el Pontificio Instituto Litúrgico de Sant’Anselmo.