¿Qué se cantaba en la Edad Media?
El cardenal Cisneros rescató el canto mozárabe: imprimió su misal en 1500 y fundó en la catedral una capilla donde, todavía hoy, se celebra cada mañana. Pero hay una herida que ni Cisneros pudo cerrar: los libros antiguos
El beato de Fernando I y doña Sancha
«Canto gregoriano», responderá casi cualquiera. Voces de monjes, una sola melodía, piedra y penumbra: en el oído común, «canto medieval» y «canto gregoriano» son dos nombres de la misma cosa. Y quien responde así no se equivoca. Pero simplifica. La realidad que cuenta la historia es más compleja. Y bastante más fascinante.
El gregoriano fue uno de los cantos de la Edad Media: el que se impuso con más autoridad, el que viajó por un imperio y el que acabó convirtiéndose en el canto común del rito romano. A su alrededor, y desde mucho antes, la cristiandad cantaba con muchas voces. Basta mirar dos lugares: Roma y España.
¿Qué se cantaba antiguamente en Roma? La pregunta parece tener respuesta obvia: ¿no era romano el canto «gregoriano»? Y sin embargo la ciudad de los Papas tuvo durante siglos un canto propio, distinto, que los estudiosos llaman «romano antiguo»: los mismos textos litúrgicos, vestidos con otras melodías. Lo asombroso es la fecha: 1071. Ese año el arcipreste Juan, de Santa Cecilia in Trastevere, copió un gradual con aquellos cantos: el libro musical más antiguo de la ciudad de Roma. Mientras el libro de canto notado más antiguo del mundo, el cantatorium de San Galo, se copiaba hacia el año 925 en tierras del imperio, de la música de la ciudad madre ni una página anterior ha llegado hasta nosotros.
El beato de Escalada
¿Y en España? Aquí se cantaba la liturgia heredada de los padres visigodos, la de Isidoro de Sevilla. Cuando los cristianos siguieron celebrándola bajo dominio islámico, tomó el nombre con que hoy la conocemos: mozárabe. Sobrevivió a la invasión; no sobrevivió, en cambio, a la unificación. En 1080 el concilio de Burgos, convocado por Alfonso VI, decretó su abolición en favor del rito romano, y con el rito se fue el canto.
Quedó refugiado en seis parroquias de Toledo, hasta que el cardenal Cisneros lo rescató: imprimió su misal en 1500 y fundó en la catedral una capilla donde, todavía hoy, se celebra cada mañana. Pero hay una herida que ni Cisneros pudo cerrar: los libros antiguos. El antifonario de León, del siglo X, conserva cientos de cantos espléndidamente anotados en neumas visigóticos que dejan ver el dibujo de la melodía, pero no sus alturas exactas. Música que podemos ver y no podemos escuchar.
Y no acaba ahí el coro. Benevento, en el sur de Italia, cantó a su manera hasta que un Papa lo prohibió en 1058. Milán conserva su canto «ambrosiano», bautizado con el nombre de san Ambrosio, vivo hasta hoy en su propia liturgia. Y el Oriente cristiano cantaba y canta con repertorios propios, de raíces tan antiguas como la fe misma: Bizancio, Siria, Armenia, Egipto.
El beato de Valcabado
¿Qué se cantaba, pues, en la Edad Media? No una melodía: un coro de Iglesias, cada una con su voz. El gregoriano venció porque lo respaldó un imperio, porque acabó fijándose por escrito y porque llevaba el nombre de un santo. Pero las otras voces no callaron del todo. Milán sigue cantando la suya; Toledo la celebra cada mañana; y en León un libro espléndido espera, desde hace mil años, a alguien que sepa volver a leerlo.
El P. Claudio Campesato es sacerdote de la diócesis de Padua, Italia. Licenciado en Canto Gregoriano por el Pontificio Instituto de Música Sacra y en Sagrada Liturgia por el Pontificio Instituto Litúrgico de Sant’Anselmo.