Fundado en 1910

¿Por qué veneramos el brazo de santa Teresa?

El 15 de octubre, la fiesta de la santa, vuelve a acercarnos a un gesto antiguo: inclinarse ante una reliquia. En él se encuentran la memoria de una vida y la esperanza de la resurrección

Sello del centenario de Santa Teresa, de 1932

Sello del centenario de Santa Teresa, de 1932Correos

Una persona se acerca a un relicario, inclina la cabeza y lo besa. Muchos reconocen el gesto: lo aprendieron de niños, quizá de la mano de sus abuelos, al terminar la misa del patrón. Otros lo miran con extrañeza. Dentro hay un hueso, un fragmento de cuerpo. ¿Qué se está besando?

En Alba de Tormes (Salamanca) se conserva el brazo de santa Teresa de Jesús. Separado del cuerpo y rodeado por el relicario, puede parecer muy lejano a la mujer que escribió libros, fundó conventos y atravesó los caminos de Castilla. Sin embargo, perteneció a esa vida. Teresa rezaba con un cuerpo que enfermaba, se cansaba y necesitaba cuidados. La mujer que hablaba de las moradas del alma conocía también las incomodidades de una posada.

Ante una reliquia, la memoria recupera esa existencia concreta. La santidad tuvo cuerpo. Se hizo visible en trabajos, palabras y gestos; pasó por el sueño, el hambre, la enfermedad. Lo que ahora se conserva estuvo unido a una persona que amó a Dios y a otros con todo lo que era.

El relicario de Santa Teresa de Jesús, tras su restauración de 2025

El relicario de Santa Teresa de Jesús, tras su restauración de 2025

Mucho antes de los relicarios de plata, una comunidad cristiana recogió los huesos de su obispo entre los restos de una ejecución. Había ocurrido en Esmirna, en el siglo II. Policarpo había muerto mártir y su cuerpo había sido quemado. Los cristianos contaron que guardaron sus huesos, «más valiosos que las piedras preciosas», en un lugar adecuado. Allí esperaban reunirse para celebrar el aniversario de su martirio, al que llamaban nacimiento (Martirio de Policarpo, 18).

Aquellos restos los reunían de nuevo. Les recordaban a quien había vivido entre ellos y les enseñaban a prepararse para seguir sus pasos. La memoria del muerto ayudaba a vivir a los vivos.

Siglos después, el Concilio de Trento explicó la veneración de las reliquias recordando que los cuerpos de los santos fueron miembros de Cristo y templos del Espíritu Santo. Añadió algo decisivo: serán resucitados para la vida eterna. El cuerpo guardado en un sepulcro tiene también un futuro.

Esa esperanza exige cuidar lo que se muestra y cómo se muestra. La autenticidad de las reliquias debe comprobarse; su exposición requiere respeto. Un cuerpo humano merece una delicadeza que la curiosidad puede olvidar. El relicario ayuda cuando permite reconocer a la persona y la obra de Dios en ella.

El beso adquiere entonces otra profundidad. Expresa gratitud por una vida, cercanía a quien la vivió y confianza en la promesa que también alcanza a su cuerpo.

La liturgia ha puesto palabras a esa espera. En el oficio de difuntos, una antífona inspirada en el salmo 50 canta: Exsultabunt Domino ossa humiliata; Se alegrarán en el Señor los huesos humillados. Ante la muerte, la Iglesia se atreve a poner el verbo en futuro.

Quien se inclina ante el relicario de Teresa encuentra las huellas de una historia terminada y la promesa de algo que todavía no ha visto.

El P. Claudio Campesato es sacerdote de la diócesis de Padua, Italia. Licenciado en Canto Gregoriano por el Pontificio Instituto de Música Sacra y en Sagrada Liturgia por el Pontificio Instituto Litúrgico de Sant’Anselmo.

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas