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El obispo que pidió a los cristianos, mientras se dirigía al martirio, convertirse en coro

San Ignacio de Antioquía, que se celebra el 17 de octubre, hizo del canto una metáfora de la vida cristiana, desde la concordia cotidiana hasta el martirio

San Ignacio de Antioquía, devorado por los leones

Un hombre condenado a morir pide a los cristianos de Roma que formen un coro. Mientras él se dispone a entregar la vida, ellos cantarán al Padre por Jesucristo. La petición está en una carta de Ignacio de Antioquía, escrita a comienzos del siglo II durante el viaje que lo conduce a la muerte. La tradición sitúa su martirio en el Coliseo. Antes de llegar, aquel obispo encadenado ha encontrado en la música un lenguaje para hablar de la fe.

Lo custodian diez soldados, a los que llama «leopardos» porque, según escribe, cuanto mejor se les trata, peor se comportan (Romanos 5,1). Durante el camino escribe a las comunidades cristianas. Le preocupan sus divisiones, las enseñanzas que las confunden, la unión con sus obispos. Para explicar cómo se pertenece a la Iglesia, les habla de unas cuerdas.

Los presbíteros de Éfeso, escribe, están unidos a su obispo como las cuerdas a una lira. Y añade algo sorprendente: en su concordia y en su amor armonioso «se canta a Jesucristo» (Efesios 4,1). El canto aparece allí donde unas personas aprenden a vivir unidas. Su relación hace resonar el nombre que profesan.

Ignacio está haciendo catequesis con una imagen que sus lectores pueden reconocer. Una cuerda necesita estar vinculada al instrumento y acordada con las demás. La pertenencia y la concordia tienen consecuencias audibles. Por eso la lira le permite expresar algo que atraviesa sus cartas: la fe cristiana reúne, vincula, hace salir del aislamiento.

Entonces, la imagen se ensancha: «Haceos coro, cada uno de vosotros» (Efesios 4,2). La invitación alcanza a toda la comunidad. Han de tomar el tono de Dios y cantar con una sola voz al Padre por medio de Jesucristo. La vida cristiana tiene así una afinación que recibe y un destinatario hacia el que se orienta. Cada voz encuentra su lugar al entrar en esa relación.

El Padre escuchará, continúa Ignacio, y reconocerá por sus buenas obras que son miembros de su Hijo. Las obras entran en la metáfora musical: permiten reconocer la verdad de lo que se canta. La concordia de las voces se prolonga en la forma de tratarse, de servir, de permanecer unidos.

Más callando que hablando

También el obispo necesita estar afinado. Del de Filadelfia elogia la mansedumbre y dice que consigue más callando que otros hablando. Está en armonía con los mandamientos como la lira con sus cuerdas (Filadelfios 1,2). Su vida da consistencia a su palabra. Incluso el silencio puede expresar esa concordia.

Queda la carta a Roma. Allí Ignacio pide que no intenten impedir su martirio. Habla de un altar preparado, de su propia ofrenda y de una comunidad reunida en el amor para cantar al Padre (Romanos 2,2). Las imágenes que había empleado para explicar la vida de los cristianos alcanzan ahora la suya.

El obispo sigue camino de Roma entre sus guardianes. En la carta ha dejado una petición: que formen un coro. Él se prepara para llevar hasta el final, con su cuerpo, la concordia que ha enseñado con palabras.

El P. Claudio Campesato es sacerdote de la diócesis de Padua, Italia. Licenciado en Canto Gregoriano por el Pontificio Instituto de Música Sacra y en Sagrada Liturgia por el Pontificio Instituto Litúrgico de Sant’Anselmo.