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Cuando la Virgen le pidió a una monja que rezara menos

La historia plantea una pregunta que sigue viva: ¿cuánto hay que rezar? El Evangelio no da cifras. Jesús elogia a la viuda que vuelve una y otra vez ante el juez, pero advierte también que no seremos escuchados por hablar mucho

Detalle de una de las miniaturas de las Cantigas de Santa María

Detalle de una de las miniaturas de las Cantigas de Santa María

Mil avemarías al día, además de un libro entero de oraciones. Una monja las rezaba entre lágrimas y suspiros, deseosa de ver a la Madre de Dios. Pero rezaba corriendo. Una noche, agotada y todavía despierta, recibió la visita que tanto esperaba. La Virgen le enseñó algo inesperado: podía dejar dos partes de lo que rezaba y decir bien la tercera.

La escena pertenece a la cantiga 71 de las Cantigas de Santa María, la colección vinculada a Alfonso X el Sabio en el siglo XIII. María pide calma por una razón precisa: cuando oye cómo Dios la visitó, siente tanto gozo que le parece tener de nuevo en su cuerpo al Hijo. La monja necesitaba tiempo para saborear lo que estaba diciendo.

Como explica Maria Incoronata Colantuono, profesora de Musicología de la Universitat Autònoma de Barcelona y experta en las Cantigas, en el siglo XIII el avemaría podía decirse de dos maneras: Como oración breve repetida deprisa, casi como un conjuro contra el mal, o como meditación, despacio, rumiando cada palabra para saborearla.

La Virgen de la cantiga 71 invita a la monja a dejar una oración mecánica y precipitada, porque el saludo bien dicho hace presente lo que anuncia: la voz de quien reza devuelve a María a la Encarnación. Las Cantigas recogen muchas otras escenas de esta devoción, siempre acompañada por el cuerpo. El monje de la cantiga 141 se arrodilla y besa la tierra diciendo «Ave María»; el caballero de la 121 la reza por cada rosa que le falta para la guirnalda de la Virgen. Todavía no es el Rosario. El avemaría ni siquiera tenía una forma única, y su súplica final tardaría siglos en fijarse. Y estas historias, recuerda Colantuono, se cantaban.

¿Cuánto hay que rezar?

La historia de la monja plantea una pregunta que sigue viva: ¿cuánto hay que rezar? El Evangelio no da cifras. Jesús elogia a la viuda que vuelve una y otra vez ante el juez (Lc 18,1-8), pero advierte también que no seremos escuchados por hablar mucho (Mt 6,7). Y en Getsemaní, en su noche más oscura, vuelve a orar por tercera vez «repitiendo las mismas palabras» (Mt 26,44). Lo que el Señor corrige no es la insistencia, sino las palabras que se amontonan vacías.

La Virgen de la cantiga reconoce la santidad de aquella mujer y le asegura que tiene un lugar en el cielo. Su consejo nace de esa cercanía y tiene algo de madre: menos oraciones, dichas con más sosiego. Un «menos es más» avant la lettre, siempre que lo poco se diga con el corazón.

Juan Pablo II retomó de Pablo VI la petición de «un ritmo tranquilo y un reflexivo remanso» para el Rosario. La monja del poema aprendió a dar ese tiempo a las palabras. A veces, para rezar más, hay que rezar menos.

El P. Claudio Campesato es sacerdote de la diócesis de Padua, Italia. Licenciado en Canto Gregoriano por el Pontificio Instituto de Música Sacra y en Sagrada Liturgia por el Pontificio Instituto Litúrgico de Sant’Anselmo.

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