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15 de abril de 2024

TribunaVicente L. Navarro de Luján

El Dios oculto

La metáfora de la desnudez refleja el momento en el que se encuentra Adán, la debilidad de todo ser humano cuando se halla despojado de todo, desnudez como sinónimo del abandono supremo

Actualizada 04:30

En uno de esos maravillosos relatos antropomórficos que la Biblia contiene, fundamentalmente en los textos veterotestamentarios, nos hallamos con la narración del Génesis (3; 8-15) en la que se nos cuenta cómo Adán y Eva oyen los pasos de Dios por el Paraíso, se esconden, y Jehová busca al hombre, le pregunta dónde estaba y éste responde que oyó su voz, tuvo miedo, porque estaba desnudo y se escondió. La metáfora de la desnudez refleja el momento en el que se encuentra Adán, la debilidad de todo ser humano cuando se halla despojado de todo, desnudez como sinónimo del abandono supremo, tal como nos lo mostraban en pleno siglo XX las imágenes de los seres humanos sin más protección que su piel captadas en los campos de exterminio nazi. Pero, lo importante del relato que reproduzco es que a Dios no le importa la desnudez (debilidad y ruptura de su fidelidad a Él), sino que busca al ser humano. Paradoja del Creador «necesitado» de entablar diálogo con la criatura creada.
Efectivamente, desde toda la eternidad Dios busca a todo ser humano y éste, en ocasiones, se esconde no tanto por un inteligible y sano temor de Dios, sino por miedo a Dios. A veces, el ser humano no intenta tanto esconderse de Dios como ocultar a Dios, buscando respuestas que den claves sustitutorias de la existencia misma de Dios. En este sentido, creo que la Ilustración y el pensamiento posterior a ella, sobre todo en nuestra edad contemporánea, pretendieron encontrar en la pura razón –no en balde deificada en la Revolución Francesa– las respuestas definitivas a todas las preguntas humanas, a través sobre todo de las ciencias naturales y experimentales. En este sentido, no es extraña la pregunta que, según ha trascendido, formuló Nikita Jrushchov al cosmonauta Yuri Gagarin tras haber sido el primer hombre que viajó al espacio, cuando le inquirió sobre si había visto a Dios.
Una pregunta coherente con la cosmogonía implantada fundamentalmente por los totalitarismos comunista y nazi, sobre la condición eterna y autónoma del universo, en la cual holgaba la cuestión acerca de un posible creador, sino que la materia sola en el decurso del infinito tiempo se había generado a sí misma y dictado los modos y etapas de la evolución cosmológica.
Esta propuesta no sólo ha pervivido en el ámbito de algunas corrientes científicas o filosóficas, sino que ha impregnado la realidad sociológica. Efectivamente, si uno analiza nuestro entorno observa que se da una pertinaz opción por abandonar cualquier pregunta acerca de Dios o lo religioso, y no hace falta salir de nuestra creación cultural española para constatarlo, porque sea en las propuestas audiovisuales cinematográficas o televisivas, sea en el campo de la creación literaria, la evocación de lo religioso bien no existe o se da para denigrarlo de forma mendaz. Parece como si se quisiera huir de lo mistérico, como Adán se escondía de Dios, tal que se quisiera hacer práctico el pensamiento esbozado por Ludwig Wittgenstein en su Tratado lógico-filosófico, cuando nos proponía no intentar resolver el misterio, sino disolverlo, no preocuparnos por ello. Sin embargo, es el mismo autor el que en sus censurados Diarios secretos nos descubrirá la hondura de su inquietud íntima y personal, abierta sin duda al encuentro con el abismo de la trascendencia.
En este ambiente que nos envuelve, en el que positivamente se prescinde de Dios y la pregunta religiosa, porque se cree que la técnica y las ciencias lo han resuelto todo, sorprende gratamente un fenómeno editorial surgido de ámbitos de ciencias empíricas, que sobre todo desde la reflexión de la Física reivindica la razonabilidad de la existencia de un Creador que dé sentido al orden universal y a su «diseño fino», fenómeno editorial de gran éxito que comenzó con el libro titulado Dios. La Ciencia. Las pruebas, de Michel-Yves Bolloré y Olivier Bonnaassies, de gran éxito en Francia, que continúa con el titulado Nuevas evidencias científicas de la existencia de Dios, de José Carlos González Hurtado, o Dios existe, de Antony Flew, por citar algunos de los que han visto la luz en los últimos tiempos.
Sin embargo, como ya señaló el Concilio Vaticano I en su Constitución «Dei filius» y repitió el Vaticano II en la suya titulada «Dei Verbum» la creencia en Dios, la fe, por más que sea razonable, no es un ejercicio de pura racionalidad, sino que el encuentro del ser humano con Dios tiene elementos de inefabilidad que no pueden ser resueltos por un silogismo ni por una exacta ecuación matemática, sino que dependen de un acto humano voluntario, espontáneo, basado en una confianza gratuita, que desborda los límites de lo racional y se instala en lo profundo ignoto del alma humana, las razones del corazón de las que hablaba Pascal, o la reacción afectiva de la que nos da cuenta Jeremías (20, 7-12): «¡Me sedujiste, Señor, y yo me dejé seducir!».
Que yo exprese en estas líneas mi contento por el hecho de que un grupo de físicos y científicos de lo empírico constaten que no se puede prescindir de lo mistérico en el orden natural y humano, no evita que yo reivindique la opción de la fe como algo que se sitúa por encima de la pura razón, aunque legítimamente pueda ser corroborada por ella, porque la creencia se asienta en un don gratuito que nos viene y que es aceptado por nosotros libérrimamente con todas sus consecuencias vitales. Una libertad de asunción de la verdad que se nos ofrece gratuitamente, que en ocasiones puede alterar todas nuestras previas y sesudas convicciones, como le ocurrió a Edith Stein en esa noche de insomnio en casa de su fallecido amigo Reinach, que relata en su libro «Estrellas amarillas», o las dudas acerca de su ateísmo militante que expresó Jean Paul Sartre en una de sus últimas entrevistas concedidas a la publicación Le nouvel Observatuer, que tanto disgusto proporcionó a su esposa Simone de Beauvoir.
Bienvenidas sean las aportaciones científicas que nos avalan reflexiones racionales sobre la verosimilitud de nuestra fe, pero recordemos que, a diferencia de esa fresca y natural conversación entre Dios y el hombre que nos narra la Biblia en muchos pasajes del Antiguo Testamento, la realidad de cada cual es que nos relacionamos con un Dios silencioso, que ya lo ha dicho todo por medio de Cristo, un Dios a quien soberbiamente pedimos pruebas tangibles de todo, pero cuya respuesta implica por nuestra parte una actitud de absoluta confianza: «A esta generación no se le dará más signo que el signo de Jonás» (Lucas, 11; 29-32). El resto, es cosa nuestra.
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