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23 de junio de 2024

El prior en la abadía benedictina del Valle de los Caídos atiende al diario El Debate

El prior en la abadía benedictina del Valle de los Caídos atiende al diario El DebatePaula Argüelles

Entrevista al prior del Valle de los Caídos  Santiago Cantera: «Sin Cristo en medio, los apóstoles se habrían rajado a navajazos»

El religioso ha hablado con La Antorcha, la revista gratuita de la ACdP

La vida monástica tiene tensiones y roces, pero también renuncias virtuosas que la convierten en una escuela para quienes vivimos fuera de sus muros.

– A su juicio, ¿en qué se parece la vida de un monasterio a la vida cotidiana de los laicos?

–Principalmente, en que es una vida en sociedad. Tradicionalmente, la vida de los monjes se ha comprendido en dos formas: la vida solitaria del eremita y la vida en comunidad del cenobita, que somos la mayoría. Esta segunda, precisamente, recoge lo que resaltan Aristóteles o Confucio, porque es de ley natural: que el ser humano es un ser social por naturaleza. Ahora bien, el vínculo que nos une a los monjes de modo especial –y existe también en comunidades cristianas del exterior– es sobrenatural: la caridad. Lo que nos une es que Cristo está presente entre nosotros. San Benito nos dijo: «Nada se anteponga al amor de Cristo». Los monjes nos unimos en torno a una regla –que viene a ser la plasmación del Evangelio– y a un abad, que es el padre de la comunidad y hace las veces de Cristo. Esto, de algún modo, también puede vivirse en una familia.

–Al contrario que con las familias, las comunidades monásticas pueden verse idílicamente, como algo místico… ¿También hay roces?

–La vida monástica es una vocación de ángeles, porque realizamos en la tierra lo que ellos en el cielo: alabar, adorar, amar a Dios. Pero no somos ángeles, sino hombres y mujeres, con virtudes y defectos, y cometemos pecados. En una comunidad nos acabamos conociendo todos y a veces saltan chispas. Roces, tensiones… Diversas formas de egoísmo que hemos de ir trabajando, encauzando. San Juan de la Cruz, el maestro de la vida contemplativa carmelitana, dice que hemos venido al monasterio a que nos labren, a ir purificando y eliminando nuestras aristas. Y que en el monasterio encontraremos «oficiales de Dios» que nos labran de pensamiento, palabra y obra. Ese proceso duele, pero es parte de la obra de Dios en nosotros. Y en los roces se nos invita siempre al ejercicio y al triunfo de la caridad y del perdón entre los hermanos.

– ¿Cómo podemos ejercitar la caridad y el perdón?

–Cuando eres muy consciente de que estás en el monasterio siguiendo a Cristo, que Él está en medio y que el Espíritu Santo actúa, ese brote de caridad surge y nos vemos invitados a ejercer efectivamente el perdón y la paciencia, a sobrellevar los defectos del otro... ¿A quién eligió Jesús como apóstoles? No a los más sabios ni educados, sino a hombres rudos, brutos. Unos pescadores, un zelote –prácticamente terrorista–, un recaudador de impuestos al servicio de Roma, un traidor… Pedro era un fanfarrón; otros querían los primeros puestos de un reinado político. Pues a ellos escogió Jesucristo, y los santificó. Si no hubiera estado Cristo en medio de ellos, se habrían rajado a navajazos. Pero estaba. Y después les envió el Espíritu Santo, que les infundió el amor de Dios. Eso sucede hoy en las familias y las comunidades religiosas: somos muy distintos, pero el Espíritu Santo hace presente a Cristo allí.

– ¿Y esto se puede extrapolar a ambientes como una empresa, una comunidad de vecinos o una parroquia?

–Donde hay espíritu cristiano, sí. Donde no hay... Como decía, la socialización existe en todas las comunidades humanas, pero hace falta un elemento sobrenatural que confiere la comunión entre sus miembros. En una comunidad de vecinos donde no todos sean cristianos hay un proyecto común, unas normas de convivencia... pero donde existe un plus cristiano, existe un plus de sobrenaturalidad que confiere la comunión. Donde hay un elemento cristiano está el Espíritu Santo, y la presencia de Cristo que une. En una parroquia o un movimiento religioso también debe vivirse así.

–Cambiando de tercio, ¿cuáles son las principales dificultades de la vida monástica?

–Por un lado, la dificultad de pensar que el tiempo de oración y ofrecimientos es tiempo perdido, porque no vemos sus frutos. Para eso hace falta fe, que es un don de Dios. Otra dificultad es la renuncia al yo; no a la propia personalidad, pero sí al ego, a los egoísmos y caprichos. A eso hay que ir renunciando día a día, obedeciendo y conviviendo, y en ocasiones humillándonos voluntariamente. También hay que tratar de no contaminarse con la basura y porquería de la mundanidad, que siempre ha existido, pero hoy es mucho más maloliente, aunque parezca atractiva. Es un engaño. El cristiano, sobre todo hoy, tiene que estar en el mundo sin ser del mundo. Y eso implica huir del espíritu de la mundanidad, que nace del propio Satanás: el engaño de las seducciones del mundo, las ambiciones y los pecados capitales.

–Entonces, ¿qué es lo mejor de la vida monástica?

–Que Dios da al ser humano lo que nada ni nadie es capaz de dar: todo. Se nos da Él mismo. Y uno descubre ese «ciento por uno y además la vida eterna» del que habla el Señor. Y desde luego, en el aspecto social, ir descubriendo que la vida de comunidad nos sostiene. Se ve muy bien cuando estamos enfermos. Tener un hermano mayor, débil o enfermo es una ocasión para la caridad: él se ve sostenido por la comunidad, pero a su vez ese ejercicio de caridad enriquece a quien lo hace. San Benito pide que se trate a los enfermos como a Cristo en persona, y que los enfermos traten de no ser impertinentes, para establecer unos vínculos de amor, de caridad.

–No debe ser fácil…

–No, a veces exige un esfuerzo sobrenatural, porque tendemos a juzgar de primeras, sin penetrar en lo que hay en el interior de la persona que nos parece desagradable. Pero hay heridas que nos permiten descubrir al hermano en su profundidad, y llegar a ver la persona que es y cómo Cristo está en él y se nos manifiesta en él. Seguir a Cristo conlleva la cruz: no hay felicidad sin haber pasado por la cruz, ni se puede llegar a la Gloria sin pasar por la Pasión.

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