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Takashi Nagai, entre los escombros que dejó la bomba atómica de 1945

Takashi Pablo Nagai: el médico que halló entre las cenizas de Nagasaki la fe del mártir que le dio su nombre

En la fiesta de san Pablo Miki, la vida de aquel a quien llamaban el «santo de Urakami» desvela cómo la Palabra de Dios sobrevive a la persecución y al fuego atómico

En la festividad de san Pablo Miki y compañeros mártires, la memoria de la Iglesia en Japón no se agota en el siglo XVI, sino que florece en figuras como Takashi Pablo Nagai, el médico radiólogo que decidió llevar el nombre del mártir jesuita al recibir el bautismo en 1934.

Nagai no solo heredó el nombre del santo, sino que se injertó en una estirpe de resistencia espiritual a través de su esposa, Midori Moriyama, descendiente de aquellos cristianos que custodiaron el hálito católico en la clandestinidad durante dos siglos y medio de persecución, incluso careciendo de sacerdotes.

Este vínculo con los «cristianos ocultos» de Nagasaki fue el cimiento sobre el cual Nagai construiría una vida marcada por la búsqueda de la verdad, tras alejarse de las creencias sintoístas de su infancia y abrazar la fe tras la lectura de Blaise Pascal durante sus estudios de medicina.

La fe cuando ya no queda nada

La biografía de Nagai, reflejada en su obra Lo que no muere nunca (Ediciones Encuentro), adopta una estructura novelada, con narración en tercera persona y el uso de heterónimos para Nagai y su esposa, evitando deliberadamente el relato en primera persona. Se trata del testimonio de un hombre que vio cómo lo efímero se desvanecía bajo el peso del expansionismo imperialista japonés y el horror de la guerra.

Tras servir como personal sanitario en el frente de China, donde fue testigo de la falta de compasión y de las crueldades que contradecían las virtudes del bushido–el código ético de los samuráis japoneses, basado en valores como el honor, la lealtad, la disciplina y el sacrificio–, Nagai regresó a Nagasaki para enfrentarse a su propio calvario.

La práctica de la radiología —una tecnología que le apasionaba y a la que dedicó innumerables horas, aunque todavía insegura en aquella época— le provocó una leucemia irreversible, pero el golpe definitivo llegaría el 9 de agosto de 1945. Aquel «fuego inolvidable» de la bomba atómica redujo su mundo y a su propia esposa a cenizas, dejándolo solo con sus dos hijos y una fe que debía ser probada en el crisol de la desolación absoluta.

Takashi Nagai, muy enfermo, en su domicilio de Nagasaki

Sin embargo, en medio del páramo atómico y desde una pequeña choza de apenas cuatro metros cuadrados, Nagai transformó el resentimiento en su brújula. Allí, postrado en su yacija y frente a una cruz, comprendió que todo lo que había construido por su propia mano estaba destinado a perecer, pero que existía algo inalcanzable para el fuego y el tiempo: la Palabra de Jesucristo. «El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán», dice el Evangelio de Mateo.

Al igual que san Pablo Miki y sus compañeros permanecieron fieles hasta el final, Nagai descubrió que la vida del espíritu es la única que trasciende el espacio y el desvanecimiento de los seres vivos. Decidió que su legado no sería solo el de un científico o un superviviente, sino el de un hombre que, habiéndolo perdido todo, quiso guiar su existencia hacia el fulgor de lo eterno, aferrándose a aquello que nunca muere.

Extracto de 'Lo que no muere nunca'

Lo que debía perecer, había perecido. Lo que debía morir, había muerto. El fruto de todo lo que había construido y conseguido a lo largo de los años había quedado reducido a un montón de cenizas porque su naturaleza estaba destinada a morir. Cuando se dio cuenta de que había dedicado toda su vida a trabajar en algo que al final acabaría en cenizas, se derrumbó. ¡No podía soportar una vida sin sentido! Debía encontrar algo que no pereciese. Debía aferrarse a algo que nunca muere. El tiempo pasa, el espacio se desvanece, los seres vivos mueren pero nosotros debemos vivir la vida de tal modo que permanezca algo que no perece, que no muere.

«El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán». Había comprendido que lo que trasciende el tiempo y el espacio y permanece para siempre es la Palabra de Jesucristo que es Dios. La vida en su Palabra, la vida con su Palabra, la vida que ama a Dios y es amada por Dios, la vida sobrenatural, la vida del espíritu: esa es la verdadera vida que un hombre debe vivir. Él lo había perdido todo, pero estaba entrando en su nueva vida, buscando algo que nunca podría perder. En una cabaña instalada en medio del páramo atómico azotado por el viento, con dos niños pequeños en brazos y un cuerpo que ya no podía mover como quería, Takashi podía decir, increíblemente, que «guiaba su vida hacia el fulgor».