Fundado en 1910
El sacerdote con algunos de los chicos de la 'ciudad de los muchachos'

El padre Flanagan con algunos de los chicos de la 'Ciudad de los muchachos'Boys Town

El sacerdote que no creía en los «chicos malos»: Edward Flanagan, el visionario que fundó la 'ciudad de los muchachos'

León XIV ha aprobado las virtudes heroicas del fundador de Boys Town, el hombre que transformó la vida de miles de huérfanos en las llanuras de Nebraska

El destino de la historia podría haber sido innumerables veces distinto si se tuviera en cuenta un factor capaz de cambiar un plan, una estrategia militar o un esquema perfectamente estudiado: la libertad humana. Esa libertad que, en el último segundo, puede hacer que una batalla se gane o se pierda, o que ocurra algo que no entraba en los planes.

Y es esa misma libertad la que ha transformado la vida de cientos de personas que, al decir libremente «sí» a Dios, se arremangaron las mangas y fueron a trabajar en la viña del Señor, con una sencillez desarmante y una determinación inquebrantable. Así fue la vida de Edward Joseph Flanagan, el sacerdote irlandés que un día decidió que ningún niño debía ser abandonado a su suerte por los errores del pasado o golpes de suerte.

Su «sí» libre y valiente no solo le transformó a él, sino que, como también suele ocurrir, inspiró a innumerables personas a entregar su vida al cuidado y la educación de los más necesitados. El anuncio de este lunes del Vaticano, reconociendo sus virtudes heroicas, pone hoy el foco de la Iglesia universal sobre una labor que comenzó como esa semilla de mostaza de la que habla el Evangelio y terminó dando fruto hasta el punto de que hasta los pájaros anidaban en él.

El poder oculto del amor y la amabilidad

Nacido en el condado de Roscommon, Irlanda, en 1886, Flanagan cruzó el Atlántico en la década de 1910 con el anhelo del sacerdocio en su equipaje. Tras ser ordenado en 1912, su destino se fraguó en Omaha, Nebraska, donde su mirada se detuvo en aquellos jóvenes a los que la sociedad ya había dado por perdidos. Observó con dolor cómo los niños descuidados terminaban inevitablemente en la delincuencia y comprendió que el remedio no era el castigo, sino el amor. Para Flanagan, cada niño necesitaba afecto para convertirse en un ciudadano productivo.

«Si el futuro de nuestro país debe estar seguro de sus peligrosos enemigos desde adentro, los padres y los guardianes de los niños deben ser más conscientes de las responsabilidades que Dios les ha puesto. Debemos ser más virtuosos en nuestras propias vidas, para que podamos enseñar más efectivamente la lección de la ciudadanía correcta a través de ejemplos e instrucciones. La amabilidad y el amor abrirán el corazón de cualquier niño con problemas. Ese corazón se derretirá en la calma del sol de amor. Nunca he encontrado un niño que quiera ser malo», afirmaba este sacerdote.

Formación a través de la vida diaria

Bajo la máxima de que «no existen los chicos malos», Flanagan abrió su primera casa el 12 de diciembre de 1917. Lo que comenzó en una vieja mansión victoriana —financiada con 90 dólares prestados por un amigo para el primer alquiler—, contó con el respaldo fundamental de su arzobispo, quien le permitió centrarse en esta misión y le asignó el apoyo de varias monjas para la tarea.

Sus primeros cinco huéspedes eran repartidores de periódicos sin hogar, pero el refugio se vio pronto desbordado por una necesidad que superaba cualquier previsión. En apenas unos meses, la casa ya albergaba a 50 niños, obligando al sacerdote a rechazar a muchos otros y a trasladar la obra en 1918 a la German-American House. Allí, con capacidad para 150 menores, las salas de estar se convirtieron en aulas donde Flanagan y las hermanas comenzaron a forjar, a través de la educación, el futuro de aquellos jóvenes que la sociedad había olvidado.

En 1921, la obra dio su paso más ambicioso al trasladarse a la Granja Overlook. Situada a las afueras de Omaha, la granja se convirtió en un microcosmos de autogestión y dignidad. En aquel nuevo hogar, los niños no solo tenían un techo; labraban campos de maíz, alfalfa y patatas, cuidaban de frutales y recolectaban leche de sus propias vacas para el sustento común.

El padre Edward Flanagan, el sacerdote de origen irlandés que fundó Boys Town en Nebraska, conversa con un grupo de chicos

El padre Flanagan conversa con un grupo de chicos

La fama del sacerdote a través de Hollywood

La precariedad de los inicios se transformó en la solidez del ladrillo en marzo de 1922, cuando la generosidad de los residentes de Omaha permitió levantar un edificio de cinco plantas que albergaba desde aulas y dormitorios hasta una capilla y una enfermería. «Sin Dios al principio —solía decir—, solo puede haber confusión al final». Era el diseño de una vida donde la formación escolar y vocacional convivía con el deporte y con la calma de las tardes escuchando la radio, forjando ciudadanos productivos allí donde otros solo veían casos perdidos.

Aquel proyecto, que llegaría a albergar a casi 300 niños en 1930, no tardó en alcanzar una fama que trascendió las fronteras de Nebraska. El mundo conoció la labor de Flanagan a través de la radio, su propio coro y, de manera definitiva, gracias al cine. El actor Spencer Tracy, quien ganó un Oscar por su interpretación del sacerdote en 1938, dio rostro universal a un hombre cuya única ambición era la redención de la infancia.

El padre Flanagan falleció de un ataque al corazón en Berlín en 1948, mientras compartía sus ideas sobre el cuidado juvenil en una Europa devastada por la guerra. Hoy, su legado no solo vive en los edificios de Boys Town, sino en el reconocimiento de una Iglesia que ve en su entrega la esencia del Evangelio. La declaración de sus virtudes heroicas es el primer paso oficial hacia los altares para aquel sacerdote que, con elegancia y sobriedad, demostró que el amor es la única herramienta capaz de reconstruir una vida rota.

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