Fundado en 1910
Monjes de Le Barroux cantando gregoriano

Monjes de Le Barroux cantando gregorianoLe Barroux

Latín, gregoriano, silencio y trabajo: el estricto ritmo de los monjes de Le Barroux que atrae a jóvenes de todo el mundo

Fundada por Dom Gérard en 1970 con el anhelo de preservar la liturgia tradicional, la abadía de Sainte-Madeleine se erige como un pulmón de espiritualidad en Europa en pleno siglo XXI

A las tres y veinte de la mañana, cuando la Provenza francesa es todavía un manto de oscuridad y silencio, unos monjes empiezan su jornada en la Abadía de Sainte-Madeleine du Barroux. No, no es un error ni un capricho: es una forma de vivir que ya deja entrever ese ir contracorriente del ritmo frenético del siglo XXI. Así lo resumía su fundador: «Los monasterios son dedos silenciosos dirigidos hacia el cielo; un recuerdo persistente e invencible de que existe otro mundo, del cual este no es sino imagen que lo anuncia y prefigura». En esa intuición se sostiene todavía hoy esta pequeña pero vivaz comunidad benedictina.

La historia de este bastión de la Tradición no nació de un deseo de ruptura, sino de una búsqueda. Su fundador, Dom Gérard, comenzó su andadura monástica en los años 50 con profunda alegría, pero tras el Concilio Vaticano II presenció cambios en los que percibió que se empezaba a desdibujar la esencia del claustro: se relajaba la clausura, desaparecía el hábito y el silencio se volvía opcional. Sin embargo, Gérard no era un espíritu rebelde por naturaleza; antes de emprender su propia aventura, intentó por todos los medios encontrar su sitio en otras comunidades.

Dom Gérard, fundador de Le Barroux

Dom Gérard, fundador de Le BarrouxLe Barroux

Peregrinó a otras abadías, probó la austeridad de una cartuja e incluso experimentó la soledad del ermitaño. Pero en ninguno de esos lugares halló el «espíritu de familia» específico de su formación benedictina. Motivado por esa vocación y el deseo de no perder el tesoro de la liturgia tradicional, se instaló solo en 1970 en una pequeña capilla. No tenía un plan maestro para fundar una 'legión', pero su fidelidad atrajo a jóvenes que, como él, buscaban la solidez del latín y el rigor de la Regla de San Benito.

Una corona de espinas y gloria

Ese mismo espíritu es el que, décadas después, sigue animando a los 27 monjes que hoy conforman la comunidad. Lo cuenta en una entrevista para el canal Que no te la cuenten el padre Juan Diego Ansaldi, un argentino que, junto a sus cuatro hermanos —todos sacerdotes—, decidió cruzar el charco para abrazar una forma de vida que muchos hoy darían por extinguida.

El rasgo externo más distintivo de estos monjes, además de su hábito negro, es la tonsura: ese cerquillo circular que corona sus cabezas. Para ellos no es un simple corte de pelo, sino un «signo clerical fuerte» que, bromea, «no se puede quitar al salir del monasterio». Simboliza la participación en la corona de espinas de Cristo y la esperanza de alcanzar la corona de gloria en el cielo.

La jornada es un engranaje de precisión suiza. Tras los Maitines y una hora de lectio divina en la soledad de la celda, las Laudes estallan a las seis de la mañana para alabar a Dios por el nuevo día. Uno de los momentos más impactantes ocurre poco después: 27 sacerdotes celebran simultáneamente sus misas privadas en los diversos altares de la abadía.

Para el padre Juan Diego, el sacrificio de dejar su lengua y cultura se compensa con el «tesoro» de la misa tradicional y del canto gregoriano del siglo VI, vividos en la intensidad y la disciplina únicas de Le Barroux, donde cada nota y cada gesto conservan una fuerza espiritual capaz de atravesar los siglos.

Refectorio de Le Barroux

Refectorio de Le BarrouxLe Barroux

El equilibrio benedictino del ora et labora se cumple a rajatabla. Tras la misa conventual cantada de las 9:30, los monjes se dispersan hacia sus puestos de trabajo. No hay tiempo para el ocio: se encargan de una editorial, una imprenta, el mantenimiento de la casa y el cuidado de los campos de olivos, viñedos y lavanda que rodean el monasterio.

Los tres pilares de Dom Gérard

La identidad de Le Barroux se asienta sobre tres pilares que Dom Gérard legó a sus hijos espirituales antes de morir en 2008: la Regla de San Benito, la liturgia tradicional y la filosofía realista de Santo Tomás de Aquino. Pero, como advertía el fundador con lágrimas en los ojos, nada de esto se sostiene sin un cuarto elemento: la caridad fraterna.

Esa caridad se extiende a los visitantes a través de sus hospederías y de productos que ya son leyenda en la región. En su propio molino producen aceite de oliva, hornean brioches artesanales y cultivan los vinos de la línea Via Caritatis, un proyecto vitivinícola que busca la excelencia del terruño provenzal. Es su forma de dialogar con el mundo sin romper su clausura.

Los monjes se encargan de cada paso en la producción del aceite

Los monjes se encargan de cada paso en la producción del aceiteLe Barroux

Incluso el contacto tecnológico está medido para proteger el silencio. Las llamadas solo se atienden en franjas muy breves y prefieren la correspondencia escrita a mano. «Se puede salir de la clausura a través de los medios de comunicación», explica el padre Juan Diego, además de que la escritura a mano la define como un ejercicio provechoso para preservar el silencio del alma.

Un pulmón espiritual en Provenza

Al caer la tarde, las Vísperas a las 17:30 ofrecen el día transcurrido, seguidas de una cena en silencio y una reunión capitular donde el Abad comparte noticias del mundo o intenciones de oración. El día se cierra a las 19:45 con las Completas, el oficio donde encomiendan el descanso a la protección divina, pidiendo paz frente a las tentaciones del espíritu.

La comunidad no deja de crecer; actualmente cuentan con siete novicios y acaban de realizar una ampliación en 2022 para acoger a las nuevas vocaciones. Incluso sueñan con una futura fundación en Argentina si logran reunir a un grupo de diez jóvenes decididos. Es la prueba de que, frente a la crisis de fe, el rigor y la belleza de la tradición siguen siendo un imán irresistible.

Le Barroux se erige así como un pulmón espiritual en Europa, pero no como un refugio excluyente. La vida de estos hombres vestidos de negro, que bajo la luz de la Provenza parecen la viva imagen de un cuadro de Fra Angelico, oxigena la fe de quienes, en medio del ruido del mundo, necesitan de ese «dedo silencioso» que les señale y les recuerde donde se encuentra la verdadera esperanza del día a día.

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