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A las Misioneras de la Divina Revelación también se las conoce como a las 'monjas de verde'

A las Misioneras de la Divina Revelación también se las conoce como a las 'monjas de verde'Misioneras de la Divina Revelación

Del puñal contra el Papa al hábito verde: la asombrosa historia de las Misioneras de la Divina Revelación

Lo que comenzó como una conspiración alimentada por el odio que Bruno Cornacchiola profesaba hacia la Iglesia, se convirtió, tras la aparición de la Virgen en una gruta de Roma, en una misión de amor y obediencia incondicional al Sucesor de Pedro

En la historia de la Iglesia, los caminos de la Providencia muchas veces suelen trazarse sobre renglones torcidos. Pocos relatos ilustran mejor esta realidad que el origen de las Misioneras de la Divina Revelación, conocidas popularmente en las calles de Roma como las «monjas verdes». Lo que hoy es una pujante comunidad dedicada a la evangelización y a la defensa del Magisterio nació de una intención criminal: el plan de un hombre para asesinar al Papa.

Todo comienza con Bruno Cornacchiola, un tranviario romano cuya vida estuvo marcada por la miseria y una profunda ignorancia religiosa. Su animadversión hacia la Iglesia Católica se radicalizó durante la Guerra Civil española (1936-1939), donde, influenciado por un militar alemán luterano, abrazó el protestantismo y un odio visceral hacia el Papado. Fue en Toledo donde Cornacchiola compró un puñal donde posteriormente grabaría una inscripción en el mango: «A muerte el Papa».

El 12 de abril de 1947, aquel hombre se encontraba en las inmediaciones de Tre Fontane, el lugar del martirio de San Pablo en Roma. Allí, mientras sus hijos Isola, Carlo y Gianfranco jugaban, Bruno buscaba el silencio necesario para terminar de redactar un discurso que debía pronunciar al día siguiente y con el que esperaba ascender en la jerarquía adventista: una feroz disertación titulada «María no es siempre Virgen e Inmaculada».

La «Bella Señora» de la gruta

Mientras Bruno escribía bajo un eucalipto, los niños perdieron una pelota y terminaron frente a una gruta oscura. Uno a uno, los pequeños cayeron de rodillas, extasiados, repitiendo: «Bella Señora, Bella Señora». Bruno, incapaz de mover a sus hijos y preso del pánico, clamó al cielo. Fue entonces cuando un velo cayó de sus ojos y contempló a la Virgen de la Revelación.

La visión no era la de una imagen de escayola. Era una mujer de mirada benigna, vestida con túnica blanca, faja rosa y un largo manto verde, el color de la hierba primaveral. Sus palabras fueron un bálsamo y un mandato: «Tú me persigues, ahora basta. Entra en el Redil Santo». En su mano derecha sostenía un libro: la Sagrada Escritura. Aquella aparición no solo cambió el corazón de Bruno, sino que anticipó dogmas como la Asunción, tres años antes de su proclamación oficial.

Aparición de la Virgen de la Revelación a Bruno Cornacchiola y sus hijos en la Gruta de Tre Fontane en Roma

Aparición de la Virgen de la Revelación a Bruno Cornacchiola y sus hijos en la Gruta de Tre Fontane en Roma

La Virgen, presentándose como «Aquella que está en la Trinidad Divina», dejó un mensaje centrado en el Magisterio y la obediencia al Papa. Urgió a los fieles a vivir los «Tres Blancos Amores» —la Eucaristía, la Inmaculada y el Santo Padre— como pilares fundamentales de la verdadera Iglesia de su Hijo. Además, pidió el rezo diario del Rosario por la conversión de los incrédulos y la unidad de los cristianos. Su invitación era una exhortación al apostolado: ser «misioneros de la Palabra de Verdad» en un mundo necesitado de fe.

El camino del reconocimiento de la Iglesia comenzó pronto, cuando Pío XII bendijo la imagen de la Virgen en 1947, permitiendo su traslado procesional hasta la gruta. A lo largo de las décadas, el Vicariato de Roma impulsó la devoción, confiando la custodia del lugar a los franciscanos y adquiriendo los terrenos para el futuro santuario. Finalmente, en 1997, San Juan Pablo II otorgó un sello definitivo de aprobación al denominar oficialmente el lugar como Santa María del Terzo Millennio alle Tre Fontane («Santa María del Tercer Milenio en las Tres Fuentes»).

La biblia protestante y la daga que Bruno Cornacchiola planeaba usar para asesinar al Papa Pío XII en 1947.

La biblia protestante y la daga que Bruno Cornacchiola planeaba usar para asesinar al Papa Pío XII en 1947.

El momento definitivo de la metamorfosis de Bruno llegó el 9 de diciembre de 1949, al término del Santo Rosario rezado por los conductores de tranvía romanos en la capilla privada de Pío XII. «¿Alguien de vosotros quiere hablar conmigo?», preguntó el Santo Padre al término de la oración. Bruno da un paso al frente, se arrodilla y le pide perdón por haber tenido la intención de matarlo; le entrega la Biblia protestante y el puñal en cuyo mango había escrito: «Muerte al Papa». El Papa responde sonriendo: «Querido hijo, con eso no habrías hecho más que dar un nuevo mártir a la Iglesia y un nuevo Papa al mundo».

Madre Prisca y la misión de las «monjas verdes»

Pero esta historia no quedó en una experiencia aislada, sino que tomó forma bajo el impulso decidido de la Madre Prisca, fundadora de las Misioneras de la Divina Revelación. Ella fue la encargada de canalizar el mandato de la Virgen —«Sed misioneros de la Palabra de Verdad»— hacia una vida de servicio incondicional y firme voluntad de servir a Jesucristo dentro de la Iglesia Católica. El carisma de la congregación se vertebra sobre los «Tres Blancos Amores» que la Virgen señaló como los puntos calificativos de la fe y el tesoro de la Iglesia que debe ser vivido con compromiso constante.

«Esta es la verdadera Iglesia», reiteraba Bruno, «la Iglesia que vive de Jesús en la Eucaristía, que reconoce en María Inmaculada a su madre muy amada, que obedece y defiende la santidad del Padre». «Amemos al Papa», concluye, «y vivamos esta unidad de amor y obediencia con Pedro. Quien no quiera vivirla se opone a la voluntad de Cristo, que quiere que los suyos sean perfectos en la unidad».

Estatua de la Virgen de la Revelación situada en la Gruta de Tre Fontane en Roma.

Estatua de la Virgen de la Revelación situada en la Gruta de Tre Fontane en Roma.

No se trata de una fórmula retórica; para estas religiosas, su Regla de Vida exige una fidelidad absoluta al Magisterio vivo. Buscan «pensar, amar y querer como la Iglesia de siempre», una máxima que la Madre Prisca defendió para evitar el riesgo de caer en interpretaciones subjetivas de la Sagrada Escritura, las cuales a menudo se utilizan para avalar ideas propias en lugar de la verdad revelada. La Virgen, al presentarse como «Aquella que está en la Trinidad Divina» —Hija del Padre, Madre del Hijo y Esposa del Espíritu Santo—, enfatizó que la verdadera Iglesia de su Hijo es el «Redil Santo», la corte celeste en la tierra fundada sobre Pedro y los Apóstoles.

Por ello, el carisma de las «monjas verdes» es, en esencia, un ejercicio de unidad de amor y obediencia con el Papa. Como afirmaba el propio Cornacchiola, quien no quiere vivir esta unidad con Pedro se opone directamente a la voluntad de Cristo, que desea que los suyos sean «perfectos en la unidad». Bajo la guía de la Madre Prisca, la congregación asumió la misión de ser guardianas de esta unidad, defendiendo la «Santidad del Padre» y reconociendo en María a la Madre amantísima que conduce siempre a la fuente pura del Evangelio.

Las «catequesis con arte»

La comunidad, que viste el distintivo hábito verde en honor al manto de la Virgen en Tre Fontane, desarrolla una intensa actividad apostólica. Su misión se resume en custodiar la Palabra de Dios, difundir la Divina Revelación y servir a través de la catequesis en todos los ambientes. Una de sus iniciativas más célebres en Roma es la «Catequesis con Arte».

Una misionera de la Divina Revelación hace de guia a un grupo de turistas por los Museos Vaticanos

Una misionera de la Divina Revelación hace de guia a un grupo de turistas por los Museos Vaticanos

Las hermanas utilizan la belleza de los Museos Vaticanos, la Basílica de San Pedro y las iglesias de la Ciudad Eterna para explicar los misterios de la fe, convencidas de que el arte es un lenguaje privilegiado para la evangelización. Además, han abrazado la tecnología, utilizando la web y las redes sociales para llegar a los más personas, respondiendo al mandato que la Virgen le dio a Bruno: «Sed misioneros de la Palabra de Verdad».

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