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Tomás Choi Yang-up

La causa de canonización de Thomas Choe Yang avanza tras el reconocimiento de un milagro atribuido a su intercesión por el Vaticano.

2.000 kilómetros a pie y un milagro médico: el padre Choi, «mártir del sudor», ya está más cerca de los altares

Los obispos coreanos anuncian el visto bueno de la comisión médica vaticana al proceso del padre Tomás Choi Yang-up, el segundo sacerdote nacido en Corea y compañero del primero, el mártir Andrés Kim

El primer sacerdote coreano, Andrés Kim (1821-1846), murió decapitado a los 26 años. Su compañero de seminario, Tomás Choi (1821-1861), falleció de fiebres tifoideas tras años de ministerio, durante los cuales recorrió 2.000 de kilómetros a pie por las montañas coreanas para atender a las comunidades cristianas. Mientras el martirio de sangre afianzó la fe y sostuvo a la Iglesia en el país, el ejemplo del segundo se ha consolidado como el referente del servicio extenuante en la clandestinidad del siglo XIX. La Iglesia en Corea del Sur ha recibido esta Semana Santa la confirmación de que el proceso para elevar a los altares a este último encara ya su fase definitiva.

La Comisión Médica del Dicasterio para las Causas de los Santos emitió el pasado 26 de marzo un dictamen favorable sobre un milagro ocurrido por intercesión de Choi. Declarado venerable por el Papa Francisco en 2016, al sacerdote solo le resta ahora el examen de la Comisión Teológica sobre el milagro y la firma del decreto del Papa para ser proclamado beato. Un paso técnico, pero de gran relevancia, para una comunidad que se prepara para acoger la próxima Jornada Mundial de la Juventud.

Una vida en la frontera

Nacido en una estirpe de mártires, Choi era hijo de san Francisco Choe, que sufrió torturas durante nueve meses hasta morir por las heridas y el agotamiento en prisión, y de la beata María Yi, que fue decapitada. Su destino parecía sellado por la persecución que asolaba la península, pero su campo de batalla no fue el cadalso, sino el camino. Tras formarse en Macao y ser ordenado en Shanghái en 1849, regresó a una Corea donde profesar el cristianismo se pagaba con la vida.

Durante doce años, ejerció un ministerio itinerante visitando aldeas remotas de difícil acceso para los misioneros occidentales. En sus escritos, Choi llegó a confesar una punzante sensación de «vergüenza» por no haber compartido el destino mártir de sus padres o de su amigo Andrés Kim. Sin embargo, su resistencia física terminó por quebrarse a los 40 años, cuando las fiebres tifoideas pusieron fin a una vida consumida por el apostolado.

El catecismo en versos

La figura de Choi, conocido como el «san Pablo de Corea», trasciende la mera supervivencia. Su labor fue la que dotó de herramientas intelectuales a una comunidad de fieles dispersa. Tradujo el catecismo y los libros de oración a la lengua local, pero su gran acierto fue la música. Para que los campesinos recordaran la doctrina, compuso himnos con melodías tradicionales coreanas, logrando que la fe se transmitiera de forma oral en un entorno de hostilidad absoluta.

Esta capacidad de adaptación y su entrega total le valieron el sobrenombre del «mártir del sudor». No hubo espada, pero sí un desgaste en favor de una Iglesia que entonces apenas contaba con clero nativo. Sus contemporáneos recordaron su muerte como la de un santo sacerdote que cumplió con fidelidad extrema sus deberes en las zonas más peligrosas del país.

Recta final hacia Seúl

La noticia del avance en la causa de beatificación ha coincidido con las celebraciones del Jueves Santo, jornada dedicada tradicionalmente al ministerio sacerdotal. Los obispos coreanos ven en este impulso procesal una señal clara de cara a agosto de 2027. Además, los plazos sugieren que la ceremonia de beatificación podría celebrarse durante el viaje apostólico que el Papa realizará a Corea del Sur con motivo de la JMJ.

Con este reconocimiento, el catolicismo coreano no solo honra a uno de sus sacerdotes pioneros, sino que presenta a los jóvenes de todo el mundo un modelo de vida marcado por la fidelidad y el sacrificio diario por amor a Dios. La figura del padre Choi conecta así el siglo de las persecuciones con una Iglesia que se prepara para ser el centro de congregación de miles de fieles el año que viene.

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