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Santa Rita de Casia por Giovanni Guida

Santa Rita de Casia por Giovanni GuidaPerrant / Wikimedia Commons

La mística de las «causas perdidas»: por qué los fieles siguen buscando el consuelo de Santa Rita cada 22 de mayo

La vigencia de su devoción radica en su capacidad para abrir puertas allí donde todo parece cerrado, recordándonos que para Dios nada es imposible

Cada 22 de mayo, miles de fieles en todo el mundo acuden a las iglesias con una rosa en la mano. Buscan el consuelo de una mujer que vivió en el siglo XIV y que hoy es conocida universalmente como la «abogada de las causas perdidas». Pero tras esta devoción masiva se esconde la historia de Santa Rita de Casia, una mujer cuya vida fue un testimonio de perdón y entrega absoluta a la Providencia en medio de la tragedia.

Nacida hacia 1380 en Roccaporena, Italia, Rita creció en un ambiente de fe sencilla. A los 16 años contrajo matrimonio con Paolo Manzini, un hombre de carácter violento vinculado a las luchas políticas de la época. Lejos de rendirse, Rita logró, a través de su paciencia y oración, la conversión de su marido.

Sin embargo, la paz duró poco. Paolo fue asesinado en uno de los conflictos de la zona. Pero Rita perdonó a los asesinos y tuvo que enfrentar una prueba aún más dura: sus dos hijos planeaban vengar la muerte de su padre. Ante el temor de que cometieran un pecado mortal, Rita pidió a Dios que prefería perderlos antes de verlos manchar sus manos de sangre; ambos enfermaron y murieron poco después.

El milagro del leño seco y la espina

Tras quedar sola, y después de un rechazo inicial por su pasado familiar, Rita ingresó en el convento agustino de Casia. Allí, su vida de obediencia dejó episodios que hoy forman parte de su iconografía, como el milagro del leño seco: cumpliendo una orden de su superiora, regó durante años un tronco sin vida hasta que este floreció convertido en una vid.

Su identificación con la Pasión de Cristo fue tal que recibió en su frente la herida de una espina de la corona de Jesús, una llaga que la acompañó durante los últimos 15 años de su vida. Poco antes de su muerte, en pleno invierno, ocurrieron otros signos prodigiosos: una rosa y dos higos florecieron en el jardín de su infancia en enero, algo humanamente imposible que ella interpretó como una señal de que su familia estaba en el cielo.

Rita falleció la noche del 21 al 22 de mayo de 1447. Su cuerpo, que permanece incorrupto y se venera en una urna de cristal en Casia, es hoy el destino de innumerables peregrinos. Se la considera la abogada de lo imposible porque no hubo herida —ya fuera personal, familiar o espiritual— que ella no afrontara con perseverancia y abandono en Dios. Su vida demuestra que, incluso en las situaciones que parecen un «leño seco», la gracia divina puede hacer florecer la esperanza.

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