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El «Milagro de San Francisco Javier» a bordo de la nao portuguesa Santa Cruz.

El regreso del Papa a la «Región de la Muerte» donde Francisco Javier encarnó el mandato de «prender fuego» a Oriente

El Santo Padre permanece hasta mañana en Guinea Ecuatorial, donde San Francisco Javier convirtió un navío de agonizantes en su primer altar misionero

Malabo se convierte estos días en el epicentro de la cristiandad africana. El Papa León XIV apura las últimas horas de su viaje apostólico por el continente, que concluirá este jueves 23 de abril. Pero bajo el sol de Guinea resuena también un recuerdo más antiguo, el del santo español Francisco Javier y su paso por estas costas en ruta hacia Oriente, en un episodio que Louis de Wohl recreó con elocuente fuerza narrativa en su obra El Oriente en llamas.

El silencio aterrador de las costas de Guinea

Cuando el navío Santiago enfiló las costas de Guinea en su ruta hacia Oriente, la expedición no se encontró con tormentas, sino con algo mucho más letal: una quietud absoluta. Aquellas aguas, bautizadas por Vasco de Gama como la 'Región de la Muerte', atraparon al santo en un escenario dantesco, donde «no soplaba ni una brizna de viento» y las velas caían «desmayadas».

El barco, convertido en un auténtico «buque fantasma», avanzaba sobre un mar plomizo mientras el sol abrasaba la piel de los setecientos hombres a bordo, dibujando, como relatan las crónicas, «círculos de fuego en torno a los ojos». Fue en este rincón de África donde Francisco Javier, mucho antes de pisar la India, comenzó a «prender fuego» al mundo con su ejemplo.

«Eso es lo que debe ser un sacerdote»

Mientras el Sucesor de Pedro recorre estos días las calles de Malabo entre la alegría desbordante de uno de los países que presenta el mayor porcentaje de católicos, hace casi cinco siglos Francisco Javier recorría las cubiertas de un navío marcado por el escorbuto y la agonía. La obra relata con crudeza cómo el santo, pese al agotamiento y a tener que ser sangrado en repetidas ocasiones por el doctor Saraiva debido a su debilidad, se negaba a descansar.

Su entrega en aquellas costas no conoció límites: compartía su escasa ración de agua putrefacta —un bien más valioso que los tesoros de las Indias en la Región de la Muerte— con quienes habían sido privados incluso de eso. Ante las protestas del médico que le advertía que no llegaría vivo a su destino si seguía comportándose «como si fuese el padre y la madre de cada uno», Javier respondía con la elocuencia de un gigante espiritual: «Eso es lo que debe ser un sacerdote».

Incluso en sus momentos de mayor delirio, cuando el calor de Guinea «chupaba la sangre a todos», el misionero solo hablaba de Dios con una lucidez que asombraba a los marineros, convirtiendo aquel hospital flotante dominado por la enfermedad y el miedo en un lugar donde se abría paso la presencia de Dios.

Un hilo de continuidad

No resulta difícil encontrar en aquella remota escena del siglo XVI una resonancia con algunos de los acentos que el Papa León XIV ha querido imprimir a su paso por África: la cercanía, la urgencia de la misión y la confirmación en la fe de sus hermanos. El Pontífice ha advertido con firmeza que la fe auténtica se ve a menudo amenazada por un «comercio supersticioso», en el que Dios queda reducido a un ídolo de conveniencia al que solo se recurre por interés.

«Cristo nos llama a la libertad: no quiere siervos ni clientes, sino que busca hermanos y hermanas a quienes dedicarse con todo su ser», ha sentenciado el Papa en Angola, instando a los fieles a no ver a Jesús como un simple «proveedor de servicios» o un instrumento para fines materiales.

Guinea Ecuatorial reabre hoy un recuerdo: la de una tierra que asomó en las crónicas de la evangelización bajo la huella indeleble de España, y que siglos después sigue necesitando de hombres que, como el santo navarro, escuchen en su alma el mandato que le dio Ignacio de Loyola a su querido amigo Javier antes de partir a las Indias: «Anda... Ve y prende fuego a todo».