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hoy es domingoJesús Higueras

«Se elevó al cielo y está sentado a la derecha de Dios»

Hay momentos en los que parece que nuestras heridas han levantado un muro infranqueable entre Dios y nosotros. Pero la Ascensión proclama precisamente lo contrario: no existe abismo humano capaz de expulsar a Cristo del corazón de la historia

La solemnidad de la Ascensión del Señor podría parecer, a primera vista, una despedida. Jesús asciende al cielo y desaparece de la mirada de sus discípulos. Sin embargo, el Evangelio muestra exactamente lo contrario: Cristo no se marcha abandonando al hombre, sino que inaugura una forma nueva y más profunda de su presencia. La Ascensión no significa distancia, ausencia o lejanía. Significa plenitud.

Los discípulos tuvieron que aprender algo decisivo: Jesús ya no estaría delante de ellos como antes, caminando por los senderos de Galilea o sentado a la mesa, pero precisamente por eso podría estar con todos, en todo lugar y en todo momento.

Cuando el Credo afirma que Cristo está «sentado a la derecha del Padre», no habla de un lugar físico, como si Dios tuviera un trono material en algún rincón del universo. Expresa una realidad mucho más grande: Jesucristo participa plenamente del poder, de la autoridad y de la vida misma de Dios. El mismo que compartió nuestra fragilidad, el mismo que lloró, sufrió y murió, es ahora Señor de toda la historia y de todo el universo. Nada queda fuera de sus manos.

Y esto cambia completamente la mirada del creyente sobre su propia vida. Porque muchas veces el hombre experimenta la sensación de que Dios está lejos. Sobre todo en la debilidad, en el pecado, en el sufrimiento o en la oscuridad interior. Hay momentos en los que parece que nuestras heridas han levantado un muro infranqueable entre Dios y nosotros. Pero la Ascensión proclama precisamente lo contrario: no existe abismo humano capaz de expulsar a Cristo del corazón de la historia.

Podemos alejarnos voluntariamente de Él. Podemos cerrarnos, endurecernos o vivir de espaldas a su amor. Pero incluso entonces, Cristo no deja de buscarnos. Su presencia no depende de nuestros sentimientos ni de nuestro estado de ánimo. Él permanece fiel. La Ascensión significa que ya no hay lugar donde el hombre pueda caer sin que Cristo pueda alcanzarlo.

Por eso Jesús promete el envío del Espíritu Santo. No deja solos a los discípulos ante el peso del mundo. El Espíritu Santo es la presencia viva de Dios dentro del corazón humano. Gracias a Él, la comunión con Cristo ya no depende de una cercanía física, sino de una inhabitación interior. Dios mismo viene a habitar en el hombre. El mismo Espíritu Santo suscita nosotros un deseo de comunión con Cristo Jesús que es más fuerte que nuestros pecados y nuestra debilidad.

Y ahí aparece una de las afirmaciones más consoladoras del cristianismo: ninguna pequeñez puede separarnos del amor de Dios. Ni nuestra pobreza, ni nuestras limitaciones, ni nuestras caídas tienen la última palabra. El cristiano no vive sostenido por su propia perfección, sino por la fidelidad de Cristo resucitado y glorificado.

La Ascensión no invita a mirar al cielo olvidándose de la tierra. Invita a descubrir que el cielo ya ha comenzado allí donde Cristo vive y actúa. Él sigue presente en su Iglesia, en la Eucaristía, en la fuerza silenciosa del Espíritu Santo y en cada corazón que se deja amar por Dios. Cristo no se ha ido. Está más cerca que nunca.