«Es una sombra»: la lección del rey Sisebuto contra el miedo al eclipse
Hace mil cuatrocientos años, la poesía astronómica de un rey visigodo ya servía como antídoto contra el pánico que hoy, paradójicamente, resurge en redes sociales
Eclipse total de sol
Un poco de Edad Media nos vendría bien. Suena a provocación, lo sé: «medieval» es nuestro insulto favorito para todo lo oscuro y supersticioso. Pero miren las redes estos días: advertencias de no salir de casa el miércoles, profecías de maremotos, el anuncio de que la Tierra perderá la gravedad durante siete segundos —cosa que la NASA sabría y ocultaría—. Los verificadores no dan abasto. Tantos siglos después, nuestros miedos ante un cielo que se apaga no han cambiado. Lo que sí ha cambiado, y no a nuestro favor, es la calidad de las respuestas.
Uno de los primeros textos hispanos dedicados a un eclipse lo escribió un rey. Corría el siglo VII —esa frontera donde la Antigüedad tardía se hace Edad Media— cuando unos eclipses de luna inquietaron a la Hispania visigoda, donde aquellos fenómenos arrastraban temores antiguos y explicaciones supersticiosas. El rey Sisebuto hizo entonces algo insólito: pidió a Isidoro de Sevilla que le explicara el cielo. Isidoro respondió con un tratado entero, el De natura rerum. Y el rey, no contento con leerlo, contestó a su vez con sesenta y un hexámetros latinos —el Carmen de luna— donde se queja primero de que los afanes del gobierno le roban el estudio, y explica después, con toda serenidad, que el eclipse no es presagio: es una sombra. Un rey godo escribiendo poesía astronómica contra la superstición, en diálogo con el sabio de Sevilla. La ciencia y la fe, en aquella escena, estaban del mismo lado.
Y no fue una excepción: fue el método. La tradición cristiana no necesitó negar las leyes del cielo para ver en él un lenguaje; al contrario, se sirvió de ellas. La liturgia canta desde hace siglos un sol oscurecido: el Viernes Santo, el responsorio Tenebrae factae sunt pone en gregoriano las tinieblas del Calvario; el Sábado Santo, Recessit pastor noster llora al Pastor «a cuyo tránsito el sol se oscureció». Y aquí viene el detalle que casi nadie conoce. San Lucas, según la lectura conservada por algunos de los manuscritos más antiguos, escribió toû hēlíou eklipóntos: el sol «faltó», se eclipsó. Es el mismo verbo del que procede nuestra palabra «eclipse». Pero los cristianos antiguos, que sabían astronomía, advirtieron enseguida el escándalo: la Pascua judía cae en luna llena, y un eclipse de sol exige luna nueva, con la luna en el lado opuesto del cielo. Julio Africano conservó la noticia de que el historiador Talo había llamado eclipse a aquellas tinieblas, y le respondió con el calendario en la mano: no pudo serlo. En plenilunio, ningún sol se eclipsa.
El Medievo guardó esa lección con precisión de relojero. Uno de los manuales de astronomía más difundidos en las universidades medievales, la Esfera de Sacrobosco, termina —en pleno tratado científico— con esta observación: la oscuridad de la Pasión no fue natural, sino milagrosa y contraria a la naturaleza, pues ocurrió en plenilunio; y por eso atribuye a Dionisio la exclamación: «o el Dios de la naturaleza padece, o la máquina del mundo se disuelve».
Esa es la lección que aquellos supuestos supersticiosos nos dejaron: conocer las leyes del cielo no vacía el signo, lo afina. Precisamente porque sabían cuándo el cielo sigue su curso, sabían reconocer cuándo, en el relato cristiano, aquellas leyes ya no bastaban para explicar lo ocurrido. Lo del miércoles será orden puro, creación obediente, digna del salmo: los cielos proclaman la gloria de Dios. Lo del Calvario fue otra cosa: no la luna cubriendo al sol, sino el Sol dejándose apagar.
Así que el miércoles, que nadie tenga miedo: es una sombra, como explicó el rey.
Claudio Campesato es sacerdote de la diócesis de Padua, Italia. Licenciado en Canto Gregoriano por el Pontificio Instituto de Música Sacra y en Sagrada Liturgia por el Pontificio Instituto Litúrgico de Sant’Anselmo.