Sargento polaco Franciszek Gajowniczek por quien san Maximiliano dío su vida
Un minuto para la eternidad: el instante en que un santo cambió su vida por la de un sargento en Auschwitz
Franciszek Gajowniczek, el polaco que fue salvado por otro compatriota, dedicó su existencia a dar testimonio del sacrificio que cambió para siempre su vida
El 29 de julio de 1941, en el bloque 14 del campo de concentración de Auschwitz, el destino de dos hombres se unió para siempre en un intervalo de apenas sesenta segundos. Tras la fuga de un prisionero, las autoridades nazis seleccionaron a diez hombres para morir de hambre como represalia. Entre los elegidos se encontraba Franciszek Gajowniczek, un sargento polaco que, al escuchar su nombre, rompió en llanto clamando por su esposa y sus hijos.
Fue en ese momento de desesperación cuando el prisionero número 16.670, un fraile franciscano llamado Maximiliano María Kolbe –cuya fiesta se celebra hoy–, dio un paso al frente. Ante el asombro de los guardias, el sacerdote se ofreció para ocupar el lugar de Gajowniczek, argumentando simplemente: «Soy un sacerdote católico y polaco, y no estoy casado». Aquel acto de amor absoluto selló la muerte del religioso, pero permitió que la historia de Franciszek se convirtiera en un testimonio vivo de redención.
Dos vidas marcadas por el deber
Franciszek Gajowniczek nació en 1901 en el seno de una familia humilde y desarrolló una carrera militar que lo llevó a defender Polonia durante la Segunda Guerra Mundial. Antes de ser capturado por la Gestapo en 1940, había formado un hogar en Varsovia junto a su esposa Helena y sus dos hijos, Bogdan y Juliusz.
Paralelamente, Kolbe había construido una inmensa obra de evangelización a través de la revista Caballero de la Inmaculada y la Milicia de la Inmaculada, que contaba con casi un millón de miembros. Su arresto en febrero de 1941 se debió a que sus actividades religiosas y publicaciones eran consideradas una amenaza para la ocupación alemana de Polonia, así como a su apoyo a la resistencia y a que había dado refugio a personas perseguidas, incluidos judíos. Aunque ambos no se conocían, sus biografías quedarían definitivamente entrelazadas en el búnker del hambre de Auschwitz.
Sobrevivir para honrar el sacrificio
El sacrificio de Kolbe no terminó con su muerte por inyección letal el 14 de agosto de 1941. Para Gajowniczek, el hecho de seguir vivo se convirtió en una importante responsabilidad. En 1942, cuando contrajo el tifus, sus compañeros de barracón lo ayudaron a luchar contra la enfermedad, recordándole que él era el hombre por quien un sacerdote había dado la vida. «Si el padre Kolbe murió por mí, ¿cómo iba a desperdiciar su sacrificio?», recordaría años más tarde.
Al finalizar la guerra en 1945, Franciszek regresó a su hogar solo para descubrir que sus dos hijos habían fallecido en un bombardeo soviético. A pesar del inmenso dolor, y con el apoyo de su esposa Helena, dedicó el resto de sus días a narrar lo sucedido. En 1946, publicó su testimonio titulado La Voz del Sobreviviente. Gajowniczek defendió siempre que fue su fe religiosa la que le permitió mantenerse en pie en los momentos más oscuros, una devoción que se intensificó tras presenciar el heroísmo de Kolbe.
Gajowniczek recorrió Europa y Estados Unidos compartiendo su historia e incluso asistió a la canonización de su salvador por parte de Juan Pablo II en 1982. Falleció en 1995, a los 94 años, y sus restos descansan en Niepokalanów, el monasterio fundado por el propio Maximiliano Kolbe.