Fundado en 1910
Maximiliano María Kolbe, mártir (1894-1941)

Maximiliano María Kolbe, mártir (1894-1941)

16.670: Maximiliano Maria Kolbe, el número que se ofreció morir en Auschwitz para salvar un padre de familia

Hoy, 14 de agosto, se cumple el aniversario del sacrificio de este fraile y sacerdote polaco, quién 'robó' una condena a muerte para convertir un búnker de hambre en lugar de oración

El Diccionario de la lengua española define «héroe» como la «persona que realiza una acción muy abnegada en beneficio de una causa noble». En Auschwitz, aquella definición tuvo un rostro, un nombre y un número: Maximiliano María Kolbe, el prisionero 16.670. Pero antes de que su nombre quedara ligado a uno de los episodios más conocidos del campo, otro hombre fue condenado a morir.

En julio de 1941, tras la fuga de un prisionero, el protocolo se activó con precisión: diez hombres morirían por cada evadido. Entre las filas de prisioneros famélicos, un grito rompió el silencio. Franciszek Gajowniczek, un sargento polaco, sollozaba por su esposa y sus hijos al verse seleccionado para morir en el búnker del hambre. Fue entonces cuando ocurrió lo impensable.

Un hombre de mirada serena y cuerpo castigado por la tuberculosis dio un paso al frente. Kolbe se ofreció voluntariamente a morir en su lugar, diciendo: «Yo me ofrezco para sustituir a este hombre, soy sacerdote católico y polaco, y no estoy casado». Aquel paso al frente tuvo una consecuencia concreta: Gajowniczek viviría y Kolbe moriría en su lugar. Pero, sobre todo, convirtió su propia muerte en el último acto de una vida entregada a Cristo.

El hombre que aceptó las dos coronas

La radicalidad de aquel gesto en el bloque 11, donde se encontraban las celdas destinadas a los condenados a morir de hambre, no fue un impulso momentáneo, sino el desenlace de una vida forjada en la audacia. Nacido como Raimundo Kolbe en 1894, su infancia estuvo marcada por una visión profética donde la Virgen le ofreció dos coronas: la blanca de la pureza y la roja del martirio. Kolbe, lejos de amedrentarse, eligió ambas.

Antes de ser un mártir, fue un visionario de la comunicación. Entendió que la fe necesitaba los medios de su tiempo y fundó la Milicia de la Inmaculada, llegando a dirigir un imperio editorial con el periódico Caballero de la Inmaculada, que alcanzó tiradas de casi un millón de ejemplares en 1939. Fue precisamente ese celo apostólico y su carácter audaz en la defensa de su fe lo que lo situó en la lista negra del Tercer Reich.

Este movimiento, que Kolbe comenzó a gestar durante sus años de estudio en la Ciudad Eterna, nació con el propósito fundamental de promover la devoción a la Virgen María. Lejos de ser una simple asociación, la Milicia fue concebida como una herramienta para conquistar almas para la Inmaculada, convirtiéndose en el motor de un incansable trabajo misionero para la extensión del Evangelio.

Quince días que cambiaron el bloque del hambre

La condena en la celda subterránea estaba diseñada para degradar al hombre. Sin embargo, Kolbe transformó aquel rincón de desesperación. Durante quince días sin comer ni beber, el búnker no se llenó de gritos, sino de oraciones y cánticos. Kolbe alentó a sus nueve compañeros hasta el final, sobreviviendo más tiempo de lo previsible la mayoría de ellos.

Después de dos semanas, el 14 de agosto de 1941, ante la resistencia de su organismo, los verdugos administraron al sacerdote polaco una dosis letal de fenol. Kolbe murió con la misma serenidad con la que escribió su última carta a su madre desde el campo: «El buen Dios está en todas partes y piensa con gran amor en todos».

Resulta inevitable preguntarse qué pasó por la mente de los soldados nazis al contemplar semejante panorama en aquella celda. O qué quedaría en el corazón de aquel teniente que vio cómo un hombre rompía filas y se ofrecía a morir por un padre de familia al que ni siquiera conocía.

¿Qué le movía a hacerlo? ¿Qué puede llevar a un hombre a aceptar voluntariamente el sufrimiento y la muerte por otro? Quizá Dante lo resumió mejor que nadie en el último verso de la Divina Comedia: «El amor que mueve el sol y las demás estrellas». En Auschwitz, Kolbe no encontró una explicación para la muerte. Encontró una razón para entregar la propia vida.

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas