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Francisco Ribalta representa a Jesús abrazando con ternura a San Bernardo de Claraval

San Bernardo en cinco claves: el abad que recordó a la Iglesia que la fe es ante todo un encuentro personal con Jesús

Hoy, en su festividad, su mensaje conserva toda su fuerza: frente a un mundo saturado de ruido, el santo de Claraval vuelve a señalar el camino de la oración, el silencio y el encuentro personal con Cristo

Antes de que Europa aprendiera a buscar a Dios entre los argumentos de los grandes maestros de la escolástica, San Bernardo de Claraval lanzó una advertencia que sigue resonando nueve siglos después: a Dios no se le conquista con la lógica, sino que se le encuentra con el corazón. En pleno siglo XII, cuando la teología comenzaba a adentrarse en los laberintos de la razón, el monje cisterciense reivindicó la primacía de la oración, la contemplación y el amor a Cristo.

Conocido como el «Doctor Melifluo» porque su alabanza a Jesús fluía como la miel, Bernardo fue mucho más que un monje retirado del mundo. Reformador del Císter, consejero de Papas y una de las voces espirituales más influyentes de su tiempo, se convirtió en el gran defensor de una fe entendida como encuentro personal e íntimo con Jesucristo.

Hoy, en su festividad, su mensaje conserva toda su fuerza: frente a un mundo saturado de ruido, el santo de Claraval vuelve a señalar el camino de lo esencial, aprender a buscar a Dios con la oración y a reclinar la cabeza, como san Juan, sobre el único corazón capaz de dar sentido a la existencia. Desgranamos la figura de este santo en cinco claves fundamentales, partiendo de la profunda audiencia general que Benedicto XVI dedicó en 2009 al «último de los Padres» de la Iglesia.

1. El «último de los Padres» y reformador del Císter

Nacido en 1090 en el seno de una familia acomodada en Francia, Bernardo decidió a los veinte años entrar en el Císter, una fundación monástica que buscaba una práctica más rigurosa y ágil de los consejos evangélicos. Solo cinco años después, fue enviado a fundar el monasterio de Claraval, donde consolidó una vida de sobriedad, moderación y profunda solicitud por los pobres. Su capacidad para hacer presente la gran teología de los siglos anteriores en pleno siglo XII le valió el título de «último de los Padres de la Iglesia».

2. El Doctor Melifluo: la dulzura de Jesucristo

La tradición lo conoce como el Doctor Mellifluus porque su alabanza a Jesucristo «fluye como la miel». Frente a las complejas discusiones dialécticas y filosóficas de su tiempo, Bernardo insistía en que solo Jesús es «miel en la boca, cántico en el oído y júbilo en el corazón». Para el santo, el verdadero conocimiento de Dios no nace de la abstracción, sino de la experiencia personal y profunda del amor de Cristo, una amistad que todo cristiano está llamado a cultivar.

3. Teología de rodillas: orar antes que discutir

San Bernardo mantuvo una célebre disputa intelectual con Abelardo, criticando el uso excesivo del método dialéctico-filosófico en la fe. ¿Cuál era su premisa? A Dios se le busca mejor y se le encuentra más fácilmente «con la oración que con la discusión». Advirtió que, sin una fe alimentada por la contemplación, las reflexiones sobre los misterios divinos corren el riesgo de convertirse en un «vano ejercicio intelectual» sin credibilidad.

4. «Per Mariam ad Iesum»: la devoción mariana

Bernardo es uno de los grandes pilares de la mariología. Defendió que, a través de María, somos llevados a Jesús («per Mariam ad Iesum») y describió de forma apasionada la participación de la Virgen en el sacrificio redentor de su Hijo. Su devoción fue tan célebre que siglos después Dante Alighieri, en la Divina Comedia, puso en labios de Bernardo la oración final a la Virgen en el Paraíso. Su consejo para los momentos de dificultad sigue vigente: «En los peligros, en las angustias, en las dudas, piensa en María, invoca a María».

5. Defensor de la justicia y consejero de Papas

Más allá de los muros del monasterio, Bernardo fue un hombre de acción. Defendió a los judíos contra los brotes de antisemitismo de su época y luchó contra las herejías que despreciaban el cuerpo humano. Además, fue guía espiritual de su alumno Bernardo Pignatelli, elegido Papa como Eugenio III, a quien dedicó el tratado De Consideratione, un texto que todavía hoy se recomienda como lectura para los Pontífices por su profunda visión del misterio de la Iglesia.