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León XIV junto a miembros de la Curia durante los ejercicios espirituales

León XIV junto a miembros de la Curia durante los ejercicios espiritualesVatican News

¿Cómo deberían ser los colaboradores del Papa? Varden los define como hombres de «probada santidad, pronta obediencia y serena paciencia»

El obispo de Trondheim reflexiona en su retiro de Cuaresma sobre el tratado De Consideratione, donde el místico del Císter recuerda que la gestión de la Iglesia no depende de estructuras, sino en gran medida de la calidad humana y la oración

En la décima conferencia de su retiro cuaresmal, el obispo Erik Varden ha rescatado la vigencia de San Bernardo de Claraval y su tratado Sobre la consideración, una obra que el santo escribió originalmente para su hermano de comunidad, el monje Bernardo dei Paganelli, tras ser elegido Papa como Eugenio III en 1145.

Destaca que, frente a los problemas de la Iglesia, el místico del Císter no propone soluciones institucionales, sino una actitud intelectual y espiritual concreta: la consideración, definida como «la búsqueda del pensamiento de la verdad, o la búsqueda de una mente para descubrir la verdad» en los asuntos humanos contingentes.

La clave del buen gobierno eclesial, según explica Varden citando a San Bernardo, reside en la elección de los colaboradores. «Cuanto mejor se gestionen las oficinas centrales de la Iglesia, mayor será el beneficio para la Iglesia en todo el mundo», afirma.

Las cualidades que Bernardo subraya y que el prelado noruego rescata, es que se requieren personas de «probada santidad, pronta obediencia y serena paciencia», que sean «fieles en el servicio, inclinados a la paz y deseosos de unidad». Estas figuras, lejos de confiar únicamente en su eficiencia técnica, son personas que «se dedican habitualmente a la oración y, en cada empresa, depositan más confianza en ella que en su propia laboriosidad o trabajo».

La primacía de la vida interior

Para Varden, esta forma de proceder permite que la Iglesia refleje «la organización de las jerarquías angélicas» y cumpla su misión principal de glorificar a Dios. La meditación define a la divinidad como una «voluntad omnipotente, virtud benévola, razón inmutable» que, por amor, busca compartir su felicidad con el hombre. Por ello, cualquier prelado debe ser, ante todo, un hombre íntegro y «amigo del Esposo», cuya gestión de los asuntos prácticos nazca de una consideración iluminada por lo divino.

Al considerar primero cómo Dios «nos ensancha para recibirlo» y «nos justifica para merecerlo, nos guía en la justicia, nos moldea en la benevolencia, nos ilumina con el conocimiento», las decisiones administrativas quedan automáticamente «iluminadas, ordenadas y bendecidas». Solo desde esta integridad y santidad personal es posible transformar el gobierno de lo cotidiano en un reflejo de la inmortalidad.

La meditación además aborda la dureza del oficio pastoral a través de la imagen de la «sarcina» o bulto de legionario, concepto utilizado por San Agustín para describir la carga episcopal. Varden recuerda que esta responsabilidad solo resulta insoportable si se vive desde el rechazo, citando las palabras del obispo de Hipona: «Lleva tu propia carga hasta el final. Si la amas, será ligera. Si la odias, será pesada». La conclusión de Varden es una llamada a la confianza, recordando que el depósito confiado pertenece a Cristo y será Él quien lo recupere en el momento determinado.

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