Fundado en 1910

Franz Stock fue un sacerdote católico conocido por ayudar a los prisioneros franceses en la represión nazi en París

El «arcángel del infierno»: el cura alemán que consoló a los condenados de París y salvó el alma de Europa

Siendo capellán en las prisiones de París, brindó consuelo espiritual a miles de reclusos y acompañó a numerosos condenados a muerte en sus momentos finales

El 28 de febrero de 1948, en la iglesia de Saint Jacques du Haut-Pas de París, un grupo minúsculo de apenas doce personas acompañaba el féretro de un sacerdote alemán que acababa de fallecer repentinamente a los 43 años de edad. El entierro en el cementerio de Thiais fue miserable, casi clandestino. Sin embargo, entre la modesta comitiva destacaba una figura de enorme peso: el nuncio apostólico en Francia, monseñor Angelo Roncalli —el futuro Papa Juan XXIII—, quien ofició personalmente la consagración del difunto. Al despedirlo, pronunció unas palabras: «El abad Franz Stock no es solo un nombre: es un programa».

Aquel humilde sacerdote, fallecido en la soledad de la posguerra, se convirtió en una de las figuras más extraordinarias del siglo XX. Joseph Folliet, intelectual de la renovación espiritual francesa de los años cincuenta, llegó a afirmar que pocas biografías cristianas han dejado un testimonio tan duradero para el futuro de la Iglesia y la paz de Cristo como la suya. Pero, ¿cómo logró este párroco alemán ganarse el título de «el arcángel del infierno» entre aquellos que eran los enemigos jurados de su patria?

Una vocación moldeada en la confianza de la Providencia

Nacido en Neheim en 1904, en el seno de una sencilla familia obrera de nueve hermanos, el joven Franz Stock fue un estudiante promedio que no destacaba de manera particular entre sus compañeros. Sin embargo, la chispa de su vocación prendió muy temprano: a los doce años ya sabía que quería ser sacerdote.

Su vivencia de la fe estuvo marcada desde el principio por un profundo anhelo de reconciliación y paz internacional. En 1926, mientras estudiaba teología, participó en el histórico encuentro pacifista de Bierville, organizado bajo el lema «¡Paz a través de la juventud!». Aquella experiencia le abrió las puertas de Francia. En la Pascua de 1928, se trasladó a estudiar al Institut Catholique de París, convirtiéndose en el primer estudiante de teología alemán en Francia desde la Edad Media. Allí ingresó en los «Compagnons de Saint François», una asociación cuyo ideal era la vida sencilla y la construcción activa de la paz.

Cuando el 15 de marzo de 1931 recibió la ordenación subdiaconal, Stock escribió a sus padres una carta que revela la hondura de su abandono espiritual: «Durante estos días estoy dando el paso decisivo hacia el sacerdocio... Soy consciente de toda mi debilidad, pero tengo una gran confianza en Aquel que nos fortalece. Hay una regla de la Divina Providencia en todo mi desarrollo». Al año siguiente fue ordenado sacerdote. En el recordatorio de su primera misa plasmó una cita de la Primera Carta de San Pedro que guiaría toda su existencia: «Purificad vuestras almas por la obediencia a la verdad, para un amor fraternal sincero, y amaos unos a otros de corazón».

El «ministro en el infierno» de la ocupación nazi

En 1934, Stock regresó a París como rector de la parroquia alemana de San Bonifacio. El estallido de la Segunda Guerra Mundial en 1939 lo obligó a regresar apresuradamente a Alemania, pero el destino —o la Providencia que él tanto veneraba— lo reclamó de nuevo en la capital francesa en octubre de 1940, ya bajo la ocupación alemana.

En 1941 comenzó el capítulo más dramático de su vida: su designación como capellán de las prisiones parisinas de Fresnes, La Santé y Cherche-Midi, y de la zona de fusilamiento del Mont Valérien. Durante los tres años siguientes, por estas cárceles pasaron aproximadamente 11.000 prisioneros. La tarea diaria del abad consistía en asistir espiritualmente a los encarcelados y preparar a los condenados a muerte para su ejecución. Fueron los propios franceses quienes, conmovidos por su inmensa compasión en medio de la barbarie de la guerra, le otorgaron ese apelativo: L'Archange de l'enfer (El arcángel del infierno)

Su diario de aquellos años se convirtió en un registro de dolor y redención. Aunque anotó formalmente 863 ejecuciones, poco antes de morir confesó a un allegado que la cifra real de fusilamientos a los que tuvo que asistir superaba los 2.000 (el monumento conmemorativo del Mont Valérien eleva el número a más de 4.500).

En medio de la barbarie, Franz Stock cruzó las líneas del odio. Se despojó de su identidad nacional para vestir únicamente la de Cristo. Consoló a los miembros de la Resistencia francesa en sus últimas horas, convirtiéndose para ellos en un faro de humanidad dentro de la pesadilla de la ocupación. El agradecimiento de las familias francesas de los fusilados y encarcelados quedó inmortalizado años después, cuando fueron ellos mismos quienes costearon su nueva lápida en el cementerio de Thiais con una única palabra grabada: «PAX».

El seminario de las alambradas: la reconstrucción de la esperanza

Con la liberación de París en agosto de 1944, Stock rechazó ser evacuado. Se quedó en el Hospital de la Pitié atendiendo a cientos de heridos alemanes y aliados no aptos para el transporte. Cuando las fuerzas estadounidenses asumieron el control del hospital, el abad Franz Stock fue internado como prisionero de guerra, recibiendo el número de prisionero US/PWIB/31 G/820 274.

Pero su misión no había terminado. La Aumônerie Général de París concibió un proyecto inédito y contactaron con Stock para llevarlo a cabo: crear un pequeño seminario para los estudiantes de teología alemanes que estaban dispersos y cautivos en diversos campos de prisioneros de guerra. Querían darles la oportunidad de continuar su camino al sacerdocio y prepararlos para la futura reconstrucción espiritual de Alemania.

Interior de un barracón con literas de madera y prisioneros reunidos en el Séminaire des Barbelés (el seminario de alambre de espino), el campo para prisioneros de guerra alemanes que eran seminaristas o sacerdotes católicos tras la Segunda Guerra Mundial

En agosto de 1945, el seminario se instaló en el Campamento Dépôt 501, cerca de Chartres. Allí, bajo la dirección de Stock y la protección de la Virgen de la catedral, un grupo que llegó a contar con 160 seminaristas simultáneos comenzó a estudiar teología detrás del alambre de espino. El nuncio apostólico Roncalli visitó el campo con frecuencia. En la Navidad de 1946, portando la bendición papal, declaró ante los seminaristas: «El seminario de Chartres es digno de elogio tanto para Francia como para Alemania. Es sumamente apto para convertirse en un signo de entendimiento y reconciliación».

En la clausura del seminario, en junio de 1947, por el que habían pasado un total de 949 alumnos y profesores, Stock pronunció un discurso que muchos calificaron de profético, condensando el verdadero sentido de la fe en tiempos de ruina: «Bastará con uno de los hombres santos que la supervisión divina ha elegido para salvar nuestra época. Es la Providencia la que nos lanza esta llamada a la santidad a través de la voz de la historia, y debemos escucharla para llevar al mundo el mensaje de libertad y paz, de salvación y amor».

Un legado que unió a dos naciones enemigas

El abad Franz Stock falleció de forma repentina el 24 de febrero de 1948. Sin embargo, la semilla de reconciliación que sembró germinó con fuerza indestructible. En julio de 1949, la catedral de Los Inválidos de París acogió la primera ceremonia de conmemoración pública en su honor. Era la primera vez en la historia que se honraba a un alemán en aquel emblemático templo nacional francés.

En 1963, mientras Konrad Adenauer y Charles de Gaulle firmaban el histórico Tratado del Elíseo para sellar la reconciliación franco-alemana, los restos del abad Franz Stock eran exhumados en París y trasladados a la iglesia de Saint-Jean-Baptiste de Chartres. El Papa Juan XXIII, postrado en su lecho de muerte, insistió en firmar de su puño y letra un telegrama de bendición apostólica para solemnizar el traslado; una rúbrica que quedó como su testamento espiritual.

Hoy, Franz Stock descansa a la sombra de la aguja de la catedral de Chartres. En las ceremonias posteriores, Jefes de Estado como Helmut Kohl y Nicolas Sarkozy, junto a antiguos miembros de la Resistencia, se han inclinado ante su tumba y sus memoriales. El «arcángel del infierno» demostró con su vida que, incluso en el abismo más oscuro del odio humano, la vivencia radical de la fe y el amor fraterno son capaces de reconstruir el alma de un continente entero.