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El cardenal József Mindszenty

El cardenal József Mindszenty

El cardenal que no se doblegó ante la tortura, prisión y persecución comunista y sostuvo la fe del pueblo húngaro

József Mindszenty denunció que Hungría estaba cercada por el nazismo desde Occidente y el comunismo desde Oriente, negándose a permitir que la nación fuera forzada al «suicidio»

Tal como se recoge en las páginas de la Revista Humanitas, la existencia de József Mindszenty estuvo marcada, al igual que Simón de Cirene, por la cruz con la cual era crucificado su pueblo. Sin embargo, para entender al gigante que desafió al bloque soviético, hay que retroceder a su juventud, mucho antes de vestir la púrpura.

La vocación de resistencia de Mindszenty empezó siendo un joven sacerdote. En 1919 ya conoció la persecución y la cárcel bajo el efímero pero violento régimen comunista de Béla Kun. Aquella temprana experiencia frente al totalitarismo marcó su carácter: entendió antes que nadie que la fe sería el último bastión de libertad para los húngaros.

Tras ese primer bautismo de fuego, Mindszenty fue durante 27 años párroco en una ciudad al oeste de Hungría, donde se convirtió en un padre para sus fieles. Sería esa profunda unión con el pueblo lo que le dio la fuerza necesaria para lo que vendría después.

Un confesionario sin telarañas

En marzo de 1944, con Europa en llamas, el Papa Pío XII buscaba un líder que no se doblegara. Intuyendo su extraordinaria fortaleza, lo nombró obispo de Veszprém. «He predicado la palabra de Dios. He celebrado tantas Santas Misas para vosotros. He administrado los sacramentos: puedo decir que en mi confesionario jamás se han formado telarañas. Nuestras almas estaban muy unidas. Pase lo que pase, nunca creáis que el sacerdote puede ser enemigo de sus fieles. El sacerdote pertenece a cada familia y vosotros formáis parte de la gran familia de vuestro pastor (…)», escribía despidiéndose. Aquella entrega total al sacerdocio explica la serenidad y firmeza con la que Mindszenty soportó las horas más oscuras de su vida.

Su ascenso al episcopado coincidió con lo que él denominó «la hora de las tinieblas», un periodo trágico donde Hungría se vio atenazada por el «peligro negro» desde el Occidente nazi y el «peligro rojo» desde el Oriente soviético. Su valentía fue inmediata. Se opuso al gobierno nazi de Hungría, afirmando que nadie tenía autoridad para forzar a una nación al «suicidio». Por ello, pasó la Navidad de 1944 en una celda, celebrando misa para prisioneros mientras las bombas caían sobre Budapest.

Al finalizar la guerra, Pío XII lo nombró cardenal en 1946 con una advertencia: «Serás el primero en soportar el martirio simbolizado por este color rojo». Efectivamente, el régimen comunista, instalado tras el avance soviético, lo identificó como su enemigo número uno debido a su inmensa autoridad moral y su denuncia de los atropellos y abusos del régimen.

En 1948 fue arrestado y sometido a un proceso-farsa tras sufrir torturas físicas y psíquicas ininterrumpidas. El hombre enérgico aparecía ante el mundo consumido por las semanas de torturas, los fármacos y el maltrato para forzar una confesión falsa. Condenado a cadena perpetua, el Papa denunció que buscaban «herir al pastor para dispersar al rebaño».

Un exilio por amor a la Iglesia

Tras ser liberado brevemente en 1956 durante el levantamiento popular, Mindszenty tuvo que refugiarse en la Embajada de Estados Unidos en Budapest ante el avance de los tanques soviéticos. Allí permaneció quince años como un observador silencioso e impotente de la situación de su país. En 1971, por petición expresa de Pablo VI –quien buscaba mejorar las condiciones de la Iglesia mediante la diplomacia–, aceptó abandonar su patria. Calificó el exilio como «la cruz más pesada de su vida», pero aceptó por obediencia. El golpe definitivo llegó en 1974, cuando el Papa declaró vacante su sede de Esztergom para poder nombrar nuevos obispos que atendieran a los fieles.

Mindszenty murió en Viena un año después, dejando escrito que el relato de su cruz solo buscaba recordar al mundo «la cruz de Hungría y su Iglesia». Hoy, totalmente rehabilitado por el Estado húngaro y venerado por la Iglesia como un mártir, su tumba en Esztergom es lugar de incesante peregrinación, recordando que, a pesar de las mayores tiranías y barbaries, la verdad del Evangelio sigue siempre iluminando el mundo.

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