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Fotografía tomada el 13 de mayo de 1981 que muestra a Juan Pablo II cayendo tras tras ser alcanzado por los disparos

Fotografía tomada el 13 de mayo de 1981 que muestra a Juan Pablo II cayendo tras tras ser alcanzado por los disparosEFE

«La oración es más fuerte que las balas»: la magistral lección de Ratzinger para descifrar el tercer secreto de Fátima

El entonces prefecto de la Doctrina de la Fe aclaró que estas visiones actúan como una brújula para identificar los «signos de los tiempos», buscando siempre «movilizar las fuerzas del cambio hacia el bien»

Hay fechas del calendario que quedan marcadas a fuego. Es el caso del 13 de mayo, el recordatorio de un diálogo entre el Cielo y la Tierra que comenzó en 1917 y marcaría la historia de la Humanidad, cuando una mujer «más brillante que el sol» se apareció a tres niños que pastoreaban ovejas en Cova da Iria, Portugal. Lucía, Francisco y Jacinta recibieron entonces un mensaje que atravesaría el siglo XX: la importancia de la oración, especialmente en el rezo diario del Rosario, la penitencia por la conversión de los pecadores y la reparación por las ofensas a Dios.

Pero además, la Virgen confió a los tres pastorcillos tres secretos. El primero fue una visión del infierno, que marcó profundamente a los niños y reforzó su oración por la conversión de los pecadores. El segundo tenía un contenido profético: advertía sobre conflictos mundiales, los totalitarismos, la expansión del comunismo y las consecuentes persecuciones a la Iglesia. Además, la Virgen pidió la consagración de la humanidad –y de manera especial de Rusia– al Inmaculado Corazón de María. Juan Pablo II lo haría en marzo de 1984.

¿Cuál es el tercer secreto?

Pero durante décadas, un sobre cerrado en los archivos vaticanos alimentaba todo tipo de teorías. ¿Cuál era el tercer secreto? ¿Predecía el fin de los tiempos? ¿El colapso de la Iglesia? Lo que la Virgen reveló a los tres niños que apenas sabían leer no era un guion de cine sobre un destino inevitable, sino una advertencia dirigida a la conciencia de la humanidad.

El tercer misterio, escrito por sor Lucía en 1944 y enviado a Roma en 1957, fue leído por Juan XXIII y Pablo VI, quienes decidieron que seguiría siendo lo que hasta entonces había sido: un secreto. No fue hasta que la sangre de un Papa manchó el empedrado de la Plaza de San Pedro, el 13 de mayo de 1981, cuando el contenido de aquella carta cobró una dimensión profética irreversible. Tras recuperarse de los disparos que casi le cuestan la vida, Juan Pablo II pidió leer el manuscrito que describía una visión sobrecogedora.

Tercera parte del secreto. Traducción de la carta de sor Lucía en 1944

«Después de las dos partes que ya he expuesto, hemos visto al lado izquierdo de Nuestra Señora un poco más en lo alto a un Ángel con una espada de fuego en la mano izquierda; centelleando emitía llamas que parecía iban a incendiar el mundo; pero se apagaban al contacto con el esplendor que Nuestra Señora irradiaba con su mano derecha dirigida hacia él; el Ángel señalando la tierra con su mano derecha, dijo con fuerte voz: ¡Penitencia, Penitencia, Penitencia! Y vimos en una inmensa luz qué es Dios: «algo semejante a como se ven las personas en un espejo cuando pasan ante él» a un Obispo vestido de Blanco «hemos tenido el presentimiento de que fuera el Santo Padre». También a otros Obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas subir una montaña empinada, en cuya cumbre había una gran Cruz de maderos toscos como si fueran de alcornoque con la corteza; el Santo Padre, antes de llegar a ella, atravesó una gran ciudad medio en ruinas y medio tembloroso con paso vacilante, apesadumbrado de dolor y pena, rezando por las almas de los cadáveres que encontraba por el camino; llegado a la cima del monte, postrado de rodillas a los pies de la gran Cruz fue muerto por un grupo de soldados que le dispararon varios tiros de arma de fuego y flechas; y del mismo modo murieron unos tras otros los Obispos sacerdotes, religiosos y religiosas y diversas personas seglares, hombres y mujeres de diversas clases y posiciones. Bajo los dos brazos de la Cruz había dos Ángeles cada uno de ellos con una jarra de cristal en la mano, en las cuales recogían la sangre de los Mártires y regaban con ella las almas que se acercaban a Dios».

La brújula de Ratzinger: la oración es más fuerte que el mal

Para muchos, leer que el Papa caía «muerto» bajo los disparos resultó confuso cuando Juan Pablo II había sobrevivido. Fue aquí donde la mente lúcida de Joseph Ratzinger como prefecto de la Doctrina de la Fe intervino para explicar que Fátima no anuncia un destino fatal e inamovible, sino que busca «movilizar las fuerzas del cambio hacia el bien». En este «espejo» profético, el siglo XX se despliega como un inmenso Vía Crucis donde la Cruz, erigida en la cumbre, se levanta como el único signo de orientación capaz de transmutar la ruina en salvación.

El comentario teológico subraya que la libertad humana es el factor determinante que puede alterar el guion de la historia. Aunque la visión describía la muerte de un «Obispo vestido de Blanco», el atentado contra Juan Pablo II demostró que no existe un destino inamovible, pues la oración fue capaz de intervenir en el curso de los acontecimientos. Ratzinger fue contundente al afirmar que lo sucedido en 1981 evidenció que «la fe y la oración son poderosas, que pueden influir en la historia, y que al final, la oración es más fuerte que las balas». El mismo Papa polaco lo explicó con las siguientes palabras: « ...fue una mano materna a guiar la trayectoria de la bala y el Papa agonizante se paró en el umbral de la muerte».

El mensaje del futuro Benedicto XVI extrae de Fátima es uno de esperanza invicta, resumido en el triunfo del Corazón Inmaculado. Este triunfo no es una victoria militar, sino la certeza de que un «corazón abierto a Dios» tiene más fuerza que «los fusiles y cualquier tipo de arma». Al final de un siglo marcado por el martirio y el sufrimiento, la visión de los ángeles recogiendo la sangre de los testigos bajo la Cruz nos recuerda que ningún dolor es estéril. La última palabra de la historia no la tiene el mal, sino el amor misericordioso que, a través de la fe, es capaz de transformar las conciencias y vencer al mundo.

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