Tiene 12 hijos, estuvo en China y se dice «una madre normal» | Irene Alonso | Rebeldes Podcast #31
12 hijos, un año de misión en China y miles de seguidores en redes: «Nuestra vida no consiste en hacer, sino en dejarse hacer por Dios»
Irene Alonso comparte en el podcast 'Se buscan rebeldes' cómo la muerte de su cuarta hija redefinió su matrimonio y su confianza absoluta en la Providencia
actualmente, la edad para contraer matrimonio roza los 39 años y la paternidad se pospone o se evita. Pero en todas las épocas de la historia se encuentran esos 'rebeldes' valientes que dan un giro de tuerca a lo que predomina en la sociedad. Uno de esos casos es la vida de Irene Alonso, una mujer a la que definen los presentadores del pódcast Se buscan rebeldes como una auténtica «rebeldía llena de generosidad».
Madre de doce hijos, esposa de Israel —con quien este año celebra sus bodas de plata tras 24 años de matrimonio— y creadora de la conocida cuenta de Instagram Soy una madre normal, Irene es el testimonio vivo de que la felicidad cristiana no se encuentra en el control absoluto de los planes, sino en el abandono en manos de Dios.
«Yo soy un desastre, una madre terrible, y sin embargo eso me ha hecho ser un testigo muy fehaciente de la fidelidad de Dios», confiesa con una humildad que desarma. Para Irene, el secreto de su alegría no reside en sus propias fuerzas, sino en una actitud profundamente evangélica: «La vida se trata no de hacer, sino de dejarse hacer por Dios».
Nazaret: un antes y un después
El camino de fe de este matrimonio no ha estado exento de profundas dificultades. El verdadero punto de inflexión en sus vidas llegó con su cuarta hija, Nazaret. Nacida con síndrome de Down, la pequeña falleció apenas veinte minutos después de nacer, tras haber sido bautizada por su propio padre.
«Ese día entendí que los hijos no son nuestros, que son de Dios, y decidí dejarle que me mandara los que quisiera». Lejos de hundirse en la desesperación, el matrimonio experimentó un profundo proceso de reconstrucción gracias a lo que Irene define como la intercesión de su hija en el cielo: «Cuando se te muere un hijo recién nacido tienes una ventaja muy grande, que es un hijo en el cielo; son los hijos los que cuidan de los padres». Aquella pequeña, en sus escasos minutos de vida terrenal, sanó las heridas más profundas del matrimonio.
En el podcast explica que la peor etapa de su matrimonio y de su fe ocurrió, paradójicamente, cuando mejor les iba en lo económico, social y material (cuando tenían dos o tres hijos). En ese tiempo de aparente estabilidad externa, sufrieron un profundo distanciamiento mutuo y una gran dureza en el trato diario entre ellos. Nazaret «arregló en esos 20 minutos de vida» todo lo que había entre su marido y ella.
De la rebeldía juvenil a la JMJ de París
La fe profunda de Irene no siempre fue tan evidente. Nacida en una familia católica y practicante, vivió una adolescencia marcada por la rebeldía y el alejamiento de la Iglesia. «Me pasé dos años en mi adolescencia terroríficos en los que sufrí muchísimo buscando llenar una ausencia de emociones», recuerda.
El regreso a casa llegó en 1997, durante la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) de París. Atraída inicialmente solo por la idea de viajar con sus amigos, Irene se vio profundamente confrontada por la homilía de San Juan Pablo II sobre el pasaje evangélico «Maestro, ¿dónde moras? Venid y lo veréis». «Me di cuenta de que todo lo que yo estaba buscando lo tenía en casa. Tuvo que venir aquella homilía para hacerme volver». Poco después, en ese mismo año, conoció a Israel, con quien supo de inmediato que compartiría su vida.
Una aventura de fe en la China comunista
Años más tarde, con cinco hijos y tras superar crisis y la enfermedad de su hijo Fernando, el matrimonio decidió dar un paso todavía más radical: ofrecerse como «familia en misión». El destino fue la ciudad de Sian (Xi'an), en China, un país donde la fe católica sufre persecución y su actividad era, de facto, ilegal.
Durante un año experimentaron lo que significa vivir enteramente de la providencia divina, desprendiéndose de casi todas sus pertenencias materiales. «Yo no he sentido nunca mayor sensación de libertad que cuando cogí ese avión», relata Irene, quien regresó de la misión embarazada de su sexto hijo, Mateo. En un entorno hostil donde imperaba la política del hijo único y la noción de familia numerosa resultaba inconcebible para la mentalidad del régimen, su principal misión consistió simplemente en «vivir y amarse», convirtiendo su cotidianidad en un testimonio silencioso pero revolucionario.
El arte de rezar «en manos libres»
De vuelta en España, la vida con doce hijos es humanamente agotadora. Sin embargo, Irene ha aprendido a combatir el estrés y la ansiedad diaria mediante lo que el Papa y su maestro de espiritualidad–Fray Lorenzo– definen como la «práctica de la presencia de Dios».
«Con Dios hay que hablar en manos libres», explica gráficamente. Al no disponer de largos momentos de silencio debido a las incesantes tareas del hogar, Irene ha convertido el trabajo cotidiano en oración contemplativa. Una lavadora, planchar o cocinar se transforman en intercesiones concretas por cada uno de sus hijos. Y en los momentos de mayor agobio, recurre a jaculatorias sencillas: repetir pausadamente el nombre de Jesús para recuperar la paz.
Hoy en día, su cuenta de redes sociales, que comenzó casi por casualidad para seguir las actividades de hip-hop de su hija, se ha convertido en su herramienta de trabajo para sostener a su familia y en una prolongación de su anhelo misionero. Desde allí se muestra tal como es, sin estrategias de marketing ni filtros de apariencia.
Frente a quienes la tildan de extraordinaria, Irene insiste en que es una madre completamente normal. Para ella, la única diferencia es matemática: «No tiene nada de excepcional. Yo hago lo mismo que tú: hago lentejas, cambio pañales, limpio baños... pero por doce». Pero sobre todo, lo que destaca es que vive su día a día desde el asombro: «Recibir doce almas en mis manos me hace sentir realmente una privilegiada de ver que Dios confía en mí con lo desastre que soy».