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Joan Roig Diggle, mártir de 19 años que murió porque no tenía miedo de defender a Cristo

«Dios está conmigo»: Joan Roig Diggle, el joven de 19 años que asesinaron por custodiar la Eucaristía y conmovió a sus verdugos

Debilitado por el cansancio extremo de sus extenuantes jornadas, pero revestido de una fuerza sobrenatural tras comulgar a toda prisa, el joven cruzó el umbral hacia la muerte con un susurro de esperanza en su lengua materna: «God is with me»

La noche del 11 de septiembre de 1936, víspera de la festividad del Dulce Nombre de María, el silencio en la localidad barcelonesa de El Masnou se rompió con el rugido metálico de unos motores. En la casa de la calle Jaime I, una madre, Maud Diggle, y su hijo de 19 años, Joan, permanecían en vela. No era un desvelo cualquiera; el joven arrastraba un cansancio extremo tras jornadas interminables de trabajo en Barcelona y noches enteras custodiando el mayor de los tesoros. Al escuchar el frenazo de los automóviles de las patrullas milicianas, ambos supieron que el final había llegado.

En ese instante de terror, Joan Roig Diggle tomó una determinación que resume toda su existencia: «¡Voy a comulgar!». Ante los ojos desolados de su madre, el joven se administró a sí mismo las Sagradas Formas que llevaba ocultas, recibiendo el viático antes de abrir la puerta a sus captores. Aquel acto no fue un refugio desesperado, sino el colofón natural a una vida entregada con lucidez y valentía al amor a Cristo.

La forja de un carácter

Joan Roig Diggle nació en Barcelona en 1917, en el seno de un hogar marcado por la doble identidad hispano-británica de su madre, Maud Diggle Puckering, y el arraigo local de su padre, Ramón Roig Fuente. Aquella herencia materna no solo le otorgaría el dominio del inglés —el idioma en el que se despediría de su madre antes de morir—, sino una sensibilidad especial. Sus primeras letras transcurrieron en el colegio de los Hermanos de la Salle de la calle Condal, donde ya manifestaba un temprano y asombroso deseo de ser misionero. Más tarde, en los Escolapios de la calle Diputación, recibiría clases de los padres Ignacio Casanovas y Francesc Carceller, educadores que, años después, compartirían con él la corona del martirio.

Sin embargo, la vida de Joan no estuvo exenta de las durezas de la época. Un severo revés económico familiar obligó a los Roig Diggle a abandonar la capital y trasladarse a El Masnou. Para sostener el hogar, el joven tuvo que aparcar la comodidad de los estudios a tiempo completo y comenzó a trabajar como dependiente en un almacén de tejidos y, posteriormente, en una fábrica barcelonesa. Lejos de amilanarse, Joan viajaba diariamente en tren de ida y vuelta, compaginando el extenuante trabajo físico con el estudio nocturno, pues su meta era clara: terminar el bachillerato y graduarse en Derecho.

Esta etapa de esfuerzo diario revela una vivencia de la fe que no se refugiaba en el misticismo desencarnado, sino que se encarnaba en el asfalto, en el vagón de tren de primera hora y en el compromiso con la justicia social, un tema sobre el cual solía escribir con asiduidad en el boletín local Mar Blava y en el diario barcelonés El Matí. «Yo dedico normalmente al menos dos horas diarias a la vida espiritual: Misa, comunión, meditación y visita al Santísimo; es poco, pero mi trabajo y el apostolado no me dan para más», decía Joan a su confesor.

Al martirio, «con gracia y valentia»

Al llegar a El Masnou, Joan se integró en la Federación de Jóvenes Cristianos de Cataluña (FJCC), un movimiento que estaba revolucionando el apostolado seglar de la época. Pronto, sus compañeros descubrieron que el «John» de ascendencia inglesa no era un joven común. Su piedad era magnética. Pasaba horas absorto ante el Sagrario. Quienes le trataron, como el beato Pere Tarrés —su médico de confianza—, destacaban de él una madurez espiritual impropia de su edad.

Joan fue nombrado delegado de los avanguardistas —niños de entre 10 y 14 años— y vocal de la sección de Piedad. No obstante, él rechazaba los compartimentos estancos en la fe: «La piedad no puede ser monopolio de unos cuantos... debe informar y vivificar a toda la Federación».

El contexto socio-político de la España de los años 30 se tornaba cada vez más hostil. Tras las elecciones de febrero de 1936, con la quema de templos extendiéndose por toda la geografía, Joan demostró una asombrosa y madura premonición. En un círculo de estudios celebrado pocos días antes del estallido del 18 de julio, Joan lanzó una advertencia profética a sus compañeros: «Veremos a Cataluña roja, pero no sólo de comunismo, sino de la sangre de sus mártires».

Instaba a los jóvenes a prepararse, exhortándoles a recibir el martirio, si Dios los elegía, «con gracia y valentía como corresponde a todo buen cristiano». No era retórica; cuando los rumores de que incendiarían la parroquia de El Masnou se hicieron insoportables el domingo 19 de julio, Joan acudió al vicario, Mosén José Gili Doria, para confesarse en el trastero de la sacristía. Ante la sugerencia del sacerdote de que tal vez llegaba la hora de sellar la fe con la propia sangre, Joan replicó con serenidad: «Precisamente por eso me confieso». Su mayor dolor aquella noche fue verse obligado a volver a su casa por mandato del Rector, debatiéndose internamente entre proteger a su madre y defender el templo: «¡Si para salvar a mi madre me voy, deserto cobardemente, y eso jamás!».

«Nada temo, llevo conmigo al Amo»

El lunes 20 de julio de 1936, la sede de la Federación de Jóvenes Cristianos fue pasto de las llamas. Tras dos días de sobrecogedor silencio y abatimiento, Joan pronunció ante sus compañeros la frase que guiaría sus últimos meses de vida: «Ara més que mai hem de lluitar per Crist» (Ahora más que nunca hemos de luchar por Cristo).

A partir de ese instante, su actividad se multiplicó en la clandestinidad. Se convirtió en un bálsamo para los que sufrían: visitaba heridos, consolaba a los perseguidos y acudía a diario a los hospitales de Barcelona a buscar entre los cadáveres para identificar a los compañeros asesinados. Su director espiritual, el padre Pedro Llumà, consciente del peligro extremo, le encomendó una misión de enorme confianza: convertirse en custodio de la reserva eucarística ambulante. Joan llevaba el Santísimo Sacramento oculto en su ropa para distribuirlo a los fieles que vivían ocultos.

A la familia Rosés, que temía por su seguridad al verle transportar la Custodia, Joan les respondió con una frase que estremece por su confianza absoluta: «Nada temo, llevo conmigo al Amo». Dejaba el Santísimo en los hogares por la mañana antes de ir a trabajar a Barcelona, recomendando a las familias que no olvidasen Quién estaba allí, y lo recogía al regresar por la tarde. Cuando le advertían del peligro de ser descubierto, Joan sonreía y afirmaba estar «dispuesto al martirio».

«Llegó muy cansado... Se dejó caer en el sofá. Nunca le había visto tan fatigado. Cenamos muy pronto y mientras rezábamos el Rosario se durmió varias veces... Cuando se daba cuenta sonreía y proseguía el rezo», decía su hermana Lourdes describiendo su última noche.

Un asalto a medianoche y el último suspiro en inglés

La fatiga acumulada del joven que combinaba las fábricas de Barcelona, la búsqueda en los hospitales y la vela eucarística se hizo evidente la noche del 11 de septiembre. Mientras la familia rezaba el Rosario, Joan se dormía del cansancio. Al poco de acostarse, se escuchó el estruendo de los golpes de culata de fusil contra la puerta exterior. Las milicias libertarias de Badalona tenían cercada la vivienda por los cuatro costados.

Tras consumir las Sagradas Formas para evitar su profanación y recibir su propio viático, Joan bajó a abrir la puerta acompañado de su madre. Los milicianos irrumpieron pistola en mano, registrando y saqueando la casa, profiriendo insultos constantes. Joan fue obligado a sentarse en su cama con las manos en alto. En medio del caos, Maud Diggle intentó el último y desesperado ruego materno ante el jefe del grupo: «Si tienes madre, ten compasión de mí». Algunos milicianos vacilaron, tocados en su propia fibra humana, pero la voz autoritaria del jefe zanjó la duda: «¿Sois hombres o no? ¡Cogedlo y andando!».

En el momento de la separación definitiva, Joan se estrechó contra el pecho de su madre y, con una dulzura inquebrantable, le susurró al oído en su lengua materna: «God is with me» (Dios está conmigo). Fue la última palabra que escuchó de su hijo.

El perdón que conmovió a los asesinos

El camión de la patrulla libertaria trasladó al joven Joan hasta las inmediaciones del cementerio nuevo de Santa Coloma de Gramanet. En la oscuridad de la madrugada, antes de apretar los gatillos, los captores permitieron al joven de 19 años dirigirles la palabra. No hubo reproches, ni gritos de odio, ni consignas políticas. Joan Roig Diggle miró a sus verdugos y pronunció sus últimas palabras: «Que Dios os perdone como yo os perdono».

Acto seguido, cinco impactos de bala destrozaron su corazón, rematados por un tiro de gracia en la nuca. La grandeza de su muerte no tardaría en manifestarse, incluso entre las grietas del bando perseguidor. Días después de la ejecución, el tío de Joan, Jaime Marés, logró contactar con un policía amigo para indagar sobre el paradero del joven. El agente le transmitió la confesión directa que uno de los propios verdugos de Joan le había hecho en privado: «¡Ah! Aquel chico rubio era un valiente, murió predicando. Moría diciendo que nos perdonaba y que pedía a Dios que nos perdonará. Casi nos conmovió».

Su madre, Maud Diggle, cerraba su testimonio personal en noviembre de 1937 con unas palabras que retratan el dolor humano desgarrador, pero iluminado por la esperanza sobrenatural del martirio: «Desde aquella trágica separación se ha apoderado de mí una lenta agonía... pero mi querido hijo... fue en este mundo mi dulce compañía, santa luz de mi vida, mártir y santo».