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Beato Enrique Vidaurreta

Beato Enrique Vidaurreta

90 años de los primeros mártires de 1936

«Morir con la reverencia de una misa»: Enrique Vidaurreta, el beato que eligió el pelotón de fusilamiento para salvar a un sacerdote enfermo

En la madrugada del 31 de agosto de 1936, el rector del Seminario de Málaga entregó su vida tras interceder por un compañero debilitado. Su cuerpo fue identificado años después en una fosa común gracias a un manual de teología moral que aún guardaba en su bolsillo

En la madrugada del 31 de agosto de 1936, el silencio de la Cárcel Provincial de Málaga se quebró con el áspero grito de «Arriba canallas». En la brigada 5ª, el dormitorio habilitado para los miembros del clero, un grupo de milicianos armados irrumpió con una lista de condenados en la mano. Al preguntar quiénes eran, la respuesta unánime de los prisioneros reafirmó su identidad y su destino: «Sacerdotes».

Entre los nombres pronunciados para integrar la fatídica «saca» de esa noche —un grupo de 55 personas que incluía a presbíteros, religiosos y laicos— figuraba don Francisco Palomo. Al ver que este apenas podía sostenerse en pie debido a una grave enfermedad, don Enrique Vidaurreta Palma, rector del Seminario de Málaga, dio un paso al frente y suplicó clemencia para su compañero.

La respuesta del miliciano fue un empujón violento y una sentencia improvisada que cambiaría el curso de la historia: «Anda, vente tú también con nosotros». Don Enrique, que originalmente no figuraba en la lista de ejecución de esa noche, aceptó el canje con la serenidad de quien sube al altar. Un testigo directo inmortalizó su último recorrido: «Don Enrique salió para la muerte con la misma reverencia con que salía de la sacristía para celebrar la santa misa». Tenía tan solo 39 años.

Una vocación templada en el deber y la pérdida

La vida de Enrique Vidaurreta estuvo marcada desde su niñez por el peso de la historia de España y el sentido del sacrificio. Nacido en Antequera (Málaga) el 10 de octubre de 1896, quedó huérfano de padre con solo dos años. Su progenitor, Enrique Vidaurreta Carrillo, era Teniente de Navío de la Armada y falleció heroicamente a bordo del buque Oquendo durante la batalla de Santiago de Cuba en 1898.

Tras esta pérdida, Enrique y su hermano mayor, Santiago, se criaron bajo el único amparo de su madre, Purificación Palma, y cursaron el bachillerato en el prestigioso colegio jesuita de San Estanislao de El Palo, en Málaga capital. Sin embargo, el primer gran cambio geográfico de su vida ocurrió al terminar el bachillerato: con el fin de que ambos hermanos pudieran iniciar sus estudios superiores, su madre tomó la decisión de trasladar el hogar familiar a Madrid.

Ya instalado en la capital de España, Enrique ingresó en el Seminario Conciliar de Madrid, donde estudió los dos primeros años como alumno externo. En su fuero interno, muy influenciado por su educación escolar, su intención inicial seguía siendo ingresar en la Compañía de Jesús. Sin embargo, un encuentro decisivo reescribió su destino: tras conversar con el obispo de Málaga, el hoy santo Manuel González —conocido como el «apóstol de los sagrarios abandonados»—, Enrique se convenció de encauzar su vocación hacia el clero diocesano.

Completó sus estudios eclesiásticos en Madrid, donde fue ordenado diácono en 1918 y sacerdote en junio de 1919. Nada más ordenarse presbítero, Enrique emprendió el viaje de vuelta a su tierra natal: tras cantar su primera misa en su Antequera natal, regresó definitivamente a la diócesis de Málaga para ejercer como capellán del asilo de San Manuel, iniciando la andadura pastoral y de servicio que años más tarde le llevaría a dirigir el Seminario.

El Seminario de Málaga: formar pastores en tiempos convulsos

Tras unos primeros años como capellán del asilo y colaborador de la célebre revista El Granito de Arena, don Enrique se incorporó al Seminario de Málaga en 1920. En una España que se adentraba en una década de profundas tensiones políticas y sociales, la formación de los futuros sacerdotes requería templanza y una sólida vida interior.

En 1929, don Enrique asumió el cargo de Rector del Seminario, un flamante edificio inaugurado pocos años antes por el obispo Manuel González. Además de impartir clases de filosofía y teología, su gran legado fue la impronta litúrgica y musical que dejó en las promociones de seminaristas, a quienes preparaba personalmente en el ensayo de la música litúrgica y el canto gregoriano. No pretendía formar burócratas de la religión, sino hombres capaces de encarnar la fe en un contexto sociocultural crecientemente hostil.

Aquella labor se truncaría drásticamente en el verano de 1936. El 18 de julio, el estallido de la Guerra Civil sorprendió a don Enrique en el propio seminario, donde dirigía unos ejercicios espirituales para un grupo de sacerdotes. El 21 de julio, las milicias asaltaron el recinto. Don Enrique, asumiendo la plena responsabilidad de su comunidad, se presentó ante los asaltantes declarando con firmeza que todos los presentes eran sacerdotes. Fue el inicio de un calvario que los condujo por el cuartel de Capuchinos y el Gobierno Civil hasta las celdas de la Cárcel Provincial.

En el penal, lejos de dejarse arrastrar por la desesperación, la comunidad de cautivos reprodujo la vida del seminario. Compartiendo apenas dos o tres breviarios que pasaban de mano en mano, rezaban diariamente el rosario, hacían meditación y mantenían la lectura espiritual mientras veían cómo las sucesivas «sacas» mermaban sus filas.

La fosa común y el testimonio de un libro

La ejecución de don Enrique y sus compañeros aquella madrugada del 31 de agosto se consumó en el trayecto hacia el cementerio de San Rafael. Los oficiales de prisiones confirmaron pocas horas después que el camino había quedado sembrado de cadáveres. Todos ellos fueron arrojados a una fosa común, en un intento deliberado de desmantelar la presencia cristiana en la provincia.

Entre 1940 y 1941, al iniciarse las tareas de exhumación de la fosa común de San Rafael, los restos del rector del seminario pudieron ser plenamente identificados. En el bolsillo de su ropa, deteriorado por el tiempo pero aún reconocible, conservaba su ejemplar del Epítome de Moral.

El manual de teología que había enseñado a sus alumnos le acompañó hasta el patíbulo, como un sello de fidelidad a la fe por la que entregó la vida. Hoy, los restos del beato Enrique Vidaurreta —beatificado en Roma en octubre de 2007 por el Papa Benedicto XVI— reposan en la Capilla de los Mártires de la Catedral de Málaga.

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