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Beato José María Peris Polo

Beato José María Peris Polo

90 años de los primeros mártires de 1936

«¿Qué mayor honra que un hijo mártir?»: el rector de Barcelona que profetizó su destino a los doce años

Para José María Peris Polo, el martirio era un don, un «atajo» para ver el rostro de Dios al que no se sentía digno de aspirar. «Ojalá que el Señor nos hallara dignos de ser elegidos para víctimas», escribía en marzo de 1936

Antes de convertirse en rector del Seminario de Barcelona, de formar a cientos de seminaristas y de enfrentarse a la persecución religiosa, José María Peris Polo fue un niño que habló del martirio con una naturalidad desconcertante. Dos décadas después, aquel hombre tendría que afrontar aquello que había contemplado desde la infancia: la posibilidad de morir por su fe.

Nacido en Cinctorres (Castellón) en 1889, la vida de Peris Polo parece estar marcada por un hilo invisible que lo conducía al 15 de agosto de 1936. El episodio más revelador de su infancia ocurrió cuando, con apenas doce años, unos misioneros visitaron su pueblo. Al pedir permiso para seguirlos, su madre, movida por un presentimiento, se opuso alegando que allí lo matarían. La respuesta del niño no fue de miedo, sino de una madurez sobrenatural: «¡Qué mayor honra le pudiera caber a usted que tener un hijo mártir!».

Tras formarse en el Seminario de Tortosa e ingresar en la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos, su trayectoria lo llevó por Tortosa y Córdoba antes de recalar en un destino: la rectoría del Seminario de Barcelona en 1933.

El rector de oro

Peris Polo no fue un burócrata de la fe. Recibió un seminario que atravesaba una crisis profunda de disciplina y piedad, hasta el punto de que los propios seminaristas escribían artículos en la prensa de izquierdas contra sus superiores. Con una mezcla de firmeza y espíritu eclesiástico, transformó la institución. El impacto fue tal que el obispo mártir monseñor Manuel Irurita llegó a confesar: «No cambiaría a este rector por nada del mundo».

Bajo su mando, el seminario no solo recuperó la disciplina, sino que floreció, alcanzando los sesenta nuevos ingresos en el convulso curso de 1935-1936. Peris Polo preparaba a sus jóvenes no solo para la vida parroquial, sino para la resistencia espiritual. En la clausura de aquel último curso, les pidió rezar tres avemarías para que «no claudique jamás ninguno de nosotros», consciente de que quizá no volverían a verse.

La breva del martirio

Tras el triunfo del Frente Popular en febrero de 1936, el horizonte se cargó de nubarrones. En sus cartas, Peris Polo analizaba la situación con una lucidez escalofriante. Veía a los curas rurales amenazados y al propio obispo en el punto de mira. Sin embargo, en lugar de pánico, en sus escritos aparece una expresión que revela la vivencia de la fe de aquellos años: «Quisiera decir yo lo que dice el señor obispo: 'No nos caerá, no, esa breva, la breva del martirio'».

La expresión «caer la breva» se utilizaba para referirse a que a alguien le sucediera algo especialmente afortunado o recibiera un beneficio inesperado. En boca de Peris Polo, adquiría un significado profundamente espiritual: ser elegido para el martirio era, paradójicamente, una gracia y una dicha extraordinarias.

Para Peris Polo, el martirio era un don, un «atajo» para ver el rostro de Dios al que no se sentía digno de aspirar. «Ojalá que el Señor nos hallara dignos de ser elegidos para víctimas», escribía en marzo de 1936, definiendo el sufrimiento como la forma más alta de semejanza con Cristo. «Nuestra semejanza con Cristo se realiza principalmente sufriendo con Él y por Él», dejó escrito.

«Es una gran dicha morir por la fe»

El 19 de julio de 1936, mientras el pánico se apoderaba del seminario ante las noticias de la radio, el rector fue encontrado en el coro, rezando con una paz que contrastaba con el caos exterior. Tras ordenar la evacuación para salvar a sus alumnos, comenzó para él un periplo de refugios clandestinos.

Regresó a su pueblo, Cinctorres, no por cobardía, sino para acompañar a una sobrina enferma. Allí, el hombre que dirigía a 250 seminaristas se vio obligado a esconderse en los desvanes cada vez que los milicianos forasteros aparecían en la calle. A pesar del peligro, su hermana recordaría después que pasaba el tiempo rezando intensamente, aceptando con buena cara el mal tiempo.

La noche del 13 de agosto, a medianoche, el poder de las tinieblas llamó a su puerta. En un intento desesperado por escapar, él y su hermano Daniel subieron al tejado. Daniel logró saltar y huir hacia el campo, pero José María fue capturado por los milicianos.

Su cautiverio fue breve pero lleno de significado. A su hermana Encarnación, que le llevó la cena a la cárcel, le dejó un testamento: «Voy a morir; por mí no sufras. Es una gran dicha morir por la fe». Los milicianos locales, que no se atrevían a matarlo por ser un hombre sin enemigos políticos, dejaron la tarea en manos de forasteros.

En la madrugada del 15 de agosto, coincidiendo con la festividad de la Asunción, fue conducido al cementerio de Almazora. Se cuenta que, al subir al coche, un resplandor extraño lo envolvía. Tras su ejecución, uno de los asesinos comentaría con ruda admiración en una taberna: «Hoy hemos matado a uno que era algo así como el obispo de Barcelona».

José María Peris Polo fue beatificado por Juan Pablo II en 1995. Su historia no es solo la de una víctima de la cruel persecución religiosa en la Guerra Civil, sino la de un hombre que, desde los doce años, entendió que no hay mayor gloria que entregar la vida por Dios. Aquel niño que 'pedía permiso' para ser mártir terminó su jornada en el Cielo, celebrando la Asunción junto a muchos de aquellos sacerdotes que él había formado para no claudicar.

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