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Cayetano Clausellas Ballvé

Cayetano Clausellas Ballvé

90 años de los primeros mártires de 1936

«¡Eso solo puede hacerlo un cura!»: el gesto de amor a un anciano que llevó a Mosén Cayetano ante sus verdugos

Se negó a abandonar el asilo cuando arreciaba el peligro, convencido de que su lugar estaba junto a sus «avis». «Si no puedo cumplir ya mi misión, estoy de más en este mundo»: con esta frase afrontó sus últimos días en agosto de 1936

Hace 90 años, Mosén Cayetano Clausellas tuvo que elegir entre ponerse a salvo o permanecer junto a los ancianos con los que había compartido sus preocupaciones, sus enfermedades y su día a día. Eligió lo segundo. Tenía 73 años y era capellán del asilo de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados de Sabadell. El 14 de agosto de 1936, en plena persecución religiosa, fue detenido y asesinado. Fue uno de los miles de católicos que pagaron con su vida la persecución religiosa de la Guerra Civil, un episodio que dejó en toda la geografía española numerosos testimonios de hombres y mujeres que sellaron con su sangre su fidelidad a Cristo hasta el último momento.

«El ruido no hace bien, y el bien no hace ruido»

Nacido en 1863 en el seno de una familia numerosa, humilde y trabajadora de Sabadell, Cayetano fue hijo de un jornalero agrícola. Su vocación se fraguó entre la estrechez económica pero una piedad sencilla, profunda y recia enseñada en la alegría del hogar, ingresando al seminario a los 15 años. Aunque su aspecto podía resultar austero, quienes lo trataron destacaban su dulzura y afabilidad, cualidades que volcaría años después en su misión definitiva.

Su trayectoria quedó marcada por la sombra y el ejemplo del Dr. Feliu Sardá y Salvany, el célebre sacerdote y escritor que convirtió su propia casa solariega en el Asilo de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados. Mosén Cayetano no solo fue su amigo y confesor, sino su sucesor natural. Al fallecer Sardá en 1916, Clausellas asumió la capellanía del asilo, adoptando como propio el lema de su maestro: «El ruido no hace bien, y el bien no hace ruido». Durante dos décadas, su mundo fueron los «avis» (abuelos, en catalán), compartiendo con ellos penas y alegrías como un miembro más de esa gran familia desvalida.

El estallido: el pastor que no abandona el redil

La llegada de julio de 1936 sorprendió a un Mosén Cayetano de 73 años plenamente dedicado a su ministerio. A pesar del peligro evidente por su condición sacerdotal, se negó a abandonar el asilo. «Mi sitio está aquí, lo más cerca posible de mis ancianos desamparados», respondía a quienes le instaban a esconderse.

En un intento por proteger a las religiosas y seguir asistiendo a los ancianos, dejó de vestir la sotana y pasó a vivir como un asilado más. Sin embargo, la esencia de su sacerdocio no podía ocultarse bajo ropas civiles. El 28 de julio, un episodio aparentemente fortuito selló su destino: un anciano se desplomó en el suelo y Mosén Cayetano corrió a socorrerlo, acunando la cabeza del hombre sobre sus rodillas mientras rezaba en silencio. Una de las enfermeras impuestas por el comité local, al ver la escena, exclamó: «¡No, este es un cura! ¡Eso solo puede hacerlo un cura!». Su caridad, su forma de amar a los más pobres, fue la señal inequívoca de su identidad.

El camino al Calvario en la vigilia de la Asunción

A partir de ese momento, se le prohibió ejercer su ministerio. La angustia del sacerdote alcanzó su punto álgido al ver cómo se destruía la capilla y, especialmente, al morir la primera anciana sin recibir los sacramentos bajo su cuidado. «Si no puedo cumplir ya mi misión, estoy de más en este mundo», sentenció. El 14 de agosto de 1936, en la vigilia de la festividad de la Asunción, el «coche fantasma» se detuvo ante su puerta. Tres milicianos se presentaron en el asilo para llevárselo, asegurándole que lo conducirían a un lugar más seguro. No era cierto. Pero tampoco se equivocaban: pocos minutos después de abandonar el asilo, Cayetano Clausellas se encontraría con Cristo.

Fue trasladado a la carretera de Matadepera, donde, cerca de San Juliá de la Altura, fue asesinado de dos disparos a quemarropa. Su cuerpo fue hallado al borde del camino en la mañana de la Virgen. Sus pertenencias finales eran el reflejo de su vida: un rosario, un crucifijo, una sola peseta en el bolsillo y, ceñido al cuerpo, el cordón de la Tercera Orden Franciscana manchado con su propia sangre.

Hoy, 90 años después, la Causa de Martirio número 2.506 en la Santa Sede mantiene viva la memoria de este «padre de los pobres». No hizo ruido. Tampoco lo buscó. Mosén Cayetano Clausellas dedicó su vida a hacer el bien, convencido de que, como repetía su maestro Sardá y Salvany, «el bien no hace ruido». Pero aquel bien silencioso no pasó desapercibido. Porque, como recuerda san Pablo, sin caridad todo lo demás es insuficiente. Clausellas murió confesando su fe en Cristo y dejó, con su vida y con su muerte, un testimonio que la persecución no pudo silenciar.

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