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El obispo auxiliar Rob Mutsaerts

El obispo auxiliar Rob Mutsaerts

«Cristo no fundó un grupo de discusión»: la contundente carta de un obispo sobre el rumbo del proceso sinodal

En una carta abierta dirigida al Papa, el obispo auxiliar Rob Mutsaerts denuncia que el proceso sinodal ha priorizado los procedimientos y el lenguaje burocrático sobre la misión fundamental de la salvación de las almas

El obispo auxiliar de la diócesis de 's-Hertogenbosch, en Holanda, monseñor Rob Mutsaerts, ha publicado una carta abierta al Papa León XIV donde cuestiona abiertamente si el actual proceso sinodal está cumpliendo con el que debería ser su principal objetivo, acercar a los fieles a Cristo, o si, por el contrario, se ha convertido en un fin en sí mismo que elude la verdadera crisis de fe en Occidente.

Unas líneas que plantean necesarias e incómodas preguntas sobre un proceso sinodal que, entre debates sobre estructuras, procesos de escucha y estériles discernimientos sobre cuestiones secundarias, ha relegado la cuestión verdaderamente esencial: cómo anunciar el Evangelio y conducir de nuevo a las personas hacia la fe. Una reflexión que pone el foco en el peligro de convertir la renovación de la Iglesia en un ejercicio meramente organizativo y de olvidar que su primera misión no es redefinir sus estructuras, sino llevar a Cristo al corazón del hombre.

¿Éxito organizativo o fracaso espiritual?

Mutsaerts comienza reconociendo que, desde un punto de vista logístico, el Sínodo sobre la Sinodalidad podría presentarse como un éxito por la cantidad de personas consultadas y la creación de un nuevo vocabulario eclesiástico cargado de términos como «conversación en el Espíritu» o «discernimiento». Sin embargo, el obispo plantea una serie de preguntas incómodas: «¿Se ha fortalecido la fe? ¿Se ha anunciado a Cristo con más claridad? ¿Se ha profundizado en la identidad católica?».

A su juicio, los frutos espirituales —como el aumento de vocaciones sacerdotales, la asistencia a la misa dominical o la frecuencia de la confesión— no permiten calificar la empresa como un éxito. Al contrario, Mutsaerts advierte que el proceso, que ahora se extiende hasta 2028, corre el riesgo de transformarse en una «forma de gobierno permanente» similar a una reunión interminable que solo discute cómo reunirse en el futuro.

La Iglesia no es un «grupo de discusión»

Uno de los puntos más críticos de la misiva es la advertencia sobre la naturaleza de la Iglesia. El obispo recuerda que el cristianismo no es una democracia donde la verdad se decide por mayoría de votos. «La Iglesia no empieza con nuestro diálogo. Empieza con Cristo», afirma, señalando que la fe es una realidad «recibida» y no algo que se destila de las experiencias comunes de los fieles.

Mutsaerts critica la tendencia a invertir el orden del «escuchar»: en lugar de escuchar primero a la Escritura, la Tradición y los santos, el proceso sinodal parece centrarse en los deseos y frustraciones del hombre moderno. El prelado no deja lugar a dudas con sus palabras: «Cuando los deseos del hombre moderno chocan con el Evangelio, no es el Evangelio el que debe cambiar; es el hombre quien debe cambiar. Eso se llama, en el cristianismo, conversión». Para el obispo, la palabra «conversación» ha sustituido peligrosamente a la palabra «conversión» en el discurso eclesial actual.

Esta distorsión del propósito eclesial se fundamenta en un principio que el obispo subraya con especial énfasis: «Cristo no fundó un grupo de discusión», sino que llamó a apóstoles a quienes confió la autoridad de anunciar, bautizar y enseñar. Según su análisis, el cristianismo no puede ser democrático por naturaleza, ya que la verdad no nace de un consenso ni de una mayoría de votos, sino que es una realidad recibida de Dios que la Iglesia tiene el deber sagrado de custodiar y transmitir

La «ley de Parkinson» eclesial

El texto describe lo que denomina una «ley de Parkinson eclesial», según la cual las instituciones que pierden de vista su propósito original acaban volcando sus esfuerzos en su propia organización. La llamada ley de Parkinson sostiene, de forma irónica, que «el trabajo se expande hasta llenar el tiempo disponible para su realización». En otras palabras, cuando una tarea dispone de más tiempo del necesario, tiende a generar nuevos pasos, reuniones, trámites y procedimientos que terminan ocupando ese espacio.

Aplicada al ámbito eclesial, la expresión adquiere un sentido crítico: el prelado advierte del riesgo de que los procesos, las estructuras y los debates internos de la Iglesia crezcan y se prolongue hasta ocupar cada vez más espacio, incluso cuando eso no se traduce necesariamente en una mayor eficacia evangelizadora. Mutsaerts lamenta que, mientras las iglesias en Europa se vacían y el conocimiento de la fe desaparece, el Sínodo se centre en «asuntos domésticos» como estructuras, procesos de toma de decisiones y modelos de participación. «Una casa en llamas tiene otras prioridades que los asuntos domésticos», sentencia con crudeza.

Además, el obispo denuncia la creación de falsas expectativas sobre temas doctrinales ya definidos —como el diaconado femenino o la moral sexual—, lo que a la postre solo generará frustración. Compara esta estrategia con una «protestantización» del concepto de Iglesia, adoptando modelos que ya han demostrado su fracaso en otras denominaciones. «Un paciente rara vez se cura tomando la medicina del paciente de la cama de al lado que está aún peor», bromea con amargura.

Atascados en Emaús

Frente a la burocracia, Mutsaerts propone volver a los santos como los únicos motores de reforma real. Asegura que una parroquia con un pastor santo tiene más futuro que una diócesis con «veinte grupos de trabajo sobre sinodalidad y gerentes bien pagados».

Invocando el pasaje de los discípulos de Emaús, el obispo explica que Cristo no se limitó a escuchar a los caminantes, sino que «corrigió su interpretación» y les abrió las Escrituras. El problema del proceso actual, según Mutsaerts, es que se ha quedado «atascado en Emaús», evaluando la experiencia del camino en lugar de regresar a Jerusalén para anunciar la Verdad.

La carta concluye con una petición directa al Sucesor de Pedro: «Santo Padre, concédenos claridad». Mutsaerts pide que el Papa sea quien fortalezca a los hermanos en la fe cuando el mundo habla con incertidumbre. El obispo termina recordando que, al final de todos los procesos y documentos, la única pregunta relevante será: «¿Hemos acercado a las personas que nos fueron confiadas a Jesucristo?». Con su carta, el obispo Mutsaerts no solo critica un método, sino que hace un llamamiento a una «Iglesia misionera que sepa cuál es su tesoro y que no tenga miedo de mostrar ese tesoro al mundo».

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