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Votación del camino sinodal alemán el pasado 10 de noviembre en Essen

Votación del camino sinodal alemán el pasado 10 de noviembre en EssenEvelin Sowa

La Iglesia de Alemania, en caída libre: los efectos de «protestantizar» la fe está vaciando las iglesias

El último informe de la Conferencia Episcopal Alemana muestra que los procesos sinodales supuestamente más audaces han acelerado el abandono de la fe por parte de la población

Las cifras no admiten maquillajes. El informe Iglesia católica en Alemania: Cifras y hechos 2025/26, elaborado por la Conferencia Episcopal teutona, dibuja un panorama de contracción sistémica: solo el 6,8 % de los católicos (apenas 1,3 millones de personas, en un país de 84 millones) va a misa los domingos. Un dato que viene a sumarse al más de 50% de los católicos alemanes (sacerdotes incluidos) que aseguran no creer en la Trinidad, o que ponen en duda la resurrección de Jesús.

La institución ha pasado de ser un pilar social a una entidad en retirada, con 19,2 millones de fieles (sólo un 23 % de la población) frente a una mayoría del 50,7% que ya se declara sin confesión o de otras creencias.

Y los datos no son meras referencias demoscópicas, como puede suceder en España. La legislación fiscal alemana (el Kirchensteuer) exige a cada ciudadano especificar a qué religión se adhiere, para destinar a esa confesión (o a ninguna) un recargo del 9% sobre sus impuestos. Así, el número de alemanes que se manifiestan católicos, judíos, protestantes, musulmanes o sin credo es realmente preciso.

Además, en una decisión escandalosa y que ralla en la simonía, desde 2012 la Iglesia alemana sólo administra los sacramentos a aquellas personas que se reconocen católicas y que, por tanto, pagan por ello el Kirchensteuer. Y los niega a quienes, incluso aunque los pidan, no llevan a cabo el pago oficial. Algo que hace de la Iglesia del país una con mayores recursos materiales de Europa, aunque se encuentre en una desenfrenada decadencia.

De hecho, en el país que hace sólo unas décadas alumbró católicos como Adenauer, Joseph Ratzinger o Edith Stein, ha visto cómo en el pasado año, 307.149 personas han abandonado la Iglesia, mientras sacramentos como el matrimonio se han desplomado de los 110.000 anuales a finales de los ochenta a tan solo 19.481 en 2025.

Incluso la demografía es adversa: los funerales (203.527) duplican con creces a los bautizos (109.047). Ante este escenario, surge la pregunta: ¿por qué la Iglesia alemana sigue perdiendo fieles, a pesar de su agresivo proceso de reformas estructurales, en las que se defienden ideas que se quieren presentar como universales para toda la Iglesia?

La trampa de las estructuras

Durante los últimos años, buena parte del dinamismo eclesial en Alemania se ha concentrado en el llamado Camino Sinodal, un proceso que ha priorizado debates sobre la gobernanza, el lenguaje inclusivo, el papel de la mujer y cambios en la moral sexual.

La presión que la Iglesia alemana ha ejercido en Roma sobre estos temas ha sido también enorme. Así, cuestiones que eran residuales en la mayoría de las latitudes, como la bendición a parejas homosexuales o la comunión de los divorciados vueltos a casar por lo civil, han cobrado carta de naturaleza vaticana con documentos como Fiducia Supplicans o la famosa y polémica nota al pie de Amoris Laetitia; incluso con sacerdotes y obispos aplicando prácticas no permitidas por la Santa Sede, y generando un rechazo entre sus sacerdotes más jóvenes, que reclaman más espiritualidad.

Mención aparte merece el propio concepto de «sinodalidad» que hoy está presente como axioma incuestionable en todas las Conferencias Episcopales. Aunque Francisco habló de este concepto, por primera vez, en 2015, fue el Camino Sinodal Alemán (que se inició en 2019 aunque llevaba al menos dos años preparándose) el verdadero ariete para que toda la Iglesia celebrase el Sínodo de la Sinodalidad en 2021.

Sin embargo, a la luz del creciente abandono de fieles en Alemania, la hipótesis que cobra fuerza es que estas energías se ha concentrado cada vez más en controlar las estructuras y en preguntarse cómo adaptar la Iglesia a las sensibilidades del mundo actual, mientras la cuestión esencial —cómo anunciar el Evangelio y suscitar la fe— ha quedado relegada a un plano inexistente.

El propio Papa Francisco ya advirtió en 2019 sobre la tentación «pelagiana» de creer que las soluciones vendrían exclusivamente de reformas estructurales que, al final del día, no tocan los núcleos vitales de la fe.

Esta mentalidad, según el Pontífice argentino, complica la dinámica misionera al buscar resultados mediáticos inmediatos pero efímeros, olvidando que la Iglesia debe comenzar por evangelizarse a sí misma para recuperar la alegría de ser cristiana.

¿Reforma o adaptación al mundo?

La cronología de los datos sugiere que la Iglesia alemana está inmersa en un proceso de «protestantización», y más preocupada por reformarse a sí misma para ganar sintonía con la lógica presente que por suscitar una fe que interpele a la sociedad contemporánea.

Mientras los bancos de las iglesias se vacían, los foros eclesiales se llenan de debates sobre la autoridad y el poder, y una búsqueda de novedad permanente que se ha alejado de la Tradición, del Magisterio y, sobre todo, de aquello que debería ocupar el centro de la misión de la Iglesia: anunciar el Evangelio e instaurar el Reino de Dios.

En este sentido, el cardenal Rainer Maria Woelki ha sido la voz más crítica al denunciar que el Camino Sinodal se ha convertido en una «herramienta política» que ignora la primacía de la evangelización. Para el arzobispo de Colonia, una sinodalidad que no sea un proceso espiritual orientado a la misión es «inconcebible».

Tensiones con el Vaticano

Esta deriva ha provocado una tensión sin precedentes con el Vaticano. La Santa Sede ha desautorizado reiteradamente aspectos del Camino Sinodal, recordando que ninguna Iglesia particular puede arrogarse la autoridad para imponer nuevas formas de gobierno, doctrina o normas morales a la Iglesia universal. Incluso el Papa Francisco, que hizo del alemán cardenal Marx uno de sus hombres de confianza y no ocultó numerosos guiños al proceso alemán, llegó a afirmar que «Alemania ya tiene una gran Iglesia evangélica y no necesita otra», en alusión al proceso interno que busca hacer de la Iglesia católica una confesión protestante.

Ante este rumbo, Woelki ha dado un portazo definitivo al proceso, declarando que para él «está concluido» y negándose a participar en más asambleas. El purpurado advierte del riesgo de convertir la Iglesia en un foro de votaciones sobre verdades inamovibles —llegando a decir que «no podemos votar sobre si Jesús resucitó de entre los muertos»— y rechaza que organismos mixtos de laicos y obispos sustituyan la responsabilidad del pastor, cuyo poder le ha sido «conferido por el propio Cristo».

En este escenario, recientemente Roma volvió a marcar una línea roja clara al cerrar la puerta a la solicitud alemana para permitir homilías de laicos en la Misa. El Dicasterio para el Culto Divino ha subrayado que esta función no es una «mera norma disciplinaria» que pueda ser dispensada, sino que es intrínseca al ministerio ordenado.

El debate puede parecer exótico o sin sentido en países como España, donde nadie se plantea esa cuestión. Sin embargo, en Alemania es un modo de equiparar a los presbíteros católicos con los pastores protestantes, y rebajar el sacerdocio a una simple labor profesional más.

Esta negativa de la Santa Sede refuerza la tesis de Woelki sobre la necesidad de mantener la unidad con Roma. Para el cardenal, la verdadera reforma no pasa por una «democracia parlamentaria» que diluya la fe, sino por proteger el depósito de la verdad en comunión con el Sucesor de Pedro.

Una institución fracturada

El nuevo presidente de los obispos alemanes, monseñor Heiner Wilmer, asume ahora el desafío de actuar como un «constructor de puentes» en una institución profundamente fracturada por las tensiones internas y con Roma.

La pregunta, sin embargo, trasciende lo diplomático: ¿servirán los cambios estructurales para frenar la sangría de fieles o ha sucumbido la Iglesia alemana a la tentación de reformar el continente olvidando el contenido?.

El propio monseñor Wilmer ha fijado su hoja de ruta al advertir que, más allá de la gestión de la crisis, la misión original es innegociable: «Incluso si la Iglesia en Alemania está cambiando, haciéndose más pequeña y teniendo que usar sus recursos de manera responsable, sigue teniendo el encargo de anunciar el Evangelio de Jesucristo y de servir a las personas desde este Evangelio».

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